Revista Futuros

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Cuidado al cruzar...

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Venían saltando como la pelota que ellas hacían rebotar sobre los mosaicos del patio. Sus risas salpicaban las paredes. Me atropellaron con un muestrario de sus descubrimientos recientes: ¡el 7, el 3 y todos los números impares son agudos!, me dijeron agitando sus rulitos.

El 8 en cambio tiene voz grave y es bonachón como las nubes, continuaron.
La palabra invierno es amarilla y la letra J es de un verde chillón…
¡Pero con manchas marrones! (agregó la más chiquita). Los zapallos andan siempre contentos y los damascos viven extrañando a su país…y las frutillas… nos producen una cosquillita rara en la piel, no sabemos que nombre ponerle…
-Los nombres… también tienen, no sé…  Mariana es un nombre blandito pero Héctor, como el del tío, es áspero como…  una lija…
- No tanto, es como la corteza de un árbol…
-Y a la abuela (confesaron) un día le pasamos la lengua por el codo y le sentimos gusto a tela, pero como el que te produce ver la ropa del mecánico aunque no la toques…
Salieron corriendo nuevamente hacia la calle, mientras me pasaban los últimos informes: “el Sol se hace el agrandado pero en realidad es muy tímido…”

Nunca quise asustarlas, pero sentí que era mi obligación de padre gritarles:
-¡Cuando pasen frente a la puerta del Señor Encuadrador, bajan la voz!… y si ven venir La Maldita Máquina de Etiquetar ¡se vuelven corriendo para casa!...

Lo abstracto y lo concreto

El diputado cautiva al auditorio con complejos argumentos y bellísimas metáforas. Al finalizar, será ovacionado. Salvo por ella, que mientras escucha, mueve los dedos de los pies y recuerda los agujeros de sus gastados zapatos.

El medio del pantano

Comprueba que hoy también los titulares gotean miseria y sangre. Satisfecho, cierra el periódico. Ahora sí, más tranquilo, puede partir hacia su rutinario y mediocre trabajo.

Ayuda humanitaria

Cuando los vimos tropezar, corrimos todos, desesperados. ¡Se habían caído al fondo! Todavía están ahí, ¿los ves?, en el vacío, pisoteando sus ilusiones.
Nosotros fuimos y les alcanzamos un puente de aromas y de mares, les regalamos hojas de roble y albahaca, los acariciamos con caleidoscopios y guiños, pero ellos… ni se movían… ¿increíble, no? Seguían muy satisfechos en su tristeza de plástico, sin piel, sin preguntas… Les alcanzamos una escalera de asombro y ellos continuaron buscando un encierro de corral y de cornisa. Los rodeamos con espejos y empezaron a entonar una oración que alababa “el seguro andar de ojos cerrados”. Lo tomamos como una provocación, bajamos, les pateamos los bastones y entonces… ¡se sentaron en el charco de “Lo posible”!
A los pocos días nos cansamos, los cubrimos con guitarras, pusimos alrededor un cordoncito para no caernos y volvimos a nuestras vidas.
Después de todo, a veces no hay manos que alcancen contra la parálisis de sueños.

Hechos

De pronto los hechos se nos han vuelto confusos, quizás peor: incomprensibles. Y no hay forma de ponernos de acuerdo. Mientras para algunos son indudablemente anchos y prometedores, otros los ven sinuosos o aplastantes. Cada día aparecen nuevas visiones de los hechos, se los considera ásperos, escurridizos, puntiagudos, tiernos… Para tratar de entender al menos un poquito y como medida de emergencia, comenzamos usando la conocida técnica de “ponerse en el lugar del otro”. Fue un desastre.
Durante unos meses vivimos en medio de un desbande de gente yendo de un lugar a otro, migrando en forma permanente por las casas, sillas o balcones de los demás. Era común encontrarse a desconoci-dos con tu ropa puesta o sentado en tu sillón y los puntos de vista se nos iban estropeando de tanto pasar de mano en mano. Hasta que nos dimos cuenta que la clave de la comprensión no era el lugar del otro sino estar dentro del otro. La aplicación de esta receta trajo algunos obvios conflictos y placeres, pero cuando se aclaró que “dentro” del otro era “en la vida” del otro, ahí empezamos a organizarnos un poco.

Hace un tiempo que andamos en esto, los intercambios son lentos porque entrar y salir de la vida de los demás no se hace tan fácil como ponerse sus anteojos, siempre hay que acomodarse con suavidad y al salir no olvidarse de dejar las cosas en su sitio, pero empieza a ponerse interesante. Ayer, por ejemplo, estuve en la vida de un viejo ferroviario. Nunca me habría imaginado que le gustaba el baile y amasar tallarines. Me di cuenta, a través de sus recuerdos, que siempre fue un tipo honesto, muy callado y que además piensa que los hechos son celestes. Yo siempre los vi verdes pero ahora pienso que algo de celeste también tienen.
Así estamos, los hechos siguen tan incomprensibles como antes, continúan con su estilo pedante, quizás burlándose aún más de nuestra ignorancia. Es un buen síntoma, en realidad están nerviosos porque saben que nuestro método los va a terminar descifrando.

Mejor decirlo a tiempo

Es peligroso no hablar a tiempo. La palabra no dicha por timidez o por olvido, puede surgir demasiado tarde. A todos nos pasó alguna vez , hasta se han dado casos de amores declarados con pasión cuando ella ya estaba sorda en un geriátrico o de valientes denuncias a criminales cuando estos hacia décadas que retozaban felizmente en Alaska o en el Tibet.
Eugenio y su vida eran en sí mismos toda una postergación oral. Además de recordar o de animarse a destiempo no podía evitar pronunciar la palabra atascada o incluso gritarla en los momentos más inoportunos.
Susurraba en la cama fechas o fórmulas matemáticas provocando el desconcierto y la huida de incontables mujeres. Intercalaba sus escritos laborales con fragmentos de poesías, cartas de protesta al gobernador o saludos a una tía, dando lugar a que lo despidieran una y otra vez de cada trabajo.

Sus irrupciones, para colmo, podían encadenarse y configurar complicadísimos círculos. Sentado en el restaurante, por ejemplo, recordaba el concepto olvidado en la clase de filosofía y no era raro que pidiera para almorzar una “ mayéutica socrática” o un “imperativo categórico”, el mozo, que ya lo conocía muy bien, le traía la ensalada de siempre, pero si ese día Eugenio le sentía un sabor extraño, no se atrevía a quejarse de inmediato. La crítica la expresaba mucho después, quizás luego de un ardiente beso de su novia. Con los ojos cerrados murmuraba: “insulsa, desabrida y con feo gusto a radicheta” . Ante lo inexplicable sólo intentaba atenuar el enojo que había generado afirmando su cariño, la cubría de mimos y tiernas palabras pero solía caer en su propia trampa y siempre alguna frase le quedaba guardada.

Entonces, a la mañana siguiente, podía llegar a enfrentarse al carnicero aferrado a la cuchilla y mirándolo con odio, luego que él soltara alguna de las frases postergadas como “vos sabés que te quiero de verdad”.
En estas situaciones, escapaba avergonzado y llegaba a enmudecer durante horas, pero las demoradas palabras volvían a brotar incontenibles, cerrando el círculo de atrasos. De regreso a clase, cuando la profesora de filosofía, indudablemente obesa, les decía a los alumnos ¿Qué más quieren preguntarme?, el desafortunado vozarrón de Eugenio llegaba con fuerza desde el fondo del aula pretendiendo completar la interrumpida compra en la carnicería: “¿A que precio tiene la nalga y la carnaza común?”
Incomprendido hasta para él mismo, sus días se convirtieron en un tropezar constante, un tartamudeo de emociones. A veces su voz remontaba un pasado muy lejano, rompiendo los más antiguos diques.
Fue uno de estos destiempos más profundos el que lo llevó a la muerte.
El camionero que lo atropelló, nunca entendió porqué ese joven se había plantado de pronto en medio de la avenida gritándole “¡Devolvéme mis juguetes ahora mismo!”.
Por temor a pasar por loco, aún no comentó lo sucedido con nadie. Pobre, todavía no sabe que las palabras no dichas a tiempo pueden ser peligrosas.

artículo publicado en Revista futuros nº10 / Río de la Plata otoño 2007

 

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