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El agrocidio argentino

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Existen sospechas que señalan que lo sucedido en las comunidades campesinas de Colonia Loma Senés, en Formosa (Argentina), y de Pirapey 35, en Itapúa (Paraguay), es un emergente de un problema extendido, generalizado. Poco a poco, lo que era una sospecha se va volviendo una certeza. La contaminación ambiental y humana, que se produce por fumigaciones (aéreas y terrestres), en aquellos territorios donde se cultiva soja transgénica parece reiterarse allí­ donde se posa la mirada y se efectúan observaciones con estudio de campo.

Aunque no podamos afirmar terminantemente que el cultivo de soja transgénica (y en general los cultivos transgénicos como el algodón o el maí­z) esté impactando negativamente en todos los territorios donde se instala; sí­ vamos registrando, con espanto, el despliegue de un agro que podrí­amos caracterizar como excluyente, pero también exclusivo. En gran parte de las regiones extrapampeanas, donde avanza la frontera agrí­cola por la sojización, no sólo crece la desocupación, y aumentan los demandantes de planes sociales, sino que se produce la contaminación por agroquí­micos de vastas regiones, la degradación ambiental y la apropiación de tierras y agua, con la consecuente inhibición de otras actividades agropecuarias y la desarticulación de los modos de vida de las poblaciones rurales.
Este proceso que hemos detectado en Formosa, lo encontramos ahora también en Entre Rí­os, Santa Fe y Chaco. Estas provincias presentan, en los últimos diez años, un marcado crecimiento del área destinada a la producción de soja. Esto ha sido en detrimento de cultivos tradicionales (algodón, arroz, lentejas, etc), pero también a costa del monte nativo, de áreas destinadas a la ganaderí­a y de espacios ocupados por familias campesinas (hacheros, ganaderos, mieleros, agricultores, etcétera).

En los relatos de las poblaciones que viven en las áreas donde se da tal expansión se repite el testimonio del impacto negativo: en el “cordón verde” de Paraná, en Villa Urquiza, en Cerrito, en Colonia Celina, en Sir Leonard, en Lucas Sur y Norte (Entre Rí­os), en San Javier (Santa Fe), en Colonia Elisa, en Napenay (Chaco). Quizás el número de localidades afectadas sea mayor, pero se mantienen invisibilizadas puesto que no se puede “barrer” un territorio entero, y no hay denuncias (o las hay pero son silenciadas).
En Villa Urquiza, una docente que vive en zona rural, rodeada su casa por cultivos de soja, relataba que ya en 1997 (en 1996 se aprueba la soja transgénica) empezó a sentir olores fuertes, y “malestar”, pero será en el 2002 (el mismo año en que se da el “boom sojero” luego de la devaluación), cuando se descompuso luego de que una avioneta fumigadora le pasara por encima de la casa con el grifo abierto esparciendo el cóctel de agroquí­micos (glifosato y 2.4.D) sobre su cabeza. En ese momento perdió también sus plantas frutales, que se secaron, además de sus gallinas, que según la autopsia que realizó el veterinario de la zona fueron envenenadas presentando en todos los casos “el hí­gado deshecho”. En la zona no es el único caso; sin embargo existe miedo y las denuncias no se realizan.

En la zona de Cerrito pudimos conocer el testimonio de un médico de la zona que vincula directamente –aunque sea difícil demostrarlo– la aparición de enfermedades en embarazadas, casos de cáncer en la población joven, multiplicación de alergias y problemas respiratorios, etc, con las fumigaciones de los sojales­. En este poblado se logró al menos que la maquinaria agrí­cola que se utiliza en la soja no pueda circular o estacionarse dentro del perímetro urbano. En el área rural de esta localidad visitamos a un campesino, propietario de una hectárea en medio de un “mar” de soja. A partir de las fumigaciones él ha perdido sus chanchos, gallinas, frutales, y ha sufrido en carne propia la acción de los agroquí­micos que se utilizan para la soja (sus hijos presentaron granos, problemas respiratorios, ardor en los ojos, problemas digestivos). Para completar el escenario, relataba el campesino, su vecino (un juez de paz de la zona) que habí­a arrendado el campo al productor de soja, le ha expropiado su propia tierra. Este poderoso vecino ha logrado poner a su nombre la hectárea que el campesino habita con su familia y que, según dice el campesino, figuraba a nombre de su bisabuela. Remata el cuadro el hecho de que la familia campesina registra que el sabor del agua se altera cada vez más, adjudicándoselo al uso masivo de fertilizantes y herbicidas para soja que se realiza en la zona. Tampoco es éste un caso aislado. Sin embargo, al ser la mayorí­a de los pobladores peones rurales de los mismos empresarios que producen soja, el silencio ante las contaminaciones se presenta como la conducta más extendida.
Lo que no pudimos, pero habríamos querido hacer, fue entrevistar al productor o campesino (también de la zona de Cerrito) que indignado por las sistemáticas fumigaciones con avioneta que realizaba sobre su casa el sojero vecino, decidió aguardar en el lí­mite del alambrado, con escopeta en mano, para finalmente dispararle al aeroplano en el momento que esparciera en su campo los “fulminantes” (que ya habí­an destruido sus frutales y cultivos).

En las zonas rurales de Villaguay, centro de Entre Rí­os, la situación es similar. Según el relato de miembros de SOS Villaguay, y de campesinos de la zona, fue posible saber que allá­ las contaminaciones por fumigaciones de sojales vienen acompañadas de la apropiación ilegal del agua de los rí­os. En este caso el río Gualeguay ha sido represado en diferentes puntos por parte de grandes emprendimientos de soja que realizan un uso deliberado del recurso. Se trata de una cuestión compleja. El avance de la agricultura transgénica se manifiesta en múltiples procesos atravesados casi todos por la arbitrariedad. Como le sucedió a una beneficiaria del Programa Social Agropecuario (PSA). Una mujer, gracias al crédito que se le otorgó, obtuvo una vaca lechera. Una vez, habiendo la vaca cruzado accidentalmente al campo vecino para comer la soja allá­ plantada, sucedió que el empresario sojero, viendo la situación, embistió con su camioneta 4x4 al animal, matándolo. Como en los demás casos que narramos, no hubo indemnización, ni reconocimiento del perjuicio económico.
En San Javier, provincia de Santa Fe, se registra también la contaminación por efecto de los agroquí­micos que se emplean en el monocultivo de soja transgénica. Allí­ los campesinos señalan que las fumigaciones con la máquina llamada “mosquito” los ha perjudicado arruinándoles limoneros, durazneros, matando gallinas, conejos. También aquí­ se pudo recabar el relato de una enfermera y una médica de la zona que tienen sospechas sobre el impacto que estarí­a produciendo en la salud de la población el cultivo de arroz y de soja que cubren la localidad. Aunque tampoco hay datos concretos que salden esta sospecha, puesto que el Ministerio de Salud no ha concretado las investigaciones que se le solicitaron, ha habido una cantidad alarmante* de casos de bebés nacidos con anaencefalia (ausencia de masa cerebral) que podrí­an deberse a las fumigaciones. Son conjeturas, que permanecen en ese estado por falta de investigaciones que determinen las causas concretas de estos fenómenos.

Ya en Chaco, tanto en Napenay, como en Colonia Elisa, los campesinos organizados en la Unión de Pequeños Productores de Colonia Elisa (UNPEPROCE) y en la Unión de Pequeños Productores del Chaco (UNPEPROCH), han comentado cómo se han visto afectados por las fumigaciones que se realizan con glifosato tanto en la soja como en el algodón transgénicos. A su vez, en muchos de los casos que registramos los interlocutores manifestaron que los paraísos son los árboles que más sufren por las fumigaciones, lo que le valió que en San Javier le llamaran “árbol testigo”, ya que es en el primero en el que se visualiza el efecto de la fumigación (se señala que los paraí­sos sufren también a causa de un hongo: en tal caso haría falta investigación apropiada).
Por lo alarmante y extendido del escenario que venimos encontrando, intuimos que estas situaciones ocurren también en provincias como Salta, Córdoba, Corrientes, Misiones, Buenos Aires, La Pampa, etc. Los agricultores familiares, expulsados del mercado formal y de los complejos agroindustriales por las polí­ticas de libre mercado de los años ‘90, estarían ahora siendo perjudicados por los nuevos cultivos transgénicos al punto de no poder siquiera producir para el autoconsumo o para las cadenas de comercialización alternativas. Si esta hipótesis se viera convalidada, estaríamos frente a un verdadero agrocidio silencioso. Un agrocidio en tanto avanza un modelo de agro exclusivo y excluyente, que no puede convivir con las diversas formas de vida rural. Un agrocidio en tanto se configura una “agricultura sin agricultores”, que nos hace dudar de la justeza misma de seguir hablando de “agricultura” cuando estamos frente a un proceso de depredación de la biodiversidad y de los saberes locales (campesinos, indí­genas, nativos, etcétera).
El sueño productivista de transformar a la agricultura en una industria más parece hacerse realidad. El campo como “fábrica de alimentos”, según señalaba el INTA (Instituto Nacional de Tecnologí­a Agropecuaria), parece concretarse. Los sujetos que llevan este proceso adelante serí­an los “agrodepredadores”(como creativamente lo señalara el presidente de la Asociación de Pequeños Productores de San Javier), y el mecanismo es variado: desmontes, contaminación, desalojos, etcétera.

De ser así­, una vez más en la historia de las poblaciones rurales se estarí­a planteando un desafí­o a la persistencia campesina, a la permanencia de los hombres y mujeres del campo. La casi cómplice falta de respuesta estatal, la obscenidad y soberbia empresarial que no tiene en cuenta más que el lucro desmedido, colocan este desafí­o en manos exclusivamente de las organizaciones de la sociedad, que desde el campo y la ciudad puedan denunciar y tejer alternativas a este modelo de agro. El agrocidio que sostienen los agrodepredadores se está produciendo en regiones amplias de Argentina, por ende es un problema que urge enfrentar. Probablemente sea una de las prioridades que tenemos que encarar si es que queremos imaginar ya no solo un futuro sino el mismo presente. Quizás un cambio profundo en el modelo agroalimentario actual podrí­a llevarnos a transformar la base misma de los sectores más concentrados de la Argentina y permitirí­a avanzar definitivamente en la democratización de la gestión y usufructo de las riquezas que son los recursos naturales del paí­s.

Diego Dominguez

nota:
* En algunas regiones del mundo los casos de anaencefalia se calculan en 10 por 10 mil nacidos vivos. Uno por mil. En San Javier en un año se dieron 12 casos en 300 nacidos vivos.

artículo publicado en Revista futuros nº10 / Río de la Plata otoño 2007

 

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