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Islamismo no es terrorismo

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La serie de acontecimientos catastróficos a escala mundial que, a partir de la destrucción de las neoyorquinas torres gemelas pasando por los atentados de Madrid y de Londres –para mencionar solamente los que han golpeado de lleno a los países que se proclaman cancerberos de Occidente–, han dado origen, merced a la insidiosa campaña de los medios masivos de comunicación al servicio del Establishment, a una creciente fobia contra los musulmanes y el Islam, trastocan las definiciones y confunden, adrede, la parte con el todo.Y de tal modo se equiparan las nociones, ya que no los conceptos, sobre islamismo, fundamentalismo, integrismo y terrorismo, que el diario machacar de los mass media sobre esa homologación malintencionada se asemeja cada vez mas a un coro de rencorosas comadres que juegan a las escondidas con la historia y visten a la mentira con el traje de la verdad.

Ignorancias, equívocos, falacias

Descuéntese desde ya que no pretendo hacer la apología o la defensa del terrorismo, al que rechazo en todas sus manifestaciones, ya las del terrorismo de estado (la impune prepotencia de los fuertes), ya las de los de grupos irredentos o radicales (el recurso desquiciante de los débiles). Descartada la justificación de una violencia que golpea indiscriminadamente a justos y pecadores voy a referirme al aspecto ideológico y geoestratégico de una pugna cuyos dramáticos inicios hacen prever que los próximos decenios del siglo XXI serán el escenario de la Tercera Guerra Mundial o algo muy parecido, si nos atenemos a la sumatoria de los conflictos de "baja intensidad".
Como en el Occidente, salvo en los centros universitarios, se conoce poco o nada del Islam y la sociedad y cultura musulmanas, los prejuicios de todo origen y el disparate malintencionado vierten sobre la opinión pública las renacidas versiones de una leyenda de miedo y de odio que viene desde el medioevo, cuando la Cruz y la Media Luna combatían en derredor del Mare Nostrum, aquel Mediterráneo de los conquistadores, los comerciantes y los piratas.

Un historiador de origen libanés al referirse al desconocimiento generalizado que se tiene de la cuna geográfica y la civilización de los árabes ha dicho al respecto que "ningún país, ninguna nacionalidad ha sido menos estudiada en los tiempos modernos que Arabia y los árabes. He aquí un país que siendo la cuarta parte de Europa y la tercera de los Estados Unidos de América, es virtualmente desconocido, pues no hay proporción entre lo que se sabe de él y lo que se ignora. Comparativamente hablando conocemos hoy más de las regiones árticas o antárticas que de Arabia." Por su parte, Meg Greenfield, periodista estadounidense, escribió en Newsweek el 26 de mayo de 1979 que "ninguna otra parte del mundo es incomprendida por nosotros de forma más desesperante, sistemática y tozuda que esa estructura religiosa, cultural y geográfica conocida como el Islam".

Atento a ello, es deber de quienes practican una "ciencia con conciencia" poner las cosas en su lugar para que el Islam y los musulmanes recobren, a la luz de los hechos y las ideas, su dimensión cultural verdadera y su humana grandeza, no exenta como todo lo que atañe a nuestra especie de yerros y debilidades, para que el tan reclamado diálogo entre Occidente y Oriente –dos imprecisas nociones aquejadas por toda clase de equívocos– sea emprendido entre fuerzas espirituales en equilibrio y tradiciones religiosas no tergiversadas ni disminuidas.
Este reclamo de imparcialidad y estudio quiere ser el fruto de la buena fe de quien conoce de cerca el Islam, y no solamente por los libros consultados en su calidad de profesor universitario de religiones comparadas, sino por sus viajes a las tierras africanas y asiáticas y, sobre todo, por haberlo profesado con la guía de un maestro en años juveniles, práctica que para siempre consolidó su certeza de que La ilaha il-là A-lahu, es decir, que "no hay más Dios que Dios". Este reconocimiento y afirmación monoteísta han ido conmigo desde muy temprano, de tal modo que me siento consustanciado con judíos, cristianos y musulmanes en cuanto a la certidumbre de la existencia de un Dios único, eterno, intangible, invisible, inimaginable en su inmensidad cósmica y moral, omnisapiente y omnipotente creador de los mundos y la vida. Los cosmólogos que aceptan, como Lemaître la explosión del Oeuf cosmique y los que apoyan de hipótesis de Gamow acerca del Big Bang, también, implícitamente, reconocen la activa intervención de Dios en el alumbramiento del Universo.

Fuera de este Señor del Gran Poder, y desde mi humildad, no me rindo ante ningún dogma o misterio de segundo grado, ni creo en la resurrección de la carne, ni en la virginidad de María, ni en las huríes del Paraíso, ni en el resabio pagano de la adoración a los santos, ni en la cariocinética Santísima Trinidad –un rompedero de cabeza para los doctos y un extraño enigma para las mentes ignaras– , aunque tiemblo cuando pienso en el infierno que nos metió alma adentro la natura naturata (lo creado) viciada por la incompletitud y la contingencia, defectos inconcebibles en la perfección y eternidad de la natura naturans (el creador). En este recodo del Espíritu asoma el problema del mal, grave asunto que preocupa a partir de la serpiente bíblica y que teólogos y filósofos contemporáneos deberían una y otra vez analizar a la luz de una Teodicea que, a mi juicio, teniendo en cuenta los escalofriantes sucesos de actualidad y los que nos promete este siglo del Anticristo, no fuera tan complaciente como la leibniziana.

Visto lo anterior, sería bueno que los lectores uruguayos y rioplatenses comenzaran a preocuparse por el conocimiento en profundidad de un credo religioso y de un estilo de vida cuyos fieles y actores, árabes y no árabes, pero musulmanes todos, protagonizaron una impresionante peripecia histórica en el espacio-tiempo de la civilización, a partir del siglo VI de nuestra era.Y ello va sin tener en cuenta el crecimiento irresistible del islamismo en nuestros días, que, en el orden cuantitativo, no solamente trepa con pie ligero la montaña demográfica, sino que anuncia y realiza, en el orden cualitativo, un programa plenario en el campo político y cultural, pese a todas las retrancas internas –los señores del petróleo– y externas –los imperialismos de ayer y de hoy– que le impiden levantar el vuelo.

Sin dar el paso previo de una buena y veraz información, facilitada por la excelente bibliografía que hoy se dispone en los medios académicos y en las editoriales de divulgación científica, será difícil penetrar en el meollo de la más pura de las religiones monoteístas nacidas en el seno de Arabah, la llanura desierta, que se expandió velozmente por los campos y ciudades del Viejo Mundo gracias a su robusta simplicidad y su democratismo intrínseco.

Los secuaces de Iblis

Según grita a los cuatro vientos una insidiosa y mundializada campaña de desprestigio los antiguos "perros infieles" han vuelto a las andadas al par que la temida Guerra Santa de los ejércitos del Profeta se reitera y sataniza en los ataques de las bombas vivientes, testimonio de un nuevo y globalizado terrorismo.Y como los atentados provienen de sectores radicalizados del Islam, tras los cuales resuena la voz amenazante de Ben Laden, un millonario capitalista rencoroso y no un revolucionario popular, entonces caen sobre las gentes adoctrinadas por el Corán los miedos y los odios de los gobiernos y pueblos de los países centrales. Las difamaciones, entonces, caen como un alud montaña abajo y crecen alimentadas por aquel goebbeliano espíritu de repetición que de tanto reiterar las mentiras las convertía en verdades para los ignorantes y los incautos. Dicha actitud está actualmente asumida por los EE.UU. de Bush y los estados europeos con cola de paja, quienes soplan sobre las llamas del fuego inquisitorial para quemar esos poseídos por el Diablo que portan vestidos talares, turbantes y luengas barbas de conspiradores y, colmo del fanatismo, se arrodillan orientados hacia La Meca cinco veces al día para alabar la grandeza de Alá y bendecir su Guerra Santa, que así llaman en el Occidente al jihad mal interpretado y peor comprendido. Dichos temores e iracundias son los caballitos de batalla espoleados por los representantes del terrorismo de estado, aquel que ilustrara y defendiera Maquiavelo, los cuales se proclaman los cruzados contemporáneos contra la barbarie de la Media Luna y sus portadores de fronteras afuera y fronteras adentro. Y digo fronteras adentro porque las cifras de la presencia musulmana en los países europeos son impresionantes: "Existen hoy alrededor de dos millones de musulmanes en Alemania (principalmente de Turquía), el mismo número en Inglaterra (casi todos ellos procedentes del subcontinente indio), unos seis millones en Francia (en su mayoría originarios de África del Norte); alrededor, en suma, de quince millones en la Unión Europea, incluso antes de su expansión hacia el este.... "

Ante la existencia de este quiste étnico y credo alóctono Tony Blair ha sido muy claro: el Santo Oficio del león británico (o sea Scotland Yard y los otros servicios, secretos o no tanto) será implacable con los musulmanes residentes o nacidos en las islas. En efecto, el "pacífico" y "civilizado" pueblo inglés (que padece una interesada amnesia acerca de las matanzas ayer practicadas en las Indias Occidentales y Orientales, entre muchos otros genocidios planetarios) sospecha que tras cada muslim se agazapa un peligroso traidor, cuando no un terrorista, que es menester vigilar, capturar y devolver a sus apestosas madrigueras de origen. Quien así habla y procede justifica, junto con su socio transatlántico, el matamusulmanes estadounidense George W. Bush, la masacre de civiles inocentes realizada ayer en Afganistán y hoy en Irak, que los partes de guerra denominan "daños colaterales". Este cínico término, traducido al buen romance, supone niños destripados y mujeres y hombres reventados por los bombardeos de una invasión "preventiva" cuyo norte es el petróleo y no la extirpación del "eje del mal". Dicho "eje", tal como funciona en la geometría del Pentágono y la geopolítica de Bush, portavoz del complejo industrial-militar, se irá convirtiendo en un trazado zigzagueante, cuyos próximos candidatos a la extirpación pueden ser los pobladores de la paraguaya (y trinacional) Ciudad de Este antes de que se les ocurra –suposición para nada descartable– hacer pie en el pacífico reducto palestino de los comerciantes fronterizos del Chuy, localidad a caballo entre Brasil y Uruguay.
Al estilo de la española limpieza de sangre, que so capa de purificación racial y religiosa fue el taparrabos de una confiscación de los bienes de los judíos y moriscos, EE.UU. e Inglaterra evocan y reiteran aquella vieja conducta etnocéntrica al desencadenar la persecución y cacería de los potenciales terroristas lectores del Corán, cuya inspiración homicida sin duda proviene de Iblis, el demonio arábigo que le dio fuelle a los huracanes Katrina y Rita, según se chismea en el zoco –el árabe suq, mercado– en estos días de escándalo y de ira.

Fundamentalismo, integrismo, terrorismo

Cada época define sus términos y carga las antiguas voces con nuevos significados. Los políticos y letrados de Occidente, y con ellos los medios de comunicación masiva y el pueblo llano maleado por la propaganda, hacen brotar el terrorismo de la cueva donde nace el discurso sectario del fundamentalismo y el integrismo, calificativos que caen de lleno sobre la grey musulmana. Anteriormente nadie había confundido el IRA con los irlandeses católicos ni al ETA con los vascos, pues los europeos están exentos de ese virus que provoca la patología moral atribuida a los seguidores del profeta Muhammad (Mahoma en berberisco y Mahomet en turco).Vale la pena definir los citados vocablos y analizar de paso la carga semántica con los que se los ha desvirtuado.

¿Qué quiere decir fundamentalismo y de dónde proviene este término? Gramatical y etimológicamente se remite al fundamento, al fondo, al suelo, a lo que sirve de base firme y estable. Se llega a la voz fundamento a lo largo de una cadena lingüística cuyos eslabones son el indoeuropeo bhund, el sánscrito budhnah, el griego puthmên y el latín fundus. Lo pro-fundo es lo que está muy por debajo de la planta del zapato andariego. Y hablando de profundidades, en materia religiosa, la voz surge en Occidente y no en Oriente. Se proclamaron fundamentalistas los integrantes de la secta Los Hermanos de Plymouth, fundada en Inglaterra en 1830. Sostenían que la Biblia era literalmente infalible y que debía interpretarse al pie de la letra. Le daban la espalda a los progresos de las ciencias físicas y biológicas, cuyas conquistas contradecían los versículos del Génesis. Eran tradicionalistas y conservadores, al punto que los más radicales, los hermanos "explosivos", sólo comían con quienes formaban parte de la secta. El fundamentalismo se hace adulto y resuena con mayor estrépito en EE.UU. a raíz de una serie de folletos aparecidos en el bienio 1910-1912 (The Fundamentals: a Testimony of the Truth). La Biblia es la indiscutible palabra de Dios y los dogmas del cristianismo –virginidad de María, resurrección carnal de los muertos, segundo advenimiento de Jesús, Juicio Final, etcétera– son cuestiones intocables. Fue en el seno del protestantismo bautista, metodista y presbiteriano donde el fundamentalismo abrió una brecha polémica: de un lado estaban los teólogos liberales, que para interpretar la Biblia recurrían a los buenos oficios de la exégesis razonada (los modernistas), del otro militaban los ortodoxos inflexibles y retrógrados, que no sólo defendían la secuencia de los siete días de la Creación de Génesis 1 (olvidando que Génesis 2 invierte el orden y desecha la secuencia semanal) sino que negaban las conquistas materiales de la civilización, incluyendo los aspectos benéficos de una mayor calidad de vida. Y a tal punto se atizó el fuego de la intransigencia tradicionalista que se desencadenó una controversia mayúscula en EE.UU. hacia el año 1927 cuando se intentó condenar judicialmente al profesor Scopes por haber enseñado en un colegio público la teoría darwinista de la evolución de las especies. Hoy día esta arcaizante tendencia ha sido revitalizada por la ola de intolerancia y oscurantismo que anega el ala protestante radical, en la que milita el presidente de EE.UU., quien, según confesión propia, fue impulsado por el mismísimo Dios para emprender su cruzada, cual nuevo Godofredo de Bouillon, contra el Eje del Mal.

El Bible Belt estadounidense, con anterioridad a los actuales desplantes de Bush, ya apretaba su cinturón doctrinario hasta la asfixia, quitándole el aire a toda tendencia renovadora, a todo liberalismo científico, a toda política democrática. De tal modo, en perpetua vigilia, espía, persigue y golpea: Darwin ha sido de nuevo puesto en el Index. Esto no es lo peor, por cierto. Un nuevo tipo de santa inquisición, alentada por la caza al terrorista, se cierne en los tiempos que corren sobre el pueblo de EE.UU., vigilado desde lo alto por los satélites y esculcado desde adentro por los servicios de inteligencia del estado. Esto ha traído como consecuencia el avasallamiento de la privacidad individual y de los derechos humanos colectivos.

En cuanto al calificativo integrismo, aplicado a los movimientos musulmanes radicales, también se le debe desechar como extemporáneo y erróneo. Según una distinguida islamóloga española, "el integrismo, a su vez, es el nombre dado dentro del catolicismo al movimiento ultraconservador encabezado por el obispo francés Marcel Lefébvre, suspendido a divinis por el papa Pablo VI (1976), excomulgado por Juan Pablo II en 1988 y que murió en 1991, dejando un grupo de seguidores." Íntegro, en español, significa intacto, entero, dado que a partir de la raíz latina tag, tocar, surgen tangere y tactum, tangibilis e intactus. Lo curioso es que el integrare latino quiere decir renovar mientras que el integrismo católico, por recurrir a un solo ejemplo, se opone terminantemente a oficiar la misa en otro idioma que no sea el latín, lo cual supone un reverente apego a una tradición de ininteligibilidad de lo sagrado. Dios, en consecuencia, aparece como más misterioso e imponente si se expresa en un idioma que el vulgo no comprende.

En la actualidad el Diccionario de la Real Academia Española al referirse a la voz integrismo la caracteriza así: "Actitud de ciertos sectores religiosos , ideológicos o políticos partidarios de la intangibilidad de las doctrinas tradicionales" (vigésima segunda edición). Pero con lo visto ni el fundamentalismo ni el integrismo, estén bien o mal utilizados los términos, suponen el terrorismo. Algunos autores, como Olivier Roy, hablan de la actual marea ideológica y violentista provocada por el "neofundamentalismo" al par que otros, entre los que figura Gustavo de Arístegui, optan equivocadamente por el término "islamismo", lo que en vez de aclarar los conceptos los oscurece de modo definitivo. De tal modo el hinduismo, el budismo, el judaísmo, el cristianismo, etc. estarían mentando credos religiosos proclives a la utilización de métodos extremistas, cuando no terroristas, para imponer sus dogmas a sangre y fuego o castigar a los "infieles" que profesan otras creencias. Islamismo, pues, no equivale, de buenas a primeras, a terrorismo. Se trata de una religión sencilla y maciza, accesible al pueblo llano, plena de eficacia persuasiva.

Vayamos ahora, entonces, al examen del término "terrorismo". El terrorismo define a una antigua práctica utilizada para amedrentar y espantar a las humanas criaturas por parte de otros seres humanos –los invasores, los amos y los gobernantes, si se ejerce desde arriba, y los vencidos, los disconformes y los oprimidos, si proviene desde abajo– con el propósito de imponer acatamientos o romper reales o presuntas cadenas. La voz terror proviene de la raíz indoeuropea ter, temblar, que en griego se convierte en tremô y en latín tremere, tremulare, terrificare, etc.Y es en el latín, por lo demás, donde surge literalmente el término terror.

Vistas las actuales conductas que se estilan en el seno de ciertas minorías musulmanas, existen, y a la vista están, movimientos y actos terroristas –a los que, desde adentro, se califican como "martirios"–. Paralelamente la mala interpretación que se le da al yihad enturbia la comprensión de los preceptos religiosos y morales. Esta voz en árabe significa "esfuerzo" y no Guerra Santa, la cual está representada por el pequeño esfuerzo, que a veces sólo es intención, como lo sugiere el eco arcaico de la palabra. De tal modo el Yihad-e-Asgar es el de la espada. El esfuerzo grande, el Yihad -e-Akbar, se refiere al combate íntimo del espíritu contra las imperfecciones psíquicas y morales de la falible condición humana. Se trata de una lucha en el seno solitario de la conciencia, de una pulseada con esa parte titánica del alma, como dirían los órficos, que se desvía hacia el error, que conduce al exceso, que atenta contra los derechos del Otro. Pero antes de analizar el fondo y el trasfondo de esta doble empresa debemos averiguar, mediante la inmensa documentación existente –mucho mayor que la referida a la vida de Jesucristo– quién era Muhammad y qué características esenciales posee el dogma fundado por este nabi (profeta) que se constituyó en el último rasul, el definitivo "enviado de Dios" que "selló" la serie iniciada por sus antecesores, entre los cuales figura Jesús. Un escritor norteamericano, Michael Hart, llegó a decir acerca de Muhammad que "su incomparable combinación de influencia secular y religiosa le conceden el derecho de ser considerado el personaje más influyente de la historia humana".

Si no se dispone de inteligencia y paciencia para comprender qué significan el Corán y el islamismo poco se podrá avanzar en la interpretación de esta Weltanschauung que lía la sociedad, la política, la economía, la religión, la moral y las costumbres en un solo envoltorio sagrado. Al respecto, dos autores británicos expresan lo siguiente: "Al contrario de lo que ocurre en el Cristianismo, el Islam no podría convertirse jamás en una religión privada de conciencia y ética personales. Más bien se trata de una forma completa de vida que rige la vestimenta, la economía, la ética empresarial, los impuestos, la justicia y los castigos, los pesos y las medidas, la política, la guerra y la paz, el matrimonio y la herencia, la familia y la vida doméstica, el cuidado de los animales y el ganado, las relaciones sexuales en el marco del matrimonio, la educación, la dieta, la cocina, el comportamiento social, las normas de saludo y las reglas de hospitalidad."

Denuncias de los pensadores de Oriente y Occidente

Como antesala a la comprensión de las abismales diferencias que existen entre el islamismo como concepción religiosa y las prácticas terroristas quiero recordar dos opiniones que merecen ser meditadas en estos días, si bien fueron emitidas hace un cuarto de siglo. Una pertenece a un diplomático argelino y la otra a un pensador francés.

Veamos primero la opinión de Muhammed Bedjaqui, el musulmán: “Cuando las velas de Europa se hincharon con el viento de las conquistas y los descubrimientos geográficos y se fundaron los imperios coloniales, el hecho expansionista se alimentó con justificaciones morales pues cada época histórica segrega sus propias coartadas. Así se inventó la misión civilizadora. Se decía que el colonialismo ultramarino estaba destinado a llevar la antorcha de la fe, pero sumergía a los pueblos en las tinieblas de la esclavitud. La colonización de las tres M, la de los Mercaderes, de los Militares y de los Misioneros no tuvo el menor respeto por las culturas autóctonas, ni tampoco por los pueblos, a los que se negó su existencia como pueblos, su cualidad de pueblos soberanos y su condición de pueblos civilizados... El imperialismo cultural subsiste todavía, conducido por los imperialismos económico y político, y arrastrándolos a su vez. ¿Qué se conoce en Europa y en Norteamérica del Islam y de la civilización árabe? Las mentalidades, allí, nos ofrecen escandalosos abismos. Por lo menos en los comportamientos psicológicos, los unos siguen siendo Los Cruzados de los otros.” Hoy en día las Cruzadas se dan en la realidad de los hechos y no en las elucubraciones mentales de los neocolonialistas. En efecto, no solamente en el terreno psíquico se alberga la idea de la lucha contra “el eje del mal“, que, de seguir aumentando la lista de candidatos al castigo, pronto será un ecuménico y rechinante carromato cargado con los herederos del Viejo de la Montaña, los famosos hassasí, o sea los asesinos consumidores de hachís (haxix, hierba seca, que así se le dice en árabe a la vulgar marihuana). También se reaviva la consigna de muerte al musulmán en el destino manifiesto del Dios (protestante) de los ejércitos que Bush lanza contra todo aquello que se interponga entre las ambicionadas materias primas y los dividendos de sus business, para lo cual, utilizando como pretexto la lucha contra el terrorismo, miente como un beduino –si traemos a cuento el despectivo dicho español, hijo de medievales enemistades– y actúa como una despiadada ave de presa.

Y aquí va el pensamiento de Roger Garaudy, que complementa en otro nivel lo expresado por su prologuista musulmán: “Las palabras reflejan la desintegración de esta cultura [la de Occidente]; a partir de ahora se le llama a la paz equilibrio del terror, a la traición a los pueblos se la denomina seguridad nacional, a la violencia institucionalizada orden, a la competencia selvática liberalismo y al conjunto de tales regresiones, progreso.”
Ambos pareceres se complementan. Desde un negro historial de agresiones y etnocentrismos que desprecian lo que ignoran, como diría Antonio Machado, los países enriquecidos comandados por EE.UU. le niegan al Islam su entrada al reino de los valores y lo hacen desde la atalaya orgullosa de una civilización que consideran exclusivamente occidental y excluyentemente cristiana.

Daniel Vidart


notas:
1 Philip K. Hitti. Historia de los árabes. Razón y Fe, Madrid, 1950, p. 3.
2 Cit. p. Huston Smith. Las religiones del mundo. Océano, México, 1999, p. 231.
3 Los términos natura naturata y natura naturans fueron introducidos al lenguaje filosófico por Averroes, el gran pensador árabe nacido en Córdoba, España, al comentar la obra de Aristóteles sobre el cielo.
4 La voz Teodicea, cuyo significado en griego es “justificación de Dios“, fue utilizada por Leibniz para demostrar que la infinita bondad de Dios, exenta de mal, había otorgado a la Tierra la condición de “el mejor de los mundos posibles”. Más tarde, el filósofo francés Victor Cousin llamó Teodicea al sector de la Metafísica que examina las pruebas sobre la existencia y atributos de Dios.
5 Jack Goody. El Islam en Europa ,Gedisa, Barcelona 2005, p. 22.
6 Dolores Bramon. Una introducción al Islam ; religión, historia y cultura. Crítica, Barcelona, 2002, pp. 27-28.
7 Olivier Roy. El Islam mundializado. Los musulmanes en la era de la globalización. Bellaterra, Barcelona, 2003.
8 Gustavo de Arístegui. El islamismo contra el Islam. Las claves para entender el terrorismo yihadista. Ediciones B, Barcelona, 2004.
9 Chris Horrie y Peter Chippindale. ¿Qué es el Islam? Alianza Editorial, Madrid 1994, p. 12.
10 Muhammed Bedjaqui. Prólogo al libro de Roger Garaudy, Promesas del Islam. Planeta, Barcelona, 1982, p. 7.
11 Roger Garaudy. Op. cit. p..10.

artículo publicado en Revista futuros nº10 / Río de la Plata otoño 2007

 

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