Revista Futuros

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Futuros: el nombre de la revista pero también de una idea

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Es muy significativa la rotación semántica que ha sufrido la palabra "futuro" con el pasaje del artículo neutro clásico "lo" al determinado "el" con el cual se lo emplea cada vez más a menudo.
No nos parece una transformación puramente idiomática ni casual. Sino más bien ligada ideológicamente (e inconscientemente) con la idea del progreso lineal, del mejoramiento ininterrumpido e indefinido. Esta forma de ver, prever o concebir lo por venir ha hecho muchísimo daño. Ha configurado nuestros modos de pensar y sentir.

Nos ha hecho presumir de que disponemos de conocimientos que en rigor ignoramos. Es básicamente falsa. Y por lo dicho anteriormente, falaz. Y asegura perdedores. Nosotros, los excluidos, los de los arrabales planetarios, los de las etnias "no afortunadas", los sin techo, sin título, sin trabajo, sin patria comm'il faut, los que no tripulamos la locomotora del progreso...

El futuro ha sido nervio motor de las ideologías dominantes. Tanto del progresismo burgués como del socialista.

Para el socialismo diz que científico la tríada feudalismo-capitalismo-socialismo creó las bases de un conocimiento presunto de "el futuro" 1 que jamás logró prever el advenimiento de una nueva etapa histórica, ni siquiera de una situación cualitativamente distinta; el ascenso del nazismo, el reascenso del militarismo en América Latina, para nombrar apenas un par de ejemplos. Y el colapso soviético se quedó esperando los análisis marxianos que explicasen la inesperada transición del socialismo al capitalismo ya que no la tan invocada y meneada del capitalismo al socialismo.

Pero el concepto de "el futuro" tiene más larga data; proviene del positivismo, de ese optimismo filosófico de la burguesía tan sagazmente descrito por Marx.

Con la traslación de poder del viejo Commonwealth británico al imperio estadounidense, la falacia de "el futuro" se encarnó en el desarrollismo à la Rostow, que se encargó de ubicar a todas las naciones en un ranking, haciéndonos correr una virtual carrera para llegar a los estrados del Primer Mundo. Valiéndose para el análisis y conocimiento dentro de esos marcos conceptuales de nociones como la de PBI, que por ser cuantificable se consideraba (y lamentablemente todavía se considera) científico: un concepto económico peculiar, que aumenta si aumentan las cárceles de un país, y que mengua si un país consolida su autosuficiencia, su soberanía alimentaria, por ejemplo.

Es triste advertir que hoy en día economistas tanto conservadores francos como izquierdistas presuntos manejan a menudo las mismas herramientas conceptuales como si en todos los casos fueran neutras y objetivas.

La idea del "tren de la historia", común a socialistas y burgueses, es una noción que se ha infiltrado en nuestras representaciones "verticalizándonos" en el tiempo, dificultando nuestra percepción de la realidad a su través, contribuyendo a desmontar la diversidad cultural.

La sociedad occidental, valiéndose de la tecnociencia como coartada del mejoramiento de la humanidad, henchida de orgullo, se quiere clonar en todas partes, angostando cada vez más la diversidad cultural, étnica, que caracterizó la historia de la humanidad y la enriqueciera a lo largo de casi toda su historia.

Los 500 años de europeización y eurocentrismo se han ido intensificando brutalmente en los últimos cincuenta años con el afianzamiento del modelo que irradia desde EE.UU. Y el proceso ha tenido una nueva aceleración con velocidades desconocidas hasta ahora, en la década que acaba cuando el protagonismo de "la superpotencia única" se hizo hegemonía patente con el nombre de "globalización".2

El último "aporte" de esta linealidad mental es el concepto de "pensamiento único", que procura fijar que hasta teóricamente no existe otro "camino" sino el que las elites de poder metropolitanas actuales pregonan haber seguido y procuran hacer seguir al resto (pasando deliberadamente por alto que la condición para la situación propia de esas elites es precisamente que el resto no tenga ni pueda tener esas mismas posibilidades; es decir que la invocación de universalidad es en sí misma falaz; el planeta por ejemplo, no soportaría que todos los habitantes de China, India, Indonesia tuvieran los electrodomésticos y los despliegues tecnológicos que tienen los estadounidenses.

El camino del pensamiento único es una encerrona mental; el invierno estalinista del democrático Occidente: la criminalización de la pobreza como bien lo patentiza Loïc Wacquant, el racismo exclusionista que teóricamente expresa un Huntington y en la práctica tanto EE.UU. como la Unión Europea, el señorío científico de las trasnancionales fagocitando los centros universitarios y públicos de investigación y privatizando el conocimiento.

Una encerrona más de las que nos han ido poniendo por delante. O nos hemos ido poniendo por delante. Porque el proceso siempre ha sido pareado: imposición desde afuera pero, persuasión mediante, habilitando un segundo momento; aspiración desde adentro a imitar .

No será entonces por arcaísmo o culteranismo que nos ceñiremos a la vieja usanza para denominar lo futuro sino por su significación conceptual y la representación del mundo que de ella dimana. Porque no creemos ―y desconfiamos― de "la locomotora del progreso".

Porque lo futuro está abierto y nos pertenece, a nosotros, los simplemente humanos.

Luis E. Sabini Fernández

notas:
1 Tema para desarrollar, que ya ha sido tratado por autores como Ernestán, el de la tipificación del mismísimo experimento soviético como profecía autocumplida de tantos socialistas del siglo XIX. Y cómo, a partir de esta falaz tipificación se generó todo el drama del divorcio entre el sueño socialista y la pesadilla soviética. Una hipótesis para trabajar es que en la década de los 90 con la brutal parálisis político-ideológica sufrida, hemos pagado las falsas certezas de las décadas de los 10 y los 20.
2 No resulta sencillo denominar a la red de poder dominante de la actualidad, asentado en EE.UU., un estado que carece de nombre propio. "Estados Unidos" son también los de Brasil y fueron hasta hace poco los venezolanos. "De América" son también los precedentes. Y ni siquiera "Estados Unidos de Norteamérica" resuelve el caso, porque también México son estados unidos norteamericanos (su nombre oficial es Estados Unidos Mexicanos). American, que es el gentilicio usado por los estadounidenses, es igualmente inaceptable porque americanos somos los de las tres Américas (y su uso es de más vieja data en la América hispana que en la sajona).
Pero este gentilicio esgrimido desde el Norte tiene un sentido político, proyectivo, de "futuro". Porque para muchos yanquis, el sueño expansivo cubría todo el continente. Un líder de primera línea de EE.UU en 1822 -un año antes de la consigna de Monroe, "América para los americanos"- sostenía: "El mundo debe familiarizarse a considerar el continente americano como nuestro dominio natural" (R. San Martín, Biografía del Tío Sam, Buenos Aires, Argonauta, 1988). Esa idea de las tres Américas subsumida al gobierno de EE.UU perdura: "A Cuba la tenemos en el patio trasero. Es una dictadura que nos ha escocido durante años porque ha contaminado al hemisferio." (Madeleine Albright, El País, Madrid, cit.p. Página 12, 14/2/1998). Esa visión no es solo propia de los usurpadores; necesita de cómplices locales; obsérvese el mecanismo mental que esconde esta declaración: "Para Terence Todman visitar países americanos es tan normal como para mí -en el marco de mis funciones- recorrer provincias argentinas." (Albano Harguindeguy, en La Opinión, 19/8/1977. Apogeo de la dictadura terrorista de la cual el citado era ministro del Interior). Por todo lo anterior, no aceptamos el gentilicio americano como correspondiente a EE.UU.

artículo publicado en Revista futuros nº1 / Río de la Plata

 

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