El autor presenta el problema de la obesidad progresiva en los países enriquecidos. Queda pendiente para confrontar con el hambre endémica y en expansión en los países empobrecidos y junto con ella, la obesidad en las zonas “privilegiadas” del mundo empobrecido. El sobrepeso es un problema sanitario creciente. El desarrollo corporal está dando señales alarmantes de lo que puede llegar a pasar. Las mediciones revelan que la grasa corporal crece, por ejemplo en Suecia –lugar de origen del artículo– al mismo ritmo que en EE.UU., apenas con alguna década de “retraso”. En menos de veinte años, los suecos han engrosado un 50%.
Pero el fenómeno se derrama por fuera de los países enriquecidos. Cada vez en más regiones del planeta los pobres, que en el s. XIX eran flacos, ahora son gordos. Y los ricos que hace menos de cien años exhibían su riqueza también en la grasa, son cada vez más flacos. Porque la obesidad es primordialmente resultado de mala calidad alimentaria, inducida, y escasos conocimientos.
¿quién tiene la responsabilidad por nuestra salud y estilo de vida?
Cada año, un 1% de los habitantes de EE.UU. supera el índice BMI (body mass index; índice de masa corporal) que define como grasa (corporal) una relación entre peso y altura que presenta la magnitud 30 como frontera para el sobrepeso (véase información más abajo).
Una de cada cuatro porciones de vegetales en EE.UU. consiste en papas fritas. La ingestión de azúcar, “calorías vacías” sin ningún otro valor nutricional que el energético, crece a pasos agigantados. Lo dulce le otorga al cuerpo malas señales de saciedad y especialmente los refrescos dulces gasificados llevan al sobreconsumo puesto que nuestros genes, que provienen de la edad de piedra, jamás han aprendido a reconocer calorías bajo esa forma como constituyendo nuestra lista “natural” de aportes calóricos.
El complejo industrial despliega todo el aparato publicitario posible para lograr que los consumidores “elijan” justamente refrescos dulces, incluso hasta como desayuno. La bebida que acompaña a las comidas rápidas es generalmente gasificada dulce sin alcohol. Este nuevo estilo de vida ha sido bautizado en EE.UU. como “the toxic environment” [el ambiente tóxico]: las lesiones no sobrevienen a través de los clásicos venenos peligrosos sino a través de un estilo de vida pernicioso del cual a uno le cuesta mucho defenderse.
Las grandes cadenas de mercancías comestibles en EE.UU. producen diariamente un promedio de 3.814 calorías diarias por estadounidense, incluidos bebes y ancianos. Es aproximadamente el doble de lo que se necesita para alimentar la población y mantenerla en un buen peso corporal.
La industria alimentaria estadounidense se ha ido construyendo de un modo extremadamente racional, con una fortísima concentración. Elaborar enormes cantidades de comida es algo bien sencillo, pero se trata también de lograr salida para semejantes volúmenes.
No hay más que tres formas de lidiar con semejante sobreproducción:
• se puede uno deshacer del exceso de energía volcándola en calorías insalubres para exportar;
• se puede luchar para obtener mayores porciones de la torta de consumo, a costa de los competidores;
• se puede bregar para que todos los habitantes aumenten el total de su ingestión de comestibles.
En la práctica, la industria alimentaria estadounidense usa las tres vías. Enormes cantidades de grasa yanqui barata se derrama por encima de la frontera sobre México. Y puesto que los mexicanos viven pobremente y a menudo no tienen ni siquiera acceso a buenas condiciones de refrigeración, ven en la grasa barata un modo de asegurarse sus necesidades calóricas. Cada vez más en los últimos tiempos México se ve enfrentado a problemas generalizados de salud, sobre todo entre sus capas con menor poder adquisitivo.
La obesidad es sobre todo una enfermedad de la pobreza. Afecta a gente que apenas tiene ingresos para alimentarse y que carecen de conocimientos o recursos culturales para hacer buenas elecciones alimentarias.
Las empresas del ramo alimentario se “matan” por arrebatarse unas a otras partes del mercado. Campañas publicitarias, actividades y avisos televisivos expresan esas pujas. Mirar teve significa en general recibir los peores mensajes en alimentación, movimiento, estilo de vida y obesidad. La mayor parte de sus avisos provienen de productos a los que de ningún modo se puede asociar con un estilo sano de vida.
Los teleespectadores en general provienen de las capas más bajas de la población, que no pueden hacerse cargo de los mensajes, distinguir a los actores como individuos, cuerpos o roles. El 90% de la propaganda de la industria alimentaria se refiere a productos que los expertos en salud no consideran nutritivos ni saludables.
La tercera posibilidad que vimos que tiene la industria alimentaria es hacer que la gente coma más. También en este aspecto, el complejo industrial se ha salido con la suya. La comida cuesta muy poco como materia prima y por eso la industria se permite seducir a clientes que se fijan en los precios usando como argumento de venta porciones y volúmenes más grandes.
En EE.UU. es muy común ofrecer que la gente pueda comer todo lo que quiera en un restaurante por 9,95 dlrs., algo que apenas si existe en Francia por ejemplo, donde el peso corporal es el más bajo de toda Europa occidental.
La industria alimentaria con sus abundantísimos recursos económicos tiene lo suficiente como para incluir en su propaganda a estrellas bien conocidas. McDonald’s tiene consigo al basquebolista Michael Jourdan, a las tenistas Serena y Venus Williams. Pepsi cuenta con la actriz Halle Berry y la cantante Britney Spears. El rapero Bebe King es uno de los artistas de Burger King.
Pero hay también estadounidenses famosos que se han comprometido con programas de salud. Estrellas de fútbol, desconocidas fuera de EE.UU., propagandizan buenos programas de alimentación y movimiento para los jóvenes.
Pero lo cierto es que los productos comestibles empiezan a ser introducidos hasta como material educativo. Muchas veces ocurre que se presentan ejercicios en los planes de estudio sin que la industria haya tenido que pagar un solo dólar en gastos de propaganda. Hay libros de texto elementales en matemáticas, por ejemplo, donde uno tiene que calcular la cantidad de maíz acaramelado que entra en una bolsa de las que se usan, o cuánto hay que pagar por una botella de Gatorade que viene empacada de a seis, o cuantas bolitas de determinado color tiene una bolsa de M&M.
En otras situaciones, la industria se hace cargo de materiales educativos que directa o indirectamente la favorecen. American Egg Board [Buró estadounidense de huevos] patrocina el libro The incredible journey from hen to home [La jornada increíble de la gallina al hogar], Kellogg’s financia Kids get going with breakfast [Los niños empiezan con el desayuno], Mars financia 100% smart energy to go [100% de energía inteligente para marchar], National Potato Board [Buró Nacional de la Papa] edita Count your chips [Cuente sus papas fritas] .
Oficinas de propaganda sugerentes enseñan cómo introducir esos materiales en la escuela y proponen “introducir tu mensaje en el aula donde puede llegar a seres humanos jovencitos que están forjando actitudes que durarán toda la vida.”
También se puede usar a los alimentos como recompensa. En Detroit se ha creado un miniMcDonald’s en el cual los alumnos pueden recibir gratis hamburguesas leyendo, resolviendo problemas o cumpliendo con una alta escolaridad. El maestro puede encargar un programa a Dunkin’ Donut, que versa sobre distintos tipos de héroes y en el cual hay un afiche que se cuelga en las paredes del aula con una cantidad de cupones para recibir rosquillas gratis.
Las escuelas de EE.UU. que siempre han tenido una economía frágil, pueden vender espacios publicitarios en sus locales para lograr ingresos. En una piscina escolar se ve claramente un cartel de Coca-Cola y al lado de la pista de aterrizaje del aeropuerto de Dallas hay una escuela que tiene el logotipo de Dr. Peppers nítidamente pintado en sus techos. Los buses escolares funcionan como espacio publicitario. En la ciudad de Nueva York las autoridades escolares estiman que obtienen unos 53 millones de dólares anuales por permitir anuncios en los exteriores de los buses.
Todo esto ha llevado a la constitución de contracorrientes. Hay organizaciones como How corporations are buying their way into America’s kids: commercial pressures om kids of the 90:ies. [Como las corporaciones están seduciendo a los niños estadounidenses: presiones políticas sobre los niños en los 90]. Organizaciones de consumidores, de grupos de ciudadanos o de responsables de áreas educativas han empezado a protestar contra el hecho de convertir a la escuela en pieza fundamental de comercialización.
Entusiastas, alumnos, profesores y padres han creado grupos de acción conjunta para combatir la publicidad en las escuelas, para mejorar las meriendas escolares y encontrar empresas alimentarias que quieran elaborar sus productos sanamente. En el campo hay escuelas que venden su propia producción, que los alumnos cosechan para proveer a restaurantes pequeños, y todo eso como parte de los planes de estudio. Hay algunos políticos locales, aislados, a veces con formación médica, que se han comprometido para lograr que no aparezcan en las escuelas las bebidas gaseosas y las golosinas.
Es una opinión muy generalizada de que nosotros mismos deberíamos saber lo qué comer para sentirnos bien. Pero es falsa. Hay informes anecdóticos que hablan de mujeres que buscan comida rica en hierro durante la gravidez porque “sienten” que necesitan proveerse de ese mineral.
En rigor, sin embargo, hay sólo tres situaciones bien conocidas en las cuales el cuerpo experimenta un impulso para conseguir víveres, absolutamente necesarios. Si no bebemos lo suficiente tenemos sed y buscamos un líquido. Si no ingerimos sal suficiente para mantener nues
Que el cuerpo no tiene capacidad innata alguna para elegir lo más sano surge claramente del hecho de que elegimos con gozo comidas grasas y dulces, las que hoy en día constituyen la fuente principal de nuestra decadencia nutricional y de muertes prematuras. Si tuviéramos semejante capacidad, jamás podría haberse extendido la fiebre de grasa tan actual hoy en día [hay que tener presente que esta nota está escrita en el mundo enriquecido; en el mundo empobrecido al que pertenece nuestra región platense, junto con esa verdad que el autor enuncia, hay otra verdad, tal vez más acuciante todavía y de mayor extensión y es la reaparición del hambre directa, vieja conocida de la humanidad; la falta de alimentos que llevar a la boca. Lo cual no inhabilita que cada vez más, hambrientos cuando pueden y no hambrientos siempre, tiendan a “satisfacerse” con el tipo de comida que el american way of life está empeñado en que todos comamos; mucha grasa y mucha azúcar... n. del t.].
Un grupo de investigadores estadounidenses ha repasado una gran cantidad de programas de entretenimiento televisivo y ha examinado más de un millar de papeles o roles de actuación. Encontraron únicamente a un 14% de mujeres y a un 24% de hombres que tenían sobrepeso o eran directamente obesos, lo cual hay que compararlo con las estadísticas generales estadounidenses que revelan, en cambio, un 70% en esas categorías.
Los que tenían sobrepeso eran a menudo descritos peyorativamente en los programas. No resultaban tan atractivos, por ejemplo, y no encontraban chicas o chicos para establecer una relación, se los veía como glotones. La televisión no hace así sino confirmar el clisé negativo sobre la grasa que existe también en muchos otros lados en el país.
En EE.UU. el mirar televisión constituye en sí un problema sanitario de alcance popular. [...] Mirar televisión ocasiona daños de tres tipos. Los niños miran sentados la tele en lugar de jugar y mover el cuerpo tanto dentro de la casa como a la intemperie. Esto implica que aumenta la ingestión de comida, ya sea porque muchos han adquirido el reflejo de comer delante de la televisión, ya sea porque los avisos publicitarios estimulan ingerir comida con efectos francamente desfavorables para la salud. Por último, diversas investigaciones muestran que mirar televisión aminora el ritmo biológico, lo cual dicho más claramente significa que funciona como un somnífero.
Por cierto que se puede modificar la forma de mirar televisión. Se han hecho intentos dándoles a los niños “tarjetas de crédito” que cubren una cantidad de horas semanales para poder mirar la tele. El aparato luego se apaga irrevocablemente.
[...]
Que EE.UU. sea el país mayor del planeta surge incluso a partir del tamaño de las porciones. Hay restaurantes donde la comida es gratis si uno puede terminar su porción de pizza, de bife vacuno, de pescado o mariscos. La “bolsa del perrito”, como lo denota su misma denominación, fue pensada al principio para darle al perro la comida que uno no puede terminar. Con el tiempo, se ha ido convirtiendo en todo un empaque para llevar a casa el sobrante de comida de unas porciones grotescamente exageradas que servirán para hacer un refrigerio en el hogar.
La industria automotriz se ha adaptado a los tamaños de las porciones haciendo posavasos más grandes en los asientos para las bebidas gaseosas.
Hasta el idioma ha sido afectado por la inflación. En un tiempo las comidas se calificaban con adjetivos como “delicada”, “sabrosa”, “de tamaño saludable”. Hoy en día los calificaciones que sobrevienen están en general referidas al tamaño [y sustantivadas, n. del t.]: Big Mac, Gran Trago, Congelado Gigante, Gran Agarre, Hamburguesa de queso Máxima, Extraordinariamente [asombrosamente] grande [Whopper], La Bestia (referida a un envase gigantesco de bebida).
Las autoridades sanitarias de EE.UU. han recomendado diversos tamaños de porciones para distintos platos. El tamaño promedio de un bife en un restaurante suele ser el doble de las porciones recomendadas, los mantecados el triple y un plato común y corriente de pasta, cinco veces más grande. En la última década, el diámetro de un plato común de restaurante ha aumentado de 26 a 30 cm.
Ciertamente, EE.UU. no está solo en esta problemática. La grasa corporal aumenta rápidamente [...]. Lo que se haga, hay que hacerlo ya. Porque el avance del sobrepeso en Suecia es tan pero tan rápido que ya se lo puede medir de año en año.
Stephan Rössner
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¿tiene usted sobrepeso?
Divida su peso por el cuadrado de su altura.
Ejemplo: Usted pesa 85 k. y mide 1,79. El cálculo deviene:
85 : 1,79 x 1,79 = 33,2 k. por “m2 ” de altura.
La tabla de Índice de masa corporal BMI (por su sigla en inglés) establece:
< 18,5 escasez de peso
18,5 – 25 peso normal
25 – 30 sobrepeso
> 30 obesidad
La OMS divide además los grados de obesidad en tres niveles: hasta 35, de 35 a 40 y más de 40. La OMS ha establecido estas relaciones con prescindencia total de edad y sexo.
nota:
* * “Framtidens föda”, Framtider, nº 1, Estocolmo, 2004. Traducción del sueco y selección del texto: LESF. Hemos hecho la traducción directa del sueco al castellano, y contra lo habitual, en algunos casos hemos traducido también las voces en inglés aunque dejemos la voz original (en otros, seguimos dando entre corchetes la versión en castellano).
Hemos suprimido pasajes estrictamente referidos a aspectos de la vida administrativa del estado sueco, con detalles prácticos que habrían resultado incomprensibles sin explicaciones complementarias, que entendemos nada agregan de validez general a la cuestión en sí [n. del ed.].
N. del ed.: remitimos al lector a la nota de L. Berg, “El estómago, los alimentos y el poder” que publicamos en Futuros nº 6.
artículo publicado en Revista futuros nº7 / Río de la Plata primavera- verano 2004-2005



























