Nos habían dicho que íbamos a caminar bastante y el sol estaba fuerte. No sabíamos bien si ese bastante estaba puesto a nuestra medida o a la medida campesina. El caso es que tomamos por el camino que separa las tierras fiscales del lote 20, al oeste, al poniente, como suelen decir los pobladores. A unas cuadras este lote finaliza, haciendo esquina con el lote 13, al que íbamos a entrar.
Está en disputa. Para más signos, a unos cien metros de iniciado ese lote, y curiosamente al amparo del monte de algarrobos, quebrachos, talas, mistoles, sólo para nombrar algunos de los hermosos árboles del monte santiagueño, se encuentran la casilla, una camioneta F100 y algunos contratados de la empresa AFAGRO.Un policía vigila ese rincón agreste de Santiago del Estero y con algunas pequeñas excepciones parece ser lo único que el estado tiene de presencia allí, en esa zona sin electricidad, sin posta sanitaria, con escuela distante, sin transporte público.
Entramos por un camino, ya dentro del lote 13 y pasadas unas dos cuadras se abre a nuestros ojos el espectáculo del desmonte. Había visto antes el contraste entre monte y tierra de cultivos; sin ir más lejos el día anterior, y en varias otras oportunidades. Porque es imposible andar por allí sin notar cómo inmensas áreas de tierra cultivada avanzan sobre el monte nativo haciéndolo menguar a fuerza de dinero, de la irracionalidad capitalista o si se quiere poner en palabras más políticamente correctas, a fuerza de “crecimiento”, “agronegocios”, y “ventajas comparativas”. Ya le había pasado a estas tierras como a muchas otras de la región, a casi todo el monte del centro y sur de Santiago y al santafecino: había habido desmonte cuando La Forestal, pero las plantas volvieron a crecer.
Faltaba ver de todos modos cómo es que el monte se hace tierra de cultivo y uno sospecha que no es nada grato.
Las plantas, como peinadas en la misma dirección quedaron acostadas a unos dos metros de altura y asoma algún tronco de árbol cada tanto entre las ramas de váyase a saber cuántos y cuáles arbustos y árboles menores. Un inmenso colchón de plantas secas recostadas hacia el noreste. Las topadoras habían trabajado en esa dirección, a una distancia de 50 metros entre sí y seguramente con cadenas tensadas, nos explicaban. No hay modo que las plantas caigan, si no, siempre en la misma dirección. Cuentan también los campesinos que cada eslabón pesa cerca de 10 kilos. Ese mismo colchón tiene un ancho de un kilómetro, al parecer, ya que a esa distancia se levanta la cortina de árboles sin voltear que dibuja un horizonte de unos quince metros de altura.
Y el monte vivo insiste en servir para la comparación, porque está al fondo de las plantas caídas y está al lado nuestro, sobre el lote 20, prácticamente intacto debido a la resistencia campesina iniciada en 1999 por su posesión. Varias embestidas registra ese lote, de parte de terratenientes locales y extraprovinciales. Parecidos todos. Hostigamiento permanente, amenazas, disparos a los ranchos, detenciones arbitrarias, títulos falseados, son prácticas comunes. Como común es la presencia de jueces y autoridades locales corruptos. Y del otro lado, la resistencia de los pobladores nucleados en el MOCASE-Vía Campesina. Acompañábamos a una docena de ellos en esta caminata.
Recorrimos unos tres kilómetros hasta encontrar la senda, hacia la derecha. Los últimos metros mostraban lo que iba a ser constante en el resto del recorrido. El campo incendiado. Los esqueletos de los árboles de maderas más duras recostados hacia el noreste y el suelo gris por causa de las cenizas que aún permanecían a pesar que la quema se había dado unos veinte días antes. Cruzamos la zona volteada hasta entrar al monte sano. No era más que una isla de una o dos cuadras de ancho que daba paso a un nuevo espacio desmontado y quemado, más ancho que el anterior, tal vez el doble, y con el mismo largo: los tres quilómetros que recorrimos por el camino y los seguramente más de cinco que se podían observar hasta ver la cortina de monte sano al fondo. Ya nos habíamos cruzado con algunos caparazones de tortuga y decenas de pieles de víbora quemadas. Ahora un campesino nos enseñó huesos de cabras de monte, atrapadas por el fuego.
Es suficiente cruzar unos metros de monte sano para que despierte la comparación y la bronca. El camino que usamos es el de las cabras, que pastan allí y es apenas transitable por la densidad del bosque. Es distinguiblemente más fresco y de una interminable variedad de tonos de verde. En esos montes no sólo se alimentan las cabras. Los campesinos recolectan frutos: algarroba, mistol, chañar, tuna y tantísimos otros. De allí sale la leña para los fogones, las fibras para la artesanía doméstica, los remedios para cuando la gente se enferma. De ese monte sale la vida.
Seguimos andando la última etapa de recorrido. Unos dos kilómetros en diagonal, hacia el noroeste hasta llegar al cementerio. Un cementerio viejo, según los campesinos, de unos doscientos años, y que era el motivo por el que se nos había invitado, para que sacásemos fotos. En la entrada, un quebracho blanco permanecía de pie, aunque quemado. La puerta y el alambrado perimetral habían sido tirados. Las señales de topadoras, sus huellas, eran notorias. Algunas tumbas habían sido construidas en cemento y otras en madera, de quebracho colorado, casi incorruptible y las fechas más recurrentes eran las que iban de 1920 a 1980. Una de las tumbas recordaba a un personaje mítico, Cruz Moreno, enterrado allí en 1893. Los campesinos rezaron, prendieron algunas velas, “alumbraron” dicen allá. Lo del cementerio parecía abusivo pero de todos modos, si los agronegocios no se detienen frente a los vivos, a menos que den batalla ¿por qué detenerse ante los muertos? Los registros del cementerio son importantes, porque permiten fechar la presencia de las familias en la zona, que es de varias generaciones.
Sobre este aspecto se ubica el costado legal de la lucha por la tierra en Santiago del Estero y en los montes norteños en general. La ley otorga posesión a quienes tienen veinte años de residencia y uso de la tierra, cosa que, con sobradas pruebas, cuentan los campesinos. Y los campesinos utilizan grandes extensiones de monte que son necesarias para la alimentación de las majadas dadas las características de la zona. Normalmente esas extensiones no sólo no están demarcadas a la manera pampeana, es decir, alambradas, sino que son utilizadas colectivamente. Solamente la corrupción del sistema judicial puede explicar los reveses en esa batalla. Doña Fidencia, de 92 años, quien nos recibe a la vuelta del recorrido, nos cuenta que vive allí desde 1940 y que sus animales andan por este monte en disputa, al igual que los de otros vecinos, cosa fácil de corroborar por la existencia de senderos de pastura como el que habíamos recorrido ese día.
De los políticos, poco puede sorprender. Su relación con el poder económico suele estar en algún punto del arco que va de directa a muy directa. Una vez uno, de apellido Rached, pareció defender al campesinado; en ese entonces era candidato a intendente, luego fue intendente, prosperó y pasó a vice gobernador. De allí se hizo recientemente, senador por la provincia. La noche anterior nos encontramos en el locutorio del pueblo con unos volantes que decían “Rached, negocios inmobiliarios” y que prometían campos con y sin mejoras. “Mejoras”, en la neolengua sojera norteña es sinónimo de desmonte.
Ni siquiera venden la madera, informa uno de los campesinos. Maderas duras de alto valor comercial; la queman. Los campesinos evitan rigurosamente la tala, la leña es tomada de ramas quebradas, y los postes para construcción, de árboles volteados por las tormentas.
En el camino de regreso el grupo va disperso. Un campesino nos cuenta de las luchas del 2003 en el lote vecino, el haber recibido un tiro en el pie, el haber sido detenido y torturado en la comisaría del pueblo. Preguntamos a otro si también había estado preso y responde que si. Y luego hace silencio por unos segundos, largos segundos: “cinco veces” dice; estaba haciendo la cuenta. “Pero no es tan malo estar preso”. Como vamos en fila india es difícil saber si la frase sigue; y sigue: “sobre todo si los compañeros están afuera haciendo fuerza”.
Seguimos esquivando árboles quemados hasta entrar y salir de la isla de monte sobreviviente.
Cuenta una campesina, compañera de caminata, que la vida ha cambiado bastante, que se aprendió mucho desde el primer conflicto, que ahora la gente se reúne cada quince días en su comisión de base. Que antes cada uno andaba por su lado y se cruzaban más ocasionalmente. Los días previos pudimos ver varias de esas reuniones. Más allá de las urgencias y los ritmos que impone la defensa de la tierra, han avanzado en la instalación de molinos colectivos para los bebederos de animales, planifican juntos la vacunación de los mismos, lo que incluye compras colectivas de insumos, construcción de mangas para los rodeos, capacitación de compañeros en la técnica de vacunación. Elaboran colectivamente conservas y miel para la venta en las ciudades a través de su organización provincial (el MOCASE-VC) y planifican la instalación de una carnicería en el pueblo cercano y una FM local. Ésas son algunas de las realidades e iniciativas.
Lejos, bastante lejos de la realidad y del sueño monstruoso de los terratenientes y de los laboratorios trasnacionales.
Ya estamos andando el último tramo, pegados al alambrado que separa los lotes, de un lado el monte hermoso, verde por donde se mire a pesar que no llueve desde hace meses, y del otro la tierra quemada y los esqueletos de los árboles nativos. La comparación se mete en el razonamiento por la fuerza de lo que está a la vista. Y el sol no es poco en horas de medio día. Será por eso que las comparaciones fermentan. De este lado, el monte reteniendo agua y suelo; del otro un vacío que amenaza con soja y desertificación. De este lado, la ganadería, la siembra y la recolección campesina, fuertemente atada al monte y su riqueza; del otro la opulencia de los agronegocios que monocultivan ahí, justo donde la naturaleza se empeñó en cultivar de manera múltiple. De un lado, la enorme concentración económica sin puestos de empleo, sin distribución, sin agregado de valor y circunstancial, atada a los caprichos del comercio internacional; del otro; la vida económica campesina, sus prácticas de autosustento y su capacidad de sobrevida aún y a pesar de que toda una economía nacional le es adversa como viene siendo desde hace décadas.
El último tramo se hace bastante pesado, cercano al mediodía. Conversamos sobre el origen de este desmonte. Nos sorprende que con la experiencia en detener topadoras, en frenar usurpaciones, haya habido tanto avance en este lote. Dicen que no está dicha la última palabra. Sabemos que esa comunidad rechazó varias veces las embestidas en una lucha que es compleja, por lo que nos queda esperar noticias.
De regreso hablamos un buen rato. Dicen los campesinos que la lucha sigue. Que no hay otro lugar que ése para vivir. La ciudad amenaza con su desempleo y su marginación y en esos montes que habitan y antes habitaron los más viejos hay lugar para los hijos y los nietos. Piensan hacer esa tarea que recorre décadas y que hoy engalana discursos oficiales. Piensan producir alimentos, como ahora, como siempre. Piensan quedarse.
Javier Di Matteo
artículo publicado en Revista futuros nº12 / Río de la Plata noviembre 2008



























