El autor procura pasar revista a la situación planetaria en el 2007, que en la ONU fue definida como ”megacatastrófica”. Veremos como las palabras clase y sexo o género explican quiénes son los afectados por fenómenos “naturales” que mueven o derriban montañas
A principios de noviembre fue como un diluvio en el estado mexicano de Tabasco. Llovía a cántaros y sin parar. El temporal alcanzó a un territorio vecino que se ha hecho mundialmente famoso por otro motivo: Chiapas.Sobre la frontera, precisamente, del lado chiapaneco, una aldea, San Juan Grijalva, contaba con unos 600 habitantes. Sobre ellos, la lluvia seguía sin contemplaciones. Una montaña en el linde de la aldea empezó como a deshacerse. Las masas líquidas fueron sobrecargando las laderas, disolviendo el suelo allí arriba, barriéndolo laderas abajo, y rajando a toda la montaña. Después de una lluvia continua que llevaba días sin parar, el 4 de noviembre de 2007, la montaña no pudo resistir más y se desmoronó.
Sobre San Juan Grijalva cayó un muro de barro, piedra y agua. Se sentía un rugido sostenido, como cuando un helicóptero pasa muy cerca por encima de tu cabeza. —No sabíamos qué estaba pasando y salimos de las casas y vimos cómo se abría el suelo por todas partes. Salimos corriendo, bajando la ladera, pero el barro y las piedras nos alcanzaban y nos tapaban, relató uno de los sobrevivientes, un campesino de 21 años, Domingo Sánchez (noticias de AP).
En las fotografías sólo se ve barro encima del lugar donde habían vivido 600 seres humanos. A lo sumo, se percibe algún techo corrugado de chapa sobresaliendo del mar de barro. Afortunadamente, la mayoría de los aldeanos pudo salvar su vida; los animales se habían puesto nerviosos mucho antes y los aldeanos los vieron correr desesperados monte abajo, que fue lo que los impulsó a hacer lo mismo. Pero San Juan Grijalva ya no existe.
En Tabasco creció el nivel del agua de los ríos; la población trató desesperadamente de construir diques para contener la inundación, pero la lluvia no cesaba y finalmente el 80% de todo el estado quedó bajo agua. Se perdió la totalidad de los cultivos; maíz, porotos, bananas, la cosecha de todo un año. Cuando la inundación estaba en su apogeo, las fotografías aéreas mostraron que el estado se había convertido en un lago. Solo sobresalían algunas puntas de árboles o techos.
Once días después del desmoronamiento en San Juan Grijalva, el 15 de ese mismo mes, un ciclón levantaba olas hasta de seis metros de altura a lo largo de la bajísima costa bengalí, que se constituyeron en una verdadera pared de agua que arrasó las tierras. Un hombre llegó a relatar más tarde cómo mantuvo agarrada de la mano a su mujer cuando la ola cayó sobre ellos; un golpe le hizo perder el conocimiento y se pasó después días buscando a su mujer: —Alcancé a ver su cuerpo debajo de los jacintos en el canal. Pero la gente está agotada de enterrar cuerpos y además todos están empeñados en conseguir algo de comer, así que nadie me ayudó para rescatar su cuerpo, confesó al Daily Star.
Los hogares se esfumaban como hojas en el viento, los árboles eran arrancados de cuajo, los botes de pesca se perdieron mar adentro, medio millón de cabezas de ganado desapareció y los campos de arroz quedaron totalmente deshechos, con lo cual hay que pensar en un año sin producción de arroz. Eso pasó por donde el ciclón, Sidr, dejó el tendal: en cuestión de horas, 27 millones de seres humanos vieron sus vidas total o parcialmente destruidas.
Leyó bien: 27 millones.
La cantidad de muertos no llegó probablemente a diez mil, dado que fueron muchos, la inmensa mayoría, los que pudieron ponerse a resguardo, abandonando sus pertenencias. Pero los sobrevivientes no tienen a qué volver. Gran parte del sur de Bangladesh está todavía bajo las aguas.
Algún tiempo antes que el cielo se abriera en Tabasco, y seguimos hablando del 2007, había pasado lo mismo en África, que en setiembre debió pasar por la peor lluvia registrada en las tres últimas décadas, tres décadas en las cuales, precisamente muchos de los países afectados por el aguacero, habían estado sufriendo insoportables sequías. Cuando finalmente llegó la lluvia, fue como si todo el atraso de décadas se hubiera descargado a la vez. El suelo reseco no tenía ninguna posibilidad de absorber el agua y lo que se formaron fueron ríos y oleadas de enorme altura: en 23 estados subsaharianos, desde Senegal en el oeste hasta Somalia en el este y Uganda en el sur, el diluvio arrasó aldeas y las agencias noticiosas occidentales difundieron el dato de que un millón y medio de seres humanos había perdido sus hogares y sus cultivos. Pasado el momento, se estima que la cantidad de afectados se aproxima más a los dos millones.
La Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la presidencia de la ONU (OCAH), encargada de atender situaciones de emergencia, ha definido lo acontecido en el 2007 como una “megacatástrofe”. En octubre había hecho ya 13 llamados ante situaciones catastróficas, muchas más de las registradas en cualquier otro año de su historia, y todas ellas, salvo una, vinculadas con trastornos climáticos.
—Si usted va juntando todas estas situaciones catastróficas, lo que tiene finalmente es una megacatástrofe. Y no hemos llegado al fin de 2007. Seguramente tendremos que conocer nuevas situaciones de este tipo. Declaraba entonces el representante de OCAH, justo antes de lo acontecido en Tabasco, y del paso del Sidr por Bangladesh.
Dos configuraciones se repiten en todas estas situaciones de catástrofe, que últimamente se han hecho tan frecuentes. En primer lugar, coinciden extraordinariamente con las previsiones meteorológicas que se han hecho acerca de cómo se modificaría el clima en un mundo más cálido o caliente. Los ciclos del agua se intensifican y las precipitaciones acentúan dos destinos opuestos, cada vez más opuestos entre sí: sequías intensísimas y precipitaciones pluviales igualmente intensísimas. Se estima que en algunos lugares el total de lluvias pase a ser insignificante, con clima de sequía y condiciones climáticas desérticas, en tanto que en otros lugares el clima se vaya haciendo cada vez más húmedo, aunque se estima que en la mayor parte de los casos la precipitación promedio permanezca aproximadamente incambiada, y lo que cambie sea su carácter de lluvias más o menos parejas a lluvias tropicalizadas, con enormes precipitaciones en menor unidad de tiempo. Lo que se llama “efecto ketchup”.
Un mundo más caliente está repleto de energía solar. Que se mantiene atrapada en la atmósfera a causa de los gases de efecto invernadero que se intensifican brutalmente con la quema de combustibles fósiles. El excedente energético calienta el agua, apura sus ciclos y otorga mayor fuerza a las precipitaciones y a los ciclones. En el mar recalentado la energía solar vibra en la superficie. Cuando se forman los ciclones, con sus trombas, extraen una enorme energía de esa superficie recalentada y cada vez se hacen más peligrosos con sus desplazamientos.
En un mundo recalentado, el nivel de las aguas oceánicas se eleva. Ante cada catástrofe climática se consulta a periodistas especializados o a meteorólogos oficiales o alguna otra autoridad en la materia para que desechen toda relación entre el recalentamiento de las aguas y lo acontecido: esta inundación, esta tormenta, este incendio, declaran, se podría haber producido sin que hubiese ningún aumento de temperatura.
Sostienen que ningún acontecimiento particular puede explicarse sobre la base del calentamiento global y semejante fórmula se ha convertido en una suerte de mantra. Erland Kallén, el pope sueco de la oficina de ONU para el calentamiento global, declaró ante el Dagens Nyheter [cotidiano de Estocolmo] que la ola de incendios habidos en California en octubre 2007 no tiene nada que ver con el calentamiento global, y que provino de fenómenos meteorológicos absolutamente normales. Kallén obvió referirse a todas las investigaciones que sostienen que una mayor temperatura global va a hacer a California más calurosa y ventosa, y que por lo tanto su flora va a incendiarse más fácilmente y que las llamas, no bien hayan tomado altura, van a ser mucho más difíciles de controlar, por el viento. En el 2004, un equipo de investigadores anunció que los incendios fuera de control en California iban a ascender un 150% si la presencia de dióxido de carbono se duplicaba respecto del nivel anterior al desarrollo industrial (de unas 280 ppm a 560 ppm; en la actualidad se estima que está alrededor de 380-390 ppm).
Lo que se estimaba como futuro fue lo que se quemó en California. Así también ocurrió en todas las catástrofes climáticas más impresionantes del 2007, desde los incendios en cadena en Grecia que arrasaron con tantos bosques y montes en el país, hasta la canícula en Europa Oriental y los reclamos que recibió la OCAH en su despacho; se trata de presagios pero también de estallidos bien actuales. Que nos expresan que el calentamiento ya está golpeando con fuerza.
La organización británica de ayuda Oxfam comprueba en un informe bien reciente en el cual recapitula lo acontecido en el 2007, titulado Climate Alarm [Alarma climática], que el número de catástrofes naturales se ha cuadruplicado en los últimos 25 años, desde unas 125 a principios de la década de los ’80 hasta las actuales 500. Las catástrofes que no provienen de movimientos climáticos, en cambio, no han aumentado ni disminuido en el mismo período; por ejemplo los terremotos se mantienen en un promedio más o menos constante de unos veinte anuales, en tanto los ciclones, las inundaciones y sequías aumentan con ritmo de avalancha.
Algunos eligen no ver un alud y se aferran a ver sólo piedras sueltas que se desmoronan. Otros sienten cómo pegan en el cuerpo.
Y éste es precisamente el otro aspecto decisivo de las catástrofes climáticas: no todos los seres humanos están afectados igualmente, no cualquiera es afectado. Los pequeños campesinos de San Juna Grijalva perdieron todo lo que poseían, que era muy poco. En Bangladesh las villas construidas en piedra aguantaron en pie contra la tormenta, pero las viviendas hechas con bambú, heno y ramas y troncos pequeños, sobre todo las levantadas cerca de las costas, fueron totalmente arrasadas. Si luego del huracán había una vivienda a la que volver estaba también en función de los ingresos de los afectados o, si se lo quiere decir de otro modo, de su condición de clase. Bangladesh contribuye mínimamente al calentamiento global y sus pescadores, campesinos y obreros textiles se cuentan entre los que menos contribuyen a dicho calentamiento; pero son precisamente ellos los más afectados.
Tres países inundados en África tuvieron que declarar estado de catástrofe nacional en setiembre de 2007.
Togo, Gana y Burkina Faso, que en la lista de estados que establece los rangos de emisión de gases de efecto invernadero se encuentran entre los países que menos emiten (en los puestos 168o, 169o y 196o de aproximadamente doscientos). Vemos que las catástrofes por la quema de combustibles fósiles se ensañan con los que no queman o apenas queman combustibles fósiles. El modelo se repite tanto a escala local como nacional: la mayoría de los que fueron atrapados por las llamas en California eran inmigrantes sin papeles provenientes de la otra América, Lapobre, pero por ejemplo John Travolta y otras estrellas hollywoodenses jamás estuvieron en peligro. Cuando el calor puso al rojo vivo a Francia en el 2003, los privilegiados se mantuvieron cómodos con sus sistemas de aire acondicionado en tanto las morgues se llenaban con los cuerpos de unos quince mil trabajadores árabes o jubilados solos que residían en las cajas de cemento recalentado de los suburbios de las grandes ciudades.
Cuando el Katrina se acercaba a Nueva Orléans, a los afros y a los pobres no les quedó otra alternativa que quedarse en la ciudad, en tanto los blancos y ricos se alejaron por las rutas con sus 4 x 4 y se aposentaron en hoteles hasta que la tormenta se disipó. Los seres humanos que ahora de repente se hunden en el hielo ártico que ha devenido demasiado frágil, los que son cubiertos por tormentas de arena en Mongolia, los que son tapados por las aguas en Tuvalu, los que ven sus campos resecos en Perú, los que se mueren de sed a lo largo de ríos que desaparecen en Nepal o construyen tugurios con cada vez más precarios palafitos en las afueras de Lagos, en Nigeria, son los que no están ni siquiera cerca de disponer de sofisticados medios de producción y por lo tanto no están en condiciones de quemar mucho, a veces ni siquiera poco, combustible fósil.
¿Por qué precisamente ellos son los más perjudicados en la hora actual? Oxfam señala en su ya citado informe que los pobres, los que carecen de propiedades, excluidos hasta del trabajo, viven vidas muy oprimidas. Antes de los trastornos climáticos actuales, ya cargaban ellos con esa cruz, que se manifestaba de modo distinto en cada lugar. Podía tratarse de cosechas perdidas, de deudas, de contagios de sida, de desocupación o de la ola privatizadora.
Cuando el aguacero u otro fenómeno climático golpea a los despojados, están en peores condiciones para aguantar el vendaval puesto que sus vidas ya estaban al borde del colapso. Los cambios climáticos, nos recuerda Oxfam,”empeoran el hecho de que ya mucha gente vivía en situación de catástrofe como si fuera normal”.
Entre 1991 y el 2000 murieron a causa de catástrofes naturales un promedio de 23 seres humanos por catástrofe en las naciones enriquecidas. En las naciones empobrecidas el promedio correspondiente a cada catástrofe fue de 1052. Los mismos sucesos climáticos, arrasan muchas más vidas en aquellos países que ya viven una situación estrecha, penosa. Si lo estimamos en dinero, no en vidas sino en dólares o euros, la relación se invierte, las pérdidas se multiplican ante los mismos sucesos no bien subimos en las “jerarquías nacionales”.
Sociedades que han acumulado enormes bienes de capital, precisamente a causa de su acceso y disponibilidad de combustibles fósiles, que han quemado en cantidades inmensas, tienen mayores pérdidas: son sus recursos acumulados los que resultan mordisqueados por las catástrofes naturales, en términos crudamente materiales. Pero esos mismos recursos materiales les otorgan a sus habitantes muchísima mayor protección -al menos hasta el momento- ante los primeros estadios de calentamiento global. E inversamente, la condición de estar viviendo en condiciones de emergencia permanente que caracteriza a la vida de los pobres en el mundo entero es la más clara prueba de que ellos no han participado del origen del problema, puesto que si hubiesen tenido un consumo alto de combustibles fósiles tendrían ahora los recursos protectores de que gozan los habitantes de las naciones enriquecidas.
El calentamiento global es, en otras palabras, un desmoronamiento universal. Ha comenzado a través del uso de combustibles fósiles que están localizados en determinados sitios y referido a determinadas clases en la geografía social de la humanidad. Pero el trastorno climático puede ocasionar la ruina en cualquier lugar de la Tierra, y va “eligiendo” a sus víctimas a través de su pertenencia de clase. Las líneas divisorias atraviesan los países, es cierto, pero sobre todo los separan entre sí, entre los países del centro capitalista mundial, basados en la combustión de energía de origen fósil desde mediados del siglo XIX, y sus periferias.
Los trastornos climáticos son construcciones sociales y la naturaleza no es sino un instrumento. Esto tiene que ver con el mismo origen del problema pero también con los resultados: la forma en que la catástrofe golpea está decidida por las relaciones sociales.
En ningún aspecto esto resulta más evidente que cuando analizamos la cuestión con una perspectiva de género. Entre 1974 y 2003, han sobrevenido 173 catástrofes naturales en Bangladesh, de las cuales la peor fue la inundación combinada con huracán que en 1991, le quitó la vida a 138 000 seres humanos. De ellos, la sexta parte fueron hombres, es decir las cinco sextas partes fueron mujeres. ¿Por qué? Porque los hombres son los que suelen moverse en ambientes abiertos, en espacios públicos y supieron lo que se venía antes que las mujeres que en general estaban recluidas en sus casas. Como agravante son menos las mujeres que saben nadar que los hombres. Oxfam ha comprobado, una vez más, que las mujeres tienen menos recursos que los hombres para reaccionar y salvar su vida cuando se presenta la tormenta; se entregan porque están, de antemano, más inermes que los hombres.
Dicho de otro modo, mirando la moneda del otro lado, las mujeres en general consumen bastante menos combustibles fósiles que los hombres, tanto a escala global como nacional. Gerd Johnsson-Latham ha escrito En Studie om jämställdhet som förutsättning för hållbar utveckling [Un estudio acerca de la igualdad de género como presupuesto de un desarrollo sustentable] que a fines de 2007 tuvo resonancia internacional a causa de lo que presenta: las mujeres suecas viajan menos que los varones suecos, particularmente en avión, tienen autos que consumen menos nafta que los de los varones, comen menos carne y se dedican en general a actividades que implican menos consumo de combustibles fósiles. Son precisamente las mujeres, a partir de las relaciones de género establecidas, las que caminan más para traer baldes con agua fresca, las que corren con el mayor esfuerzo para seguir transportando agua cuando se secan los pozos más cercanos o los accesos más comunes se salinizan, y así sucesivamente.
El mismo razonamiento se puede llevar adelante en lo que tiene que ver con la pigmen-tación de la piel; cuanto más blanco, más alto es el consumo de combustibles fósiles.
El calentamiento global saja la pirámide social desde el tope hacia abajo atravesando a toda la humanidad y dejando de un lado a responsables apenas victimados y del otro a víctimas apenas responsables. Y estamos hablando de una cuestión de vida o muerte. No de cualquier cosa.
Ante esta situación hay muchas voces provenientes de la burguesía occidental que dicen que no tenemos que preocuparnos de nada. Susanna Popova, una de las más enhiestas negadoras de los trastornos climáticos en Suecia, sostuvo recientemente en su columna en el Svenska Dagbladet [cotidiano neoconservador de Estocolmo]: “por cierto que va a morir más gente de calor que hoy en día. Pero menos van a morir de frío, así que en el total, gracias al calentamiento global, van a ser menos los que mueran en términos netos en el planeta.” El argumento nos recuerda la sensibilidad que se le atribuye a María Antonieta para las realidades sociales, que cuando oyó que la gente en la calle reclamaba desesperada por pan, se preguntó por qué, si no tenían pan, no comían budines y horneados. Pero estas “razones” que invocan los efectos benéficos del calentamiento global no hay que escucharlas sólo de payasos al servicio del mundo burgués, sino en los propios “cuarteles generales” de la burguesía. La Casa Blanca, por ejemplo, ha aclarado que el calentamiento global tienen efectos negativos y positivos y que nadie está en condiciones de saber qué es lo que más pesa.
En abril de 2007 la segunda revista de noticias del mundo entero por su tiraje, la estadounidense Newsweek, editó un número temático describiendo todas las fantásticas posibilidades que trae el calentamiento global consigo, todas las nuevas ramas de actividad y los negocios que con él se presentan. En un Ártico sin hielo, por ejemplo, el ser humano podrá perforar finalmente los pozos petrolíferos con menos dificultad, el vino se podrá elaborar en territorios hasta ahora inimaginables para semejantes cultivos y, ¡qué felicidad!, cuando el desierto cubra totalmente a Botswana los turistas podrán ser invitados a fantásticos viajes de aventura, como viajar con trineos de nieve en las dunas de arena. Time, la revista competidora de Newsweek, que la sigue aventajando en tiraje, cubrió pormenorizadamente la trayectoria del ciclón Sidr y trazó las perspectivas para Bangladesh.
En dicho informe se revela que la India ya ha comenzado a edificar una barrera a lo largo de la frontera con Bangladesh, al estilo del muro que Israel ha levantado en territorio palestino. Pero Time advierte alegremente que las corrientes de refugiados ambientales provenientes de Bangladesh, que se espera habrán de producirse con las crecidas de los ríos y el océano sobre sus costas, serán una verdadera bendición para el mercado mundial: “las masas fugitivas de Bangladesh pueden llegar a satisfacer la necesidad mundial de mano de obra barata”.
Pero el argumento más común que se esgrime para que el calentamiento global siga su marcha sin oponer la menor resistencia es que “no tenemos los recursos suficientes para enfrentarlo”. Costaría demasiado, en valores económicos, monetarios, desmantelar la industria basada en combustibles fósiles, para ir pasando a energías renovables.
La ligazón resulta patente también en este punto. Cuanto más cerca se encuentran los seres humanos de los flujos centrales de acumulación de capital, más combustibles fósiles emplean y por lo tanto menos propensos se encuentran a encarar el calentamiento global como problema.
El que la pasa bien con lo que se quema, el que emplea su poder para dar la bienvenida y presentar como deseable o para bagatelizar los efectos del calentamiento global, trabaja hoy activamente para que millones de seres humanos, en otras partes del mundo, en la otra punta de la escala de jerarquías y privilegios, tengan que ver sus existencias destruidas. O morir. Y esto, sin llegar a hablar de lo futuro.
Andreas Malm
nota:
* “Framtiden är redan här”, Arbetaren, 51-52, Estocolmo, dic. 2007. Traducción directa del sueco: LESF.
___________________________________________________________________________________________________________________
AMÉRICA DEL SUR
En Caracas, Venezuela, un aguacero tropical de extraordinaria intensidad cayó en diciembre de 1999 y con él hubo enormes desmoronamientos en laderas de los cerros todo lo cual arrastró y mató a una cantidad que jamás se pudo precisar de víctimas pero que se estimó entre 15 000 y 20 000 seres humanos, la inmensa mayoría de las ranchadas más pobres.
En Granada, el 90 % de la infraestructura material incluyendo el parque habitacional fue desmantelado por el huracán Iván en 2004. Los cultivos de nuez moscada, una de las actividades principales de la isla, ese año se perdieron por completo.
ÁFRICA
Egipto, registra una pérdida sostenida de suelo habitable. El ingreso de aguas del Mediterráneo en la cuenca del Nilo, cada vez mayor, significa la salinización de las tierras cultivables. Se dificultan los cultivos y decrece la pesca.
Mozambique sufrió un temporal inusual en el 2000 que deshizo carreteras y vías férreas. Se repite el modelo en toda la región subsahariana: las lluvias disminuyen durante el semestre veraniego, un fenómeno que se registra a todo lo largo de la segunda mitad del siglo XX, pero a la vez las lluvias suelen precipitarse con mucha mayor intensidad en lapso más cortos.
Sudáfrica, como muchos otros países circundantes ha tenido una multiplicación de casos de malaria. Dicha expansión también se atribuye al calentamiento global.
ASIA
Bangladesh tiene a lo largo de casi toda su costa los pozos de agua salinizados. Sólo entre 1985 y 1999 se estima que la temperatura promedio en el mes de mayo (comienzo del calor) aumentò un grado centígrado.
Gaza, junto con Bangladesh, tiene una de las costas que se estima será de las (cinco) más afectadas con el considerado inevitable aumento del nivel de los mares.
GLACIARES
Himalaya tiene glaciares que suministran agua a toda la población circundante y se registra su disminución. En el mundo, aproximadamente una sexta de su población recibe agua de glaciares (unos mil millones de habitantes).
Los países más afectables por la disminución de glaciares son, en el continente americano Canadá, Perú, Bolivia, pero también en menor proporción, Chile, Argentina, Ecuador, Colombia. En Asia se trata de países nutridos sobre todo por el Himalaya, el “techo del mundo”: Nepal, Bután, China, India, Birmania, Bangladesh y Mongolia.
_____________________________________________________________________________________________________________
Sobre la quema de combustibles fósiles y las relaciones entre norte y sur
El artículo de Malm busca identificar a los responsables directos y locales del calentamiento global. Los ubica, claro, en las sociedades industrializadas y consumistas del primer mundo. Sin embargo, podríamos encontrar evidencias de países cuya población vive en el tercer mundo pero sus economías (en términos de PBI) se aproximan a los países centrales, participando crecientemente en la emisión de CO2. Los casos emblemáticos son los de China y Brasil.
También el cono sur de América recibe la llegada del progreso (y del progresismo), con la implantación de pasteras, con la minería química y con el monocultivo agroindustrial arrasador de pueblos y de montes, acompañados de la infraestructura necesaria para el extravío de cuantiosos materiales, llámense montañas, agua o fertilidad.
Muchos celebran la oleada de progresismo en América del Sur. Mientras, las transnacionales que gobiernan estos procesos desde sus casas centrales, en el norte, operan en el sur generando crecimiento económico pero también una enorme transferencia de riqueza, a la vez que expanden o tercerizan la quema de combustible fósil y la degradación ambiental. Este modelo democratiza, si se quiere, las emisiones de CO2 pero reafirma la desigualdad en términos de lujo y consumo entre norte y sur. Con el agravante de que promueve que parte del sur viva como lo hacen en el norte, pero en un entorno de mayorías excluidas, generando el paisaje particular de las sociedades latinoamericanas.
Intentamos aquí, desde la revista Futuros, promover una conciencia ecológica que evite el destello que provocan los números y el consecuente desconocimiento de las implicaciones sociales y ecológicas en nuestro territorio. E intentamos, también, considerar la relación norte - sur en el drama del calentamiento global no sólo en términos de víctimas y victimarios sino en formas indirectas y más perniciosas.
artículo publicado en Revista futuros nº12 / Río de la Plata noviembre 2008




















