A diferencia de lo que está sucediendo en tantos países europeos y de otros continentes, donde la xenofobia denuncia y combate las migraciones para sostener una improbable pureza nacional o étnica, los poderes establecidos suelen presentarse como sumamente tolerantes respecto de otras migraciones, las que sufren los alimentos que consumimos cada día.
¿Qué es una migración en alimentos, más precisamente del envase al alimento? En primer lugar, se trata de un concepto, de una denominación relativamente reciente, con la que se designa el pasaje de sustancias propias del envase a su contenido, el alimento. Ese tipo de desprendimiento era desconocido con envases de vidrio, por ejemplo, que se los llama, por oposición, inertes.La primera pregunta, entonces, es por qué surge el concepto en las últimas décadas, dado que el hombre ha ingerido alimentos envasados desde hace milenios. Porque este fenómeno –el de la incorporación de elementos del envase al alimento que contiene– ha pasado a constituir un capítulo actualísimo con un material que constituye la mayoría de los envases actuales; el plástico (existen otras migraciones, como las provenientes de enlatados, no tan recientes, pero su uso tampoco está tan extendido).
Mucho se habla del aroma que el roble transmite al vino añejado en vasijas de esa madera. Y del sabor especial de la humita en chala otorgado por la envoltura del choclo que oficia de envase. Cuando en tiempos idos, el carnicero o el pescadero envolvía las carnes con papel de diario (impreso, el papel de diario de los viejos comercios de barrio), probablemente algunas partículas de tinta, tóxicas, quedaban adheridas al alimento. Sin embargo, en esos casos, el proverbial enjuague solía barrer, literalmente, con alguna “migración” indeseada e inconsciente.
Pero ahora ya no estamos en tiempos modernos a secas, sino en hiper- o posmodernos. La situación ha cambiado. La higiene reina. Y uno recibe los alimentos en primorosos envases y estuches y de allí van directo a la boca. Con alimentos en apariencia limpios, el fenómeno de la migración es mucho más insidioso. Y peligroso, porque la yapa involuntaria es tóxica.
Como con tantos otros problemas vinculados con el desarrollo tecnológico, éste fue entrevisto bastante después que su hubiera implantado en la realidad. Es decir, primero la industria petroquímica desarrolla nuevas aplicaciones “maravillosas” y más tarde se descubren aspectos insospechados e insospechadamente indeseables de algunas de dichas aplicaciones: demasiado tarde, porque el cúmulo de intereses creados hace mucho más difícil torcer el rumbo.
De todos modos, la creciente conciencia ecológica y el avance del conocimiento sobre tóxicos y enfermedades ambientales han ido planteando un cambio de actitudes hasta en los más recalcitrantes defensores de los envases plásticos (sus fabricantes).
En la década de los ’80, todavía se podía escuchar declaraciones negando todo tipo de toxicidad al plástico. Se podía proclamar entonces que era “totalmente biodegradable, su factibilidad es apenas un problema comercial, no técnico”, “la elaboración de plásticos apenas si tiene toxicidad”, “la mala prensa del plástico se debe a que los madereros y vidrieros han sabido sobornar a los verdes”,1 pero en los ’90 el reconocimiento de los problemas “migratorios” es ilevantable y la actitud de defensa de la petroquímica desde los mismos círculos industriales pasa por: “¡no se puede plantear no usar más plástico!”, frase que esconde el pensamiento “aunque lo quisiéramos”, que pertenece literalmente a un representante de la industria en un seminario organizado por el Instituto Argentino del Envase (en su congreso en Buenos Aires, 1991).
Tomemos un ejemplo. El plástico que envuelve gran cantidad de quesos y fiambres es PVC, polivinilcloruro (es el mismo que se usa para gran cantidad de botellas, de aceite, por ejemplo; ya volveremos sobre él en ese otro rol).2 Como al resto de los plásticos, para hacerlos maleables, para que sirvan como películas para envoltorios, por ejemplo, se le agrega ablandadores, estabilizantes, lubricantes, blanqueadores, etcétera.
Los elastificantes del PVC pertenecen a la familia química de los ftalatos, comprobadamente cancerígenos, y hasta una cuarta parte del producto final puede estar constituido por tal ingrediente.
Los plásticos, y en particular, sus ablandadores, tienen una enorme sensibilidad al calor. Cualquiera puede observar con qué rapidez se deforman y queman los plásticos, sobre todo los blandos o termoplásticos. Pues bien, el calor actúa modificando el plástico a temperaturas increíblemente moderadas. Se han hecho investigaciones con alimentos de uso cotidiano embolsados o envasados a 40º (véase el cuadro), que es una temperatura que alcanzamos en cualquier verano. Se ha verificado que el proceso de cesión o migración se inicia de inmediato, que una temperatura de apenas 20o es suficiente para desencadenarlo y que el calor es decisivo para su incremento exponencial.
Cesión de dietilhexilftalato [plastificante con el que se logra un PVC maleable] tras siete días de almacenamiento a 40o centígrados
sal común 21,4 ppm
mostaza 96,8 “
lentejas 73,6 “
pasas 150,6 “
leche en polvo 222,2 “
polvo de flan 225,8 “
Fuente: Kemper, F. Zum Thema Weichmacher-Phtalsaurediakylester, pharmakologische und toxikologische Aspekte, Verband Kunstofferzeugende Industrie, Frankfurt, 1983 (Cit. p. Integral, Barcelona, nº 98, 1988).
En 1982, la Dirección Nacional de Alimentos de Suecia se vio precisada a investigar las láminas plásticas que envolvían cada vez mayor cantidad de alimentos. La investigación llevada a cabo por una decena de expertos no dejó lugar a dudas.
las películas plásticas de PVC con ablandadores son las preferidas por el comercio, por el grado de adherencia y consiguiente comodidad para su manejo; los ablandadores con ftalatos son tóxicos (causantes de cáncer de hígado); 3 algunos alimentos grasos, como quesos, son particularmente sensibles o receptivos al fenómeno migratorio; otros alimentos, como frutas, registran mucho menor traspaso.
En las conferencias de prensa brindadas en aquel momento, los representantes de la protección alimentaria sueca procuraron evitar el pánico, sosteniendo que “con lo que se sabe hasta el momento, no hay riesgo para la salud pero el sabor se puede alterar”, “la Dirección no quiere recomendar tirar la primera rebanada [lo que está en contacto con el folie] que se corte pero el público tiene que saber que la migración sólo alcanza a la capa más superficial del alimento.” (declaraciones de Eva Sandberg al Dagens Nyheter, Estocolmo, 16/12/1982. Declaraciones magistrales para no reconocer un problema y sin embargo zafar de él, del problema que no existe… 4
Luis E. Sabini Fernández
notas:
* Este artículo fue publicado en 1992. Aunque tiene casi veinte años, conserva, significativa y atrozmente su vigencia. Por eso lo reeditamos. (n de los ed.).
1) Declaraciones de Leo Peraldo, técnico y vocero oficial de la Cámara Argentina de la Industria Plástica, en entrevista con el autor.
2) En este pasaje la nota expresa el paso del tiempo. En los últimos años los envases de PVC para aceite han sido sustituidos total o casi totalmente por envases de PET. Ese otro tipo de plástico evita algunas migraciones características del PVC, particularmente graves, por contener cloro. Pero la misma eliminación de los envases de PVC para aceite indica la gravedad de su uso durante los años previos.
3) Actualización respecto de lo expresado hace veinte años: el carácter tóxico de los ftalatos, que también constituyen plásticos como el PET, ya ha sido, siquiera en parte “socializado” en las campañas evitando que juguetes infantiles, por ejemplo, lo contengan. También algunas autoridades locales en diversos países lo han prohibido en envases de suero o sangre.
4) Nueva actualización: en los últimos años se han presentado en el mercado plásticos inertes para envolver diversos tipos de quesos. Probablemente sean de la familia de los polipropilenos (PPP) que son particularmente resistentes al calor.
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Pequeños asesinatos
Desde hace un tiempo ha salido al mercado el queso fresco sin cáscara, envuelto en una funda plástica. Para el fabricante, negocio redondo; desaparece la cáscara y todo el peso pasa a ser “aprovechable”. Para el consumidor, gran comodidad; no tiene porqué molestarse en cortar la cáscara y asimismo buen negocio, lo que paga es todo comestible…
De la elaboración milenaria del queso que conllevaba consigo la formación de cáscara, desaparece ésta como un desperdicio de un queso obsoleto, de gente no moderna.
El queso sin cáscara se contiene en plástico y así, está expuesto a las cesiones de sustancias que “migren” de la envoltura y atenten contra la salud de la población. En Montevideo existen quesos frescos con y sin cáscara, pero en ciudades como Buenos Aires prácticamente ya no se encuentran quesos frescos con cáscara, con lo cual ni siquiera existe la posibilidad para el consumidor de elección, si prefiere “perder” parte del queso como cáscara o salir “ganancioso” comiéndolo todo…
Cada día, en todos los puestos de venta de queso, enérgicos y dispuestos expendedores, blandiendo sus cuchillas, hienden los quesos generalmente cubiertos de una película plástica, y los fraccionan. ¿Cuántas partículas tóxicas, microscópicas, claro nos llevamos con el trozo que compramos e ingerimos con la primera rebanada, la que recogió el “aporte” del filoso cuchillo y el empuje voluntarioso del expendedor?
Lo más pesadillesco es procurar un diálogo si a uno se le ocurre pedir a quien atiende que retire primero el plástico y corte después…
Veamos ahora otro aspecto migratorio del mismo plástico, el PVC. Por ser, como dijimos un plástico obtenido mediante cloro, es soluble en grases y alcoholes. Lo cual lo hace altamente inconveniente para contenidos de tal naturaleza. En estos casos, sus migraciones ya no dependen solamente de los ablandadores que tenga incorporados sino de su misma composición. Por lo tanto, incluso un PVC no particularmente blando resulta tóxico con determinados contenidos, como por ejemplo cuando es usado para botellas cuyos contenidos sean grasos o alcohólicos. La industria aceitera parece haber encontrado, sin embargo su envase “ideal” en el PVC. Basta una recorrida por góndolas para darse cuenta. Sabemos el porqué: es el más barato.
Pero estamos hablando de salud, no de negocios. Y menos de negocios a costa de la salud, humana y ambiental.
En España, tradicional país aceitero, se han librado grandes batallas civiles para impedir el envase de PVC para aceites. En Francia, el país del vino, han ocurrido similares batallas para impedir el envasado de vino en recipientes plásticos.
Los envases para alimentos nunca han sido herméticos. Pero en el pasado, lo habitual eran las pérdidas, de aromas, de gases, las mermas, de humedad, por ejemplo. Ahora, gracias a algunos envases tenemos “ganancias”, sólo que indeseables.
¿Cómo es posible que “autoridades responsables”, consorcios con enorme fama a lo largo y a lo ancho del planeta en el rubro de suministro de alimentos a la población, permitan agresiones tan serias o graves a la salud? Vale la pena recordar, en primer lugar, lo que acabamos de señalar con el éxito del PVC como envase de aceites: el interés primordial de tales empresas es obtener beneficios, colocando sus productos, no preservar la salud, del planeta, de la población. De todos modos, se han valido de dos recursos, fundamentalmente, para llevar adelante esta “política de migraciones”.
a)el silencio. De lo que no se habla, no existe. Lo cual, en términos mediáticos, televisivos, es determinante.
b)cuando las investigaciones han hecho inocultable un problema, como sucede actualmente con las migraciones o cesiones a los alimentos envasados, las autoridades públicas y los decisores privados han encontrado un recurso mágico para tolerarlas, mejor dicho para hacerlas tolerables: los límites de seguridad. Recurso mediante el cual se puede llegar a calificar positivamente lo que originariamente se presentaba como negativo, peligroso, como sucede con la perversa expresión PADI, de la jerga de la industria del envasado (Packaging Acceptable Daily Intake, ingestión diaria aceptable de envase).
Los límites de seguridad, o de tolerancia, no son iguales para los mismos productos en diferentes jurisdicciones, como si no provinieran de resultados científicos sino de posicionamientos políticos. Así, por ejemplo, en tanto en Argentina para la medición de migraciones se usa como solvente graso de envases plásticos un simulador, heptano, en España se usa directamente aceite de oliva, que es un alimento real. También varían las temperaturas y los lapsos de exposición, con lo cual, resultados aparentemente iguales dan límites efectivos distintos.
La industria petroquímica ha desarrollado tales recursos de persuasión –enva-ses cómodos, prácticos, livianitos, no frágiles, muy bien impresos, a menudo con imágenes de paisajes incontaminados, “naturales” y agradabilísimos– que resulta “de locos” plantear que su producción y el consumo correspondiente resulten un atentado a la salud de la población.
Sin embargo, es sencilla y crudamente así.
artículo publicado en revista futuros nº13 / Río de la Plata verano 2009-2010



























