El texto que sigue tiene su origen en una presentación que se hizo en setiembre de 2002 en la Biblioteca José Ingenieros, de Buenos Aires, bajo el título común de "Poder tecnológico: ¿herramienta para la liberación o instrumento de dominación?". Gracias al esclarecedor debate posterior, nos permitimos mejorar o redondear pasajes.
¡No creo yo, el abyecto Lebedev, en los vagones que transportan pan a toda la humanidad! Pues los vagones que transportan pan a toda la humanidad sin una base moral para su acción pueden excluir, con la mayor sangre fría, del goce de lo que se transporta a una parte considerable de la humanidad, como ya ha sucedido" Fedor Dostoievsky, El idiota.
La estrategia de la zanahoria y la ideología de la tecnología
Como sugiere el título, hay un presupuesto que durante muchos años dominó la lógica del ser humano occidental (o si se prefiere, eurocentrista), mas allá de ideologías y de costados en las que éstas prefieran pavonearse: la presunción de que se está yendo "hacia adelante". No importa si realmente muy pocos son los que comprenden o vislumbran que hay en ese "adelante". No importa tampoco si ese adelante es palpable, probable, o si por el contrario, es otra de las zanahorias que penden sobre nuestras cabezas, y que aun exacerbando agresiva y constantemente nuestra mirada, nos condena a una miopía, cuando no a la ceguera total. Improbable (literalmente, que no podremos probar), la estrategia de la zanahoria se ha convertido por un extraño consenso sin consenso, en algo que durante muchos años y aún hoy cuesta analizar sin correr el riesgo de ser acusado de lo peor (un escalón por debajo de violador de niños, traficante de pieles, quizás a la altura de un productor de Hollywood o de un amigo de Baby Etchecopar).
La estrategia de la zanahoria, como toda estrategia, no es inocente, no es neutra: por su condición misma de "estrategia" se nos cuenta que ha sido diseñada por alguien. Consiste en hacernos creer que se "avanza hacia" o "sobre algo", intenta darle un sentido a una "carrera" que sometida a un análisis, resulta poco lúdica, y pocas posibilidades de ganarla tendremos. La estrategia de la zanahoria tiene, en fin, la particularidad de dibujar un adelante sin necesidad de proyectar fuga alguna, de crear entonces la ilusión de avance, cuando en realidad lo que se logra es la más férrea fijación a estructuras que, encargadas de obnubilar al despistado "progresista", se reproducirán constantemente fecundadas por la miopía de éste.
Es una situación, por así decirle, de doble realidad: así como la ilusión de avance puede recaer en el peor de los estancamientos, en cuanto se vale del estancamiento mismo para agudizar y extender su dominio, la ilusión de avance sobre la naturaleza -pregonada a diestra y siniestra (es decir, por derecha y por izquierda)- como mejora tangible de la calidad de vida del ser humano, es a su vez una de las más acabadas formas de dominio sobre éste, entre otras cosas porque resulta imposible concebir una avanzada sin espacio físico para la fuga, es decir, al ser humano sin su espacio físico de pertenencia, la naturaleza. Por ende, dominar a la naturaleza es dominar lo humano, y es aquí cuando hay que parar la oreja, y ver desde que instituciones se nos habla acerca del dominio de la naturaleza, para llegar a la no particularmente lúcida conclusión de que estas instituciones son quienes hoy osan manejar los destinos de las mayorías: transnacionales de la ingeniería genética, de la bioquímica, la industria farmacéutica y su hermana gemela, la industria armamentística (la paradoja de que nos cura quien nos lastima, si es que ambas no nos matan), todas ellas cobijadas bajo el ala de los estados alquimistas, que en formas de subvenciones convierten lo que es bien público en beneficio privado.
Ahora bien, ¿bajo qué formas es impulsado por dichos actores (transnacionales y estados) el dominio de la naturaleza? No creemos que haya una sola forma, pero si creemos que una de las más importantes, y que cada día echa más raíces, aun sin tener en cuenta que devasta y consume su propia tierra de arraigo, es la que se expresa a través de la Ideología de la Tecnología. De esta forma estaríamos contrariando dos creencias comunes: una, que la tecnología es neutra. La otra, que por esta misma neutralidad, es un medio del cual se valen determinadas ideologías, y no conforma, entonces una ideología en sí.
¿Qué entendemos como Ideología de la Tecnología? Citando a Bertrand Louart: "La tecnología -etimológicamente 'ciencia de los útiles'- es la técnica científica, es decir, el discurso racional (logos) aplicado a la organización de la producción (tekhnê). Pero por 'discurso racional' hay que entender aquí el discurso de la razón abstracta de las ciencias y del cálculo económico cuya objetividad no quiere considerar más que las cualidades primarias de las cosas -objetos provistos de una cierta cantidad de energía con forma de masa y movimiento- y no considera para nada los intereses y pasiones subjetivas de los hombres más que como una especie de irracionalidad, siempre explotable por la publicidad para mejor poner en movimiento masas de mercancías. La tecnología es también una ideología, 'la lógica de una idea' (Hannah Arendt), y la idea que llega a determinar todas las actividades sociales es que la técnica puede realizar automáticamente todos los valores a los que aspiran los hombres, todo el bien deseable".
La ideología de la tecnología nace de una premisa: desplazar la noción de progreso de un campo ético, moral y político a un campo meramente "material" y, por sobre todo, técnico.
"El espectáculo organiza con maestría la ignorancia acerca de lo que está pasando, y acto seguido, el olvido de cuanto a pesar de todo acaso haya llegado a saberse. Lo más importante es lo más oculto." Guy Debord, Comentarios...(v. n. 5)
La estrategia de la tecnología y la ideología de la zanahoria
La estrategia de la tecnología consiste en mostrarse a sí misma como un bisturí, buscado y utilizado a la vez por médicos y descuartizadores. Entonces, parece decirnos, no es el bisturí el asunto, ya que así como el descuartizador puede causar todo el mal posible con este instrumento, un médico puede generar todo el bien deseable. Recubrir de esta forma con un aura de neutralidad a la tecnología, es el mejor pasto que el tecnócrata posee para purgarse de sus crímenes. Hacernos confundir la crítica al serrucho con la dirigida a la organización técnica del mundo y de la sociedad, es el principal mérito del ideólogo de la tecnología. Un merito que no busca aplausos, y no por humildad, sino por conveniencia. Conviene mantener las relaciones de dominio intactas y ocultas. Conviene dejar en manos de técnicos, casi siempre manipulables, lo que todo una comunidad debiera decidir.
Mientras, nosotros, la chusma que no posee los conocimientos técnicos pertinentes, podemos seguir defendiendo a nuestro módem de vaya a saber uno que revuelta neo-luddita.
Como apunta Christian Ferrer, "mientras tanto, los mas tibios, los que remiten la tecnología a condición neutra ("depende del uso que se le de","depende de quien lanza el misil", siempre "depende") no sólo justifican los crímenes del pasado inmediato -fue un requisito histórico, aúllan el estalinista y el tecnócrata-, también inocentan los abusos posibles del futuro. Como los obituarios de las víctimas de la organización técnica del mundo sólo se publican en las noticias periodísticas menores, los eufóricos pueden pregonar tranquilamente que "hay que olvidar a los caídos en los campos de batalla de las industrializaciones aceleradas, de las renovaciones tecnológicas en los procesos laborales, porque ello fue históricamente necesario". Y agregan: "hay que mirar para adelante". Como los asnos." La ideología de la zanahoria es así moneda corriente en sociedades conformadas por seres dispuestos a ser asnos. La estrategia de la tecnología necesita de esta complicidad. Argüiremos en pos de que nos dominen, cada día de formas más sutiles. Allí donde hay control, exigiremos algo de comodidad o entretenimiento a cambio.
Difícil es el papel de quien renuncie a las anteojeras que solo permiten "mirar para adelante". Hay coartada de los estrategas para con éstos. La estrategia de la tecnología consiste en poner automáticamente en tela de juicio, todo primer intento de ponerla a ella en tela de juicio. Entiéndase esto de la siguiente forma: "Contrariamente a sus inicios, donde debía probar su legitimidad frente a la hegemonía de la religión, explicando un mundo inteligible por la experiencia, la ciencia produce actualmente unos descubrimientos de los que no puede considerar todas las consecuencias.
Exige, ahora, a sus detractores que demuestren científicamente las razones de sus dudas, cuando incluso el mismo sentido común aprehende sencillamente los riesgos. Desde los ensayos consecutivos de la Segunda Guerra Mundial y el desarrollo 'civil' de la energía nuclear, la producción de OGMs es el nuevo 'ensayo' al tamaño natural de una producción no solamente emancipada de las características de lo vivo sino radicalmente hostil a lo mismo: marca la voluntad de crear un punto de no retorno." Desde la estrategia de la tecnología, a dicho punto de no retorno jamás se le dará públicamente la importancia que merece, esto por obvias razones: hacer hincapié en un punto de no retorno significaría despertar una conciencia crítica acerca de lo que se abandona y lo que se adquiere, algo que resulta superfluo para quienes desde hace mucho vienen ganando lo suficiente para no tener que mirar hacia atrás, más aún cuando lo único religiosamente socializado siguen siendo los costos.
Lo peligroso es que aún no nos hemos detenido a evaluar completamente dichos costos, ni lo haremos mientras sigamos escuchando al "astuto astrólogo que le dice al cliente lo que quiere escuchar: que el futuro coincide con la felicidad". No habría necesidad desde esta óptica de mirar hacia atrás. Parte clave de la fórmula desempeña el no retorno en una lógica (si es que se la puede llamar tal) que se manifiesta en su punto mas acabado en los OGMs. Es decir, frente al problema de las plagas y hierbas cada vez más resistentes a los plaguicidas y herbicidas, no se detiene esta "lógica" en buscar causas que expliquen el porqué de esta acrecentada resistencia, ya que tal análisis arrojaría incómodos resultados para los industrialistas de la química agropecuaria, pregoneros de la Revolución Verde.
Por el contrario, la "lógica" llevará a dejar en manos de estos industrialistas, la "invención" de nuevas sub-especies genéticamente modificadas con mayor capacidad de resistencia a los productos que ellos mismos fabrican. Triple ganancia de quienes ahora podrán vender más de sus agroquímicos, colocar en el mercado semillas patentadas por ellos, y recibir subsidios y puestos en los gobiernos por su altruista tarea de intentar "acabar con el hambre a escala global", papel que se supone vienen a desempeñar los OGMs. Ahora sí entendemos para quiénes funciona dicha lógica.
La ideología de la zanahoria es pues la encargada de escribir la historia, siempre que se entienda a la historia como una sucesión de novedades; como una condena al olvido de la novedad inmediatamente desplazada y convertida en trasto polvoriento, pero principalmente como un anhelo constante de la novedad por venir. Según dice Guy Debord "de ahí que la historia fuera la medida de la verdadera novedad; y quien vende la novedad tiene todo el interés del mundo en hacer desaparecer el medio de medirla. Cuando lo importante se hace reconocer socialmente como lo que es instantáneo y lo seguirá siendo al instante siguiente, que es otro y el mismo, y que reemplazará cada vez a otra importancia instantánea, entonces cabe decir también que el medio utilizado garantiza una especie de eternidad a esa insignificancia que grita tanto" .
Esta radiografía del "instante siguiente, que es otro y el mismo", es ese adelante sin espacio de fuga, del cual se hablaba al principio. Una sensación de avanzar sin haber dado un solo paso, posible gracias al clamor constante y exaltado de la novedad tecnológica; sensación que garantiza una pretendida eternidad, pero que sobrevive ocultando su insignificancia tras un presente perpetuo.
Al analizar la esencia del totalitarismo, Arendt afirma que "hay sólo algo que parece discernible: podemos decir que el mal radical ha emergido en relación con un sistema en el que todos los hombres se han tornado igualmente superfluos". Aplicada esta definición al análisis crítico de la razón técnica que se intentó realizar aquí, no quedan dudas que ésta comparte con el totalitarismo su rasgo más discernible: una tendencia a convertir en superfluo a un número cada vez mayor de seres humanos.
La tecnología, comprendida como la ideología de la organización técnica del mundo, puede ser catalogada como un totalitarismo, en tanto que, bajo la efectiva propaganda de la comodidad, el ahorrarnos tiempo y garantizarnos felicidad, nos torna cada vez más superfluos, no ya en cuanto meros activadores-dependientes de máquinas, sino principalmente en cuanto a reducirnos al papel de espectadores de nuestras propias vidas y de la infinidad de decisiones que la comprenden y la determinan. Nuestra opción se reduce así a hacer zapping entre tal o cual propuesta, siempre marcada por un progresismo tecnócrata, siempre emparentando groseramente el progreso tecnológico con el progreso social. Y debemos aún considerar un privilegio dicho rol en el espectáculo, en momentos en que cada vez con más recelo se conforma el reparto en el elenco de nuestras sociedades.
No son la acumulación espectacular de un conocimiento especializado y la ignorancia absoluta acerca de todo lo que ocurre alrededor de nuestras vidas, factores antagónicos sino condiciones de una exclusión centrífuga necesaria para crear conocimiento aislado, y aislamiento en la ignorancia. Ambos se nos impusieron hasta hoy.
Una perspectiva antiautoritaria debería quebrar esto, en tanto que pondría en tela de juicio toda autoridad, toda imposición, pero principalmente aquella que guste regodearse en auras de neutralidad e imparcialidad. Un análisis crítico despoja al juez tecnófilo de su aparente ceguera y lo muestra tal como es: una suma de decisiones (decisiones propias y cedidas) con ideología e intereses propios.
Juan Pablo Roccatagliata
artículo publicado en Revista futuros nº4 / Río de la Plata diciembre 2002



























