Reseña de un libro o crítica de un manifiesto
Le nouveau désordre mondial (El Nuevo Desorden Mundial), Éditions Robert Laffont y Susanna Lea Associates, 2003. Edición de la traducción al castellano de Editorial Océano de México, Polanco, México D.F., 2003.
Tzvetan Todorov, antropólogo y analista literario búlgaro de nacimiento aunque francés por adopción, autor de la formidable reflexión titulada La conquista de América y que lleva como subtítulo esclarecedor El problema del otro [1982], tendría los mejores títulos para abordar la situación planetaria sin anteojeras occidentalistas, por ejemplo.Su último libro, El nuevo desorden mundial, constituye una recorrida crítica por la brutalización del poder estadounidense a lo largo y ancho del mundo que el autor se decide a analizar a partir de la invasión de EE.UU. a Irak de marzo de 2003.
Indudablemente, el libro tiene el rasgo de la frescura, de lo escrito desde la urgencia del momento, lo cual si bien lo puede enflaquecer de aparato crítico, de aportes y de maduración le aporta limpidez en la actitud con que fue escrito. Lo que se pueda perder en fundamentación se gana en revelar los valores, puntos de partida subyacentes e incluso inconscientes desde los cuales se ubica el autor, sus parti pris, para decirlo en el idioma del autor.
Tzvetan Todorov hace una cuidadosa impugnación de los métodos que emplea la elite de poder estadounidense para a la vez ‘avanzar en la misma dirección en materia de seguridad nacional y defensa de la libertad universal’, aunque nos preocupe que haga una pregunta, esperemos que retórica, sobre quién puede estar en contra de semejantes buenas intenciones.
“Ambos objetivos, el de la seguridad y el de la libertad, no son incompatibles de entrada, pero en la práctica los medios desplegados para conseguirlos son difícilmente conciliables.” (p. 30)
La cita nos da la médula del modo de evaluar los acontecimientos que tiene Tzvetan Todorov.
“Ahora bien, el uso de las bombas no encaja demasiado en el espíritu liberal. No olvidemos que el liberalismo político procede de una exigencia de tolerancia religiosa: surgió en el momento en que, aun estando convencidos de que nuestra religión era la mejor de todas, renunciamos a imponerla por la fuerza a los demás. […] El «imperialismo liberal» de que habla Kagan 1 es, en definitiva, una contradicción entre términos […].” (p. 31)
Más allá de las filosas ironías que tachonan su exposición, la historia no parece tan sencilla. La ideología liberal cumplió el papel que señala Tzvetan Todorov dentro de Europa y del universo europeo, pero jamás escatimó hacia el resto del mundo el generoso uso de bombas. Un liberal proverbial como Winston Churchill (aunque tory) se hizo tristemente famoso aclarando que él no sentía ningún escrúpulo en gasear a negros “retobados”.
Pero la fineza intelectual de Tzvetan Todorov nos brinda una magnífica reflexión sobre la naturaleza ideológica de la red de poder made-in-USA.
“Los ideólogos de la Administración estadounidense han afirmado muchas veces que la vocación de su país –equivalente al «pueblo elegido» de la Biblia– era instaurar el Bien en el mundo. George Kennan, que ideó la política de «contención» en relación con la URSS, hablaba de las «responsabilidades de dirección moral y política que la historia ha querido confiar a EE.UU.». En este caso, la historia adopta el papel de Dios y se torna capaz de concebir proyectos e intenciones. Y su voluntad se manifiesta otorgando a EE.UU. un poder superior al de los demás países: en este caso, la fuerza se transmuta paulatinamente en derecho.” (p. 35)
Se trata de invocaciones muy similares a las que nos tiene acostumbrado el renacido Bush, como bien lo destaca nuestro autor. Paradójica y certeramente nos recuerda el espíritu intervencionista, fundamentalista, de Bush & Co.:
“reivindica un bien absoluto que quieren imponernos a todos [… y] como no son conservadores, quieren implantar su ideal en todo el mundo recurriendo a la fuerza. […] recuerdan más bien al espíritu de la «revolución permanente» […].” (p.37)
La alusión a la trosquizante “revolución permanente” parece más un palo a la izquierda que una precisión histórica justiciera. Tzvetan Todorov procura abonar su tesis mostrando ejemplos de los rasgos intrusivos del militantismo tan afanoso para “reformar el mundo” e incluso señala que entre los nuevos fundamentalistas de mercado se observa la presencia de
“numerosos ex-trosquistas y ex-maoístas: en ambos casos se manifiesta un mismo espíritu intervencionista […]”
Pero más allá de lo merecida que pudiera ser semejante observación, una elemental honestidad intelectual obliga al mismo Tzvetan Todorov a rastrear el salvacionismo estadounidense algo más atrás en el tiempo que en el socialismo ya sea del s. XIX o XX, aclarando:
“[…] la expansión de la revolución comunista no fue el primer ejemplo de esta mentalidad. En el siglo XIX, las potencias europeas como Francia y Gran Bretaña emprendieron guerras coloniales justificándolas con el objetivo de difundir el Bien por todo el mundo.” (p. 38)
La tan meneada “carga del hombre blanco”. Y con esta precisión uno termina preguntándose a santo de qué primero vino la alusión crítica al intervencionismo de izquierda. Verdadera en sí pero falsa como explicación del rasgo analizado.
El nuevo desorden mundial tiene un capítulo titulado “La fragilidad del imperio” donde Tzvetan Todorov se dedica a analizar con envidiable benevolencia el estropicio planetario que lleva adelante desde hace décadas EE.UU. como estado nacional y sus elites de poder como responsables mucho más directas.
“La guerra no se justifica solamente por el deseo de imponer la democracia: este argumento, por sí mismo insuficiente, se está convirtiendo en una mera trampa detrás de la cual se perfila un móvil más tradicional como es el del interés nacional. Pero no deberíamos considerarlo un móvil inconfesable, ya que el deber primordial de todo gobierno radica en la defensa de los intereses nacionales.” (p. 49)
La cuestión pertinente debería ser de qué medios se puede valer un gobierno para defender “los intereses nacionales”.
“La política exterior de EE.UU. no es ninguna excepción a este respecto, si bien posee dos características peculiares. En primer lugar, EE.UU. considera que sus intereses están en juego en toda la superficie del planeta y en segundo lugar, está dispuesto a defenderlos recurriendo sin dilación a la fuerza militar. La conjunción de estos dos rasgos es lo que hace que muchas veces se acuse a la política de EE.UU. de ser una política imperial.
El adjetivo «imperialista» tiene un carácter injuriante desde hace ya bastante tiempo y nadie quiere utilizarlo como lema. Como destacaba Raymond Aron en un ensayo publicado en 1959, sólo los demás son calificados de imperialistas. […] «Por ello los imperialistas se presentan disfrazados y dan el nombre de liberación a lo que en otros siglos se hubiera [sic] llamado opresión». (ibídem)
Hay un detalle que se le puede haber escapado en su momento a Aron, pero que no debería escapársele a nuestro autor en el 2003: desde los ’90 se discute dentro de las élites de poder estadounidense si la situación que están viviendo o gozando es imperial o imperialista.2
Tzvetan Todorov advierte que a partir de setiembre de 2001 se ha abierto una nueva etapa que califica de “hiperpotencia”.
“El descubrimiento de su vulnerabilidad hizo que EE.UU. sumara un nuevo capítulo a su estrategia militar: el de la ‘guerra preventiva’, la única capaz, en su opinión, de impedir los atentados terroristas. La Guerra de Irak es consecuencia directa de esta decisión.” (p. 52)
En este pasaje la benevolencia de Tzvetan Todorov hacia EE.UU. se hace francamente indigerible. En primer lugar, falta dilucidar cual es el tipo de vulnerabilidad que sufre o ha sufrido EE.UU. Si se trata de una vulnerabilidad absoluta o ayudada. Hay muchas investigaciones que muestran un llamativo desdén de las autoridades para atender diversas señales de que “algo se estaba cocinando”.
La política guerrerista de EE.UU. tiene variados antecedentes acerca de cómo provocar una guerra dejando en condición de provocador a la otra parte. En La Habana en 1898, en Pearl Harbor en 1941, en Tonkin en 1965, la vigilancia yanqui parece haber sabido mucho más de los atentados o ataques “del enemigo” de lo que una visión ingenua de la historia nos invita a suponer. Hay un párrafo de un informe insospechable, firmado por toda la craneoteca que respalda a Bush, y más en general a la Casa Blanca, que ya no despierta tales sospechas sino que las confirma. Se trata de un informe de setiembre de 2000. Entre los firmantes figura nuestro conocido Robert Kagan junto a lo que podríamos calificar la intelectualidad militarista, que ha sincerado las relaciones de poder que la sostiene. Paul Wolfowitz, Thomas Donnelly, William Kristol, y toda una treintena firmaron Rebuilding America’s Defenses. Strategy, Forces and Resources for a New Century, un informe que pasa revista a las fuerzas militares estadounidenses en todo el mundo, su estado de situación, su obsolescencia, sus necesidades sobre todo a futuro. En rigor, todo el informe es una letanía por la debilidad en que ha ido cayendo el aparato de poder policial y militar yanqui luego del colapso soviético, porque medraron en el establishment algunos pacifistas o despistados, como Clinton… Y el informe está dedicado a fundamentar porqué se necesita mucho mayor presupuesto para reampliar las capacidades “defensivas” de EE.UU. Son incluso algo pesimistas, temen que la recuperación sea demasiado lenta, y que habría que intensificarla para evitar que otros estados, como el chino, pasen a ocupar mejores posiciones en el mundo.
Y un parrafito escrito entonces un año antes del 11/9, precisamente, es imperdible:
“[…] el proceso de transformación, aun si comporta cambios revolucionarios, va a ser probablemente muy largo en el tiempo, salvo que sobrevenga un evento catastrófico y catalizador, como un nuevo Pearl Harbor.” (en el cap. V: “Creating tomorrow’s dominant force” [Creando las fuerzas dominantes del mañana]).
Por otra parte, basta ver cómo se encara la invasión a Irak, luego de una década de desgaste sistemático de toda su organización política, sanitaria, de infraesctructura, una década de bombardeos sistemáticos que significó la muerte de cientos de miles de niños iraquíes, como se denunció en ese mismo momento, y cómo se adueñan de los ministerios y de qué ministerios, para darse cuenta que la invasión a Irak, que la guerra en Irak obedeció a otras causas e intereses. No exactamente por el miedo al hipotético Al-Qaeda, que realmente nadie sabe si existe.
Tzvetan Todorov prosigue su análisis de las torpezas que atribuye a EE.UU. y a sus ejércitos de ocupación, por ejemplo en Kosovo. Significativamente, Tzvetan Todorov no ve en los proyectos estadounidenses de guerra y ocupación preventiva más que ingenuidad; para nada asoma la soberbia, el egoísmo, el ombliguismo…
“La guerra preventiva, tanto si responde a un ataque real como a una mera impresión de inseguridad, se apoya en una apreciación necesariamente parcial y subjetiva. El ejemplo de EE.UU. podría volverse contagioso: si aceptamos que cada país ataque a los demás apoyándose tan solo en sus impresiones, abrimos la vía para una guerra permanente de todos contra todos.” (p. 57)
Podemos tranquilizar a Todorov. EE.UU. jamás lo permitirá. Es una ley que tiene una aplicación, digamos, exclusiva. En todo caso, admitirá el ataque de un país a otro cuando se repita a sí mismo, como puede ser con Israel en El Líbano o permanentemente en Palestina, como puede ser Colombia en Ecuador en el 2008. En el parrafito de Tzvetan Todorov habría que afinar el concepto de “impresión de seguridad” por aquello que los previsores Kagan & Co. han anunciado: hay inseguridades espontáneas e inseguridades inducidas. Tzvetan Todorov también debería saberlo.
En el afán de Tzvetan Todorov ya que no de justificar la discrecionalidad de poder yanqui, ser al menos conciliatorio para explicarla y buscar mejores vías de ejercicio del poder, nos advierte que en la actualidad hay acciones, terroristas, que no provienen de un estado sino de individuos organizados desde otro lugar que
“no se concentran en un territorio definido. Los avances tecnológicos han puesto las armas peligrosas al alcance de personas aisladas, ya no solo de los estados.” (p. 58)
La artillería pesada, las armas nucleares, fueron siendo crecientemente monopolizadas por los estados. Afortunadamente por varios, podríamos agregar. ¿Qué peor que un solo estado dispusiera de todo el poder armado?
Pero el disparador de toda la insegurización contemporánea y lo que da lugar a la reflexión de Tzvetan Todorov es un atentado que usó como armas trinchetas de papelería y como vehículos a vulgares aviones comerciales… Tal es la versión oficial. No se trató de armas particularmente peligrosas… el peligro pasa por otro lado. Por ejemplo, en cómo lograr que dos, no uno, dos aviones comerciales “cualesquiera” puedan embocar torres a la velocidad crucero que traían sólo porque un comando habría secuestrado y obligado a cada piloto a suicidarse, el primero del impacto…
Tzvetan Todorov procura atender el peligro terrorista. Condena el uso de misiles y bombas (a la luz de las atrocidades cometidas por ejemplo en Irak) y propone:
“métodos muy distintos: infiltración en las redes terroristas, seguimiento de los sospechosos, escuchas telefónicas, bloqueo de las fuentes de financiación, secuestro o ejecución de individuos particularmente peligrosos […].” (p. 59)
¡Oh, la, la! ¡Hasta donde llega Tzvetan Todorov procurando conciliar con la lucha por la “defensa” de EE.UU. o del mundo enriquecido!
Para remate, a lo largo de todas sus disquisiciones acerca de cómo enfrentar al terrorismo, no tiene una sola palabra para una forma de terrorismo que es sin duda la más importante por dimensión y trascendencia, que es el terrorismo de estado. En ejercicio con o sin terrorismo desde abajo, p. ej., desde EE.UU.
Tzvetan Todorov describe y condena una serie de aberraciones que llevan adelante las fuerzas militares o policiales estadounidenses (cada vez más confundidas entre sí) como por ejemplo el uso de métodos (privación de sueño, luz, alimentos, cuidados sanitarios) que con justicia califica de tortura. Asimismo, advierte el estrechamiento informativo con la implantación del periodismo embedded, es decir de periodistas hospedados, protegidos e informados por el mismo ejército: un magnífico ejemplo de cómo se puede pasar de periodista a agente de prensa, en este caso de una peculiar empresa, el ejército.
Da ejemplos acertados de pensamiento doble, ese tropo del racismo más elemental y consuetudinario, como cuando la opinión pública norteamericana se ofende a la vista de fotos de soldados yanquis aprisionados vistos en la televisión iraquí, porque consideran que esa exhibición es una falta de respeto a la dignidad de la persona humana, aunque acababan de ver a muchísimos soldados iraquíes prisioneros del ejército invasor en CNN y no les había parecido nada de eso.
Pero Tzvetan Todorov no puede con su genio. Remata el capítulo que venimos glosando “La fragilidad del imperio” con la siguiente frase:
“¿El deseo de fortalecer la democracia en Irak justifica que ésta se deteriore en EE.UU.?” (p. 68)
Ya sabemos que Bush se ha proclamado defensor de la libertad y que ha anunciado su implantación en Irak. Y en el mundo entero.
Ahora, ¿quién puede creer seriamente en ello? La única libertad que le interesa implantar a Bush –y que, eso sí, ha sido una constante de la dirección política estadounidense en el mundo entero–, es la libertad de EE.UU., precisamente, en Irak. No la de los iraquíes. Cuando EE.UU. habla de exportar la libertad, lo dice literalmente, como si fuera una frase del realismo socialista soviético. Quiere implantar la libertad de EE.UU. en Irak, en Irán, en Filipinas, en China, en Ecuador y así sucesivamente. Exportar la libertad es, en castellano básico actual, exportar el american way of life. Que para muchos resulte un awod, american way of death, a los propios yanquis, genéricamente considerados, los tiene sin cuidado.
Tzvetan Todorov incursiona en la problemática relación del derecho y la fuerza y en ese capítulo aclara que mientras las sociedades nacionales han pacificado sus existencias mediante regulaciones como la tenencia de armas, los códigos penales, etcétera, entre estados prosigue “el estado salvaje”, que caracterizara J. J. Rousseau (y antes, T. Hobbes).
El corte que presenta Tzvetan Todorov entre lo que sucede dentro de cada estado y entre estados es un corte arbitrario y no se ajusta para nada con la realidad, ni siquiera en aquellos países enriquecidos, centrales, “civilizados”, en los cuales el uso de la violencia está totalmente confinado en y es confiado al, estado ─no es el caso de EE.UU., ciertamente─. En tales estados ese ordenamiento rige en todo caso para algunos seres humanos, los ciudadanos normales, pero no para otros; indocumentados, inmigrantes, extranjeros pobres… Por otra parte, en muchos estados el poder político-institucional no goza, ni siquiera teóricamente, de tales atributos.
Europa está dando un lastimoso ejemplo de aquella dualidad. La “Directiva de Retorno” que acaba de aprobar la UE, legalizando internaciones, cárcel para indocumentados, inmigrantes “espontáneos”, es decir aquellos que no los auspicia el estado receptor sino que sencillamente huyen de su territorio natal desesperados, empujados por el hambre a menudo construida con la modernización de las transnacionales de los países enriquecidos, las persecuciones, las arbitrariedades, la desocupación, es un buen ejemplo de esa brutalización de la política, por más cobertura burocrática que se le dé. En la mayorìa de los actuales 27 miembros de la UE esa internación o cárcel no puede sobrepasar los 18 meses. E incluye a los infantes que acompañen a los adultos ahora considerados “delincuentes”. En algunos miembros de la UE ni siquiera se pone ese límite, con lo cual el régimen madeinUSA de Guantánamo lo vamos viendo reimplantado y legal dentro de Europa…
Respecto de las relaciones entre estados, existen algunos mecanismos regulatorios de la violencia, aunque reconozcamos, como sostiene Todorov, que son francamente limitados.
Pero aquí entramos, finalmente, en la fase propositiva del trabajo de Tzvetan Todorov.
“Una potencia tranquila”. La UE podría ser la clave y:
“librar a EE.UU. de la tentación imperial a la que ha sucumbido en la actualidad.” (p. 103)
¿Quién le ha dicho a Todorov que la condición imperial es algo a lo que EE.UU. “ha sucumbido en la actualidad” y de la que quieren desprenderse sus titulares? Parece que necesitamos muchas más pruebas que el valor cívico, la lucidez, la integridad de los Noam Chomsky, los Howard Zinn, las Frances Moore Lappé, los John Zerzan y tantos otros, para poder combatir “la tentación imperial”.
El diseño de Tzvetan Todorov es sencillo: que la UE consiga un peso militar propio que resulte disuasivo ante los peligros planetarios, salvo, claro, los que engendra EE.UU. Porque la condición básica de la propuesta de Tzvetan Todorov de Europa como potencial militar, es que será la aliada de EE.UU.
“¿Cuál sería el cometido de esta fuerza militar de nuevo cuño […], el Ejército europeo:
- defender el territorio europeo contra cualquier agresión (como la de Hitler o la de Bin Laden), hasta destruir físicamente al enemigo;
- […]
- intervenir en el resto del mundo con una fuerza militar rápida, a petición de gobiernos amigos o para impedir un genocidio en curso;
- [...] si un socio privilegiado de la Unión, como por ejemplo EE.UU., se ve atacado, acudir en su auxilio en nombre de la solidaridad;
- […] no ambicionará controlar los asuntos del mundo entero y se limitará a ser una potencia regional (continental) comparable a Rusia o a China, pero no a EE.UU.;
- […] la eventualidad de un conflicto militar con EE.UU. no formará parte de su estrategia.” (pp. 104 y 105).
Queda claro, ¿no? La “potencia tranquila” que diseña Tzvetan Todorov parece ser el mejor actor militar para sacarle las castañas del fuego a EE.UU. Porque en realidad establece una alianza EE.UU.-UE que alivia a EE.UU. ¿Sobre qué base?
“Europa, en la situación actual, tendrá como socio militar privilegiado a EE.UU. Este privilegio tiene múltiples razones: una larga historia común, unos valores políticos compartidos (los de la democracia liberal) y unos enemigos comunes.” (p. 107)
Aquí va quedando en negro sobre blanco el por qué de tanta benevolencia hacia los desmanes de EE.UU. en el mundo entero. Europa y EE.UU. están enfrascados en la misma lucha: son “la civilización”. ¿Contra la barbarie?
Tzvetan Todorov se cubre y advierte:
“Si EE.UU. entrara claramente en la vía aventurerista y revolucionaria que hoy parece tentarle, sería concebible suspender la colaboración sin que por ello Europa se encontrara indefensa.” (ibídem)
Y Tzvetan Todorov se dedica a fundamentar esta inédita Santa Alianza. Sobre la base de lo que considera valores europeos por antonomasia: racionalidad, justicia, democracia, libertad y tolerancia. A todos ellos los rastrea históricamente y los va ubicando en la historia y la circunstancia europea. Pero llama muchísimo la atención que junto con la enumeración de tantos valores, positivos, no tenga ni una palabra siquiera para un rasgo tan propio de la condición europea, que seguramente también se fue construyendo históricamente, un valor o desvalor que borra, anula o pervierte tanto de los buenos efectos que los valores consignados por Tzvetan Todorov puedan traer consigo. Nos referimos a la satisfacción por sí mismos, esa consideración que seguramente arrancó hace medio milenio, por considerarse no sólo centro sino ombligo del mundo, que se suele designar como eurocentrismo.
Un aspecto que, sin embargo, el mismo Tzvetan Todorov, veinte años antes supo considerar:
“[…] Durante 350 años Europa occidental se ha esforzado por asimilar al otro, por hacer desaparecer su alteridad exterior y en gran medida lo ha logrado. (La conquista de… ob. cit., p. 259).
Rescatando a “el otro”, el mismo Tzvetan Todorov nos mostró cómo españoles, tras matar a un varón en pareja se “indignan”, porque la flamante viuda se niega a ser poseída por los invasores y la hacen matar por los perros. Y se dedica al rescate de tales historias aclarando:
“Lo que deseo no es que las mujeres mayas hagan devorar por los perros a los europeos con que se encuentren […] sino que se recuerde lo que podría producirse si no se logra descubrir al otro.” (ibid.)
Pero al parecer estamos tras el 11/9 en otro tiempo, en otra era. “Armados” con aquel bagaje de valores propios de la europeidad, pueden darse el lujo de restringir la tolerancia o sesgar la justicia. Y de imponer lo propio como lo exclusivo. O desconocer al otro, que es patético, al menos en el caso de Tzvetan Todorov.
Adiós al tan pregonado multiculturalismo: el gobierno francés prohibió el chador en mujeres islámicas dentro del territorio francés, aunque nunca oímos que las mismas autoridades hayan prohibido la kipá judía o el turbante sij o la boina de vasco. Tal diferencia, si bien es una prueba de que no se trata de erradicar costumbres y usanzas ajenas al ser nacional francés, lo cual sería peligrosamente chovinista y homogeneizador, revela sí que es una política de discriminación, lo cual atenta contra uno de los valores que Tzvetan Todorov atribuye con excesiva generosidad a Europa: la democracia (“la democracia moderna no deja fuera a nadie”).
Hay algo llamativo en un investigador y “reflexionador” como Todorov cuando habla del “laicismo” como un rasgo tan inherentemente europeo. Explica, certeramente, que
“El laicismo no designa la ausencia o el rechazo de los aspectos religiosos, sino esta separación entre diferentes ámbitos y, por consiguiente, la decisión de no imponer por la fuerza los valores cristianos. […] esta separación no se alcanzó sin dificultades […] cuando el cristianismo pasa a ser religión oficial de un estado, es grande la tentación de establecer las leyes de la ciudad de los hombres según las de la ciudad de Dios […] habrá que esperar al siglo XIV y a los conflictos armados entre papas y emperadores para ver como los primeros teóricos del laicismo, Marsilio de Padua y Guillermo de Occam, asientan los fundamentos teóricos del estado soberano, al igual que la separación paralela entre fe y razón.” (El nuevo desorden…, p. 124)
Concedamos que en Europa el laicismo empezó su rastro en el siglo XIV, pero seamos conscientes que en América, África y Asia la cristianización más o menos forzosa se siguió llevando a cabo sin mayores acentos laicos durante todos los siglos de europeización posteriores: XV, XVI, XVII; XVIII, XIX. Casi casi hasta nuestros días. Tal vez porque el estatuto de humanidad concedido por los europeos a los europeos sea básicamente distinto que el concedido a los no europeos… Tzvetan Todorov omite el punto. Que abarca medio milenio…
El capítulo final de la obra tiene el utilitario título “Adaptar las instituciones” y prevé, entre otras cosas, la ampliación de “la potencia tranquila”. Jamás con Rusia, aclara, porque el tamaño de semejante conglomerado nacional desequilibraría toda integración. Hace referencia a que los rusos constituyen un estado tan enorme que no hay nada comparable en Europa. Alemania tiene unos 80 millones de habitantes, el Reino Unido, unos 60 millones. Rusia tiene unos 150 millones de habitantes y en Europa tenemos a Luxemburgo con menos de 300 000 habitantes o a Dinamarca con unos 5 millones. En rigor, dentro de la misma Europa hay varios estados que entran, en población y en superficie, varias decenas de veces en los estados más grandes como Alemania (en población) o Francia (en superficie). En proporciones mucho más acusadas que las diferencias entre tales países y Rusia.
Jamás con Rusia, pero sí probablemente con varias otras sociedades del este europeo, como Moldavia o Ucrania. Tzvetan Todorov advierte que:
“Cada nuevo miembro deberá aceptar los valores europeos esenciales, como los que hemos enumerado en esta obra.” (p. 135).
Le puedo augurar a Tzvetan Todorov que sin duda los van a aceptar. ¿Qué estado no va a aspirar a recibir tantos elogios como los de ser tolerantes, democráticos, laicos, justos, racionales?
Significativamente en esta recorrida por “los alrededores de Europa” vemos que en realidad hay verdaderos suburbios de la europeidad:
“Por el mismo motivo [que Rusia] los países del Magreb no están destinados a formar parte de la Unión [Europea], ya que tomados en conjunto [¿?] representan una masa demasiado importante y no hay ninguna razón para negociar sólo con Marruecos, Argelia, etcétera.
No obstante, Europa no puede olvidarse de estos países, que están destinados a convertirse en sus zonas de influencia.” (p. 136)
La presencia del “destino” en estas prefiguraciones nos revela la fijeza, esencialista, de la condición europea y su vocación miniimperial (ya que está concedida, de antemano y con realismo, la condición maxiimperial a EE.UU.).
La referencia a cuestiones de tamaño es una forma elegante de esquivar el exclusivismo cultural que aqueja al proyecto. Si por tamaño fuera, el Magreb no es mayor que la Europa latina o la eslava o la germana. Pero, claro, no se trata de “europeos”.
La frutilla del postre de la larga disquisición eurocentrista es su propuesta de una lingua franca, que le dé a esta nueva potencia una fluidez comunicacional mayor que en la actualidad. Dice con sabiduría:
“Hay otro cambio que la ayudaría [… junto con una presidencia europea]: una lengua de trabajo única. […No] se trata de una novedad radical: en la Edad Media, existía una Europa de las elites gracias sobre todo a la posibilidad de comunicarse en latín más allá de las fronteras. Hoy en día, sólo hay un idioma capaz de desempeñar ese papel: es lo que yo llamo el «inglés internacional».” (p. 140)
Su propuesta facilitará, extraordinariamente, sin duda, la formación de esa elite europea que Tzvetan Todorov postula.
Lamentablemente, Tzvetan Todorov no actualiza en El nuevo desorden… algunas precisas observaciones que hiciera en La conquista… Allí nos decía:
“Generalmente es el vencido el que aprende el idioma de su vencedor. No es casual [en América] el que los primeros intérpretes sean indios […] (p. 230)
“No imaginamos que Colón o Cortés aprendan la lengua de aquellos a los que someten […] (Ibíd..),
Es, en cambio, regocijante ver las ventajas que Tzvetan Todorov le otorga a quienes tengan que empezar a hablar el inglés como segunda lengua:
“Poder entrar en contacto directo con los extranjeros es una ventaja maravillosa, ya que de este modo cualquiera puede tomar cierta distancia respecto de sí mismo, distinguir lo que hay de natural y lo que hay de convencional en su comportamiento y hacer que su forma de pensar llegue a los demás. Y una vez establecido este primer contacto, se ha abierto la vía para el conocimiento de otras culturas y de otras lenguas.” (El nuevo desorden…, p. 141)
No nos queda más que lamentar que el proyecto Tzvetan Todorov le impide el disfrute de estas experien-cias culturales, ciertas, verdaderamente removedoras, a la enorme minoría anglófona que no necesitará cambiar de lengua y que así le estará vedada la vía de enriquecimiento mediante otras.
Cabe suponer que en la elite que se configurará con la unificación lingüística propuesta por Tzvetan Todorov, los anglófonos, es decir quienes tengan el inglés como lengua materna, estarán generosamente sobrerrepresentados. Y gozarán de las ventajas de expresarse en su lengua materna mientras el resto deberá conformarse con usarla como herramienta adquirida.
Porque, como bien aclarara alguna vez nuestro autor:
“La lengua siempre ha acompañado al imperio; […]” (La conquista de América, p. 231).
Y habrá que temer que, al revés de lo acontecido con el latín, que fue cediendo el lugar a lenguas nuevas, más vivas, locales, la nueva lingua franca habrá de ir matando o anglificando a las lenguas vivas, locales.
Pero ya tenemos más claro el panorama: la civilización, si nos llega a nosotros, los periféricos, será en inglés.
Triste periplo para quien pudiera escribir con tanta sensibilidad a partir de su propio cosmopolitismo. Citando a un autor del s. XII, Hugo de San Víctor, cierra su reflexión sobre El problema del otro con estas palabras: “«El hombre que encuentra que su patria es dulce no es más que un tierno principiante; aquel para quien cada suelo es como el suyo propio ya es fuerte, pero sólo es perfecto aquel para quien el mundo entero es como un país extranjero» (yo, que soy un búlgaro que vive en Francia, tomo esta cita de Eduard Said, palestino que vive en EE.UU., el cual a su vez la había encontrado en Erich Auerbach, alemán exiliado en Turquía).”
Veinte años a veces es mucho.
Luis E. Sabini Fernández
notas:
1 Se refiere a Robert Kagan, un prominente miembro ideólogo del gobierno de la era Bush. Poder y debilidad: Europa y EE.UU. en el nuevo orden mundial.
2 Véase Herbert Schiller, “Hacia un nuevo siglo de imperialismo estadounidense”, Cuadernos de Marcha, nº 149, Montevideo, 1999. Traducción de un artículo aparecido en Le Monde diplomatique, no 533, París, 1998.
artículo publicado en Revista futuros nº12 / Río de la Plata noviembre 2008




















