La teología de la liberación tiene un "atractivo" muy especial para los americanos nativos.
Los cristianos reconocen que la injusticia americana en este continente comenzó hace casi 500 años con la opresión de su población nativa y que la justicia para los americanos nativos es parte fundamental de una lucha social más amplia. La complicidad de las iglesias en gran parte de la violencia perpetrada contra los nativos hace que esta realización se vea con más claridad. Por ello hay una gran cantidad de bien intencionados cristianos buscando algún camino que incluya a los americanos nativos en su acción política.
Para los americanos nativos envueltos en la lucha política, la participación de gente de la iglesia deviene una proposición atractiva. Las iglesias tienen recursos institucionales, políticos y financieros que muchos activistas nativos habrían querido tener a su disposición. Desde que los americanos nativos tienen una relativa pequeña base de población ** y escasas fuentes financieras, una asistencia de las iglesias podría ser de gran ayuda para llamar la atención del público, de los medios y del gobierno.
Aparece como un matrimonio perfecto –los cristianos con el deseo de incluir a los americanos nativos en su lucha por la justicia y los activistas nativos con su necesidad de recursos y apoyo de los no-nativos. Sin embargo, hablando del producto de un matrimonio entre u nativo y un blanco, yo puedo decirles que no es tan fácil como parece. La inclusión de los americanos nativos en la praxis de la política cristiana es difícil e incluso peligrosa (…) inmediatamente se presenta un enorme impedimento. La mayoría de las teologías de la liberación que han aparecido en los últimos veinte años están preocupadas con la narración del Éxodo, usándolo como el modelo fundamental para la liberación. Considero que la narración del Éxodo es un camino inapropiado para que los americanos nativos piensen sobre la liberación.
Sin duda, esa narración es la que ha inspirado a muchos pueblos en diferentes contextos para luchar contra la injusticia. Israel, en el Exilio, luego en la Diáspora, hará recordar la nataciñon y la fidelidad de Dios. Africanos esclavizados, a quienes sus amos y amas les dieron biblias para leer, habrán de empezar desde el inicio del libro y se encuentran en las páginas del Pentateuco un dios que estuvo obviamente de su lado, incluso si ese dios fue el dios de sus opresores. Los pueblos de las comunidades de base en America latina leyeron la narración y han sido inspirados para luchar contra la injusticia. El Éxodo con su descripción de in dios que se pone al lado de los oprimidos y los desamparados ha sido un faro de esperanza para muchos desesperados.
El dios conquistador
Sin embargo, la descripción liberadora de Yahveh no está completa. Un pueblo liberado no es un pueblo libre, tampoco una nación. Un pueblo que ha sobrevivido a la pesadilla de la dominación sueña con escapar. Una vez que las víctimas has sido liberadas, ellos buscan un nuevo sueño, una nueva meta, generalmente un lugar de tranquilidad y seguridad, lejos de sus opresores, un lugar que pueda ser defendido otra futuras subyugaciones. EL nuevo sueño de Israel devino la tierra de Canaán. Y Yahveh estaba aún con ellos: Yahveh les prometió ir delante del pueblo y darles Canaán, con su manantial de leche y miel. La tierra, Yahveh decidió, pertenecía a estos antes esclavos de Egipto y Yahveh había planeado dársela a ellos usando el mismo poder que usó contra los egipcios esclavizadores para derrotar a los nativos habitantes de Canaán.
Yahveh el liberador se convirtió en Yahveh el conquistador
Los caracteres obvios de la narración para que los nativos se identifiquen con, son los cananneos, el pueblo que ya vivía en la tierra prometida. Como miembro de la Nación Osage de los nativos que se solidarizan con otros pueblos en el mundo, yo leo las narraciones del Éxodo con los ojos de los cananeos.
Y es el lado cananeo de la narración el que ha sido descuidado por aquellos que buscan elaborar las teologías de la liberación. Especialmente ignoradas son aquellas de la narración que describen coo Yahveh comanda la aniquilación inmisericorde de la población Indígena (cananea).
Aunque los relatos del Éxodo y la Conquista son familiares para muchos lectores, yo deseo destacar algunas secciones que son generalmente ignoradas. La alianza comienza cuando Yahveh le dice a Abraham:
“Has de saber que tu descendencia será extranjera en una tierra ajena, y estarán en servidumbre, y la oprimirán por cuatrocientos años; pero yo juzgaré al pueblo que los esclavizará y saldrán de allí” (Gen. 15: 13-14).
Luego Yahveh agregó:
“A tu descendencia he dado esta tierra, la tierra de los Kinross, los kenesitas, los kadmonitas, los hititas, los perisitas, los refaím, los amorreos, los cananeos y los jebuseos” (Gen. 15: 18-21).
El próximo momento importante es el encargo a Moisés. Yahveh le dice:
“Yo os sacaré de la opresión de Egipto y os llevaré a la tierra de los cananeos, jititas, amoreos, persititas, hevitas y jebuseos, una tierra que mana leche y miel.” (Ex. 3: 17).
La alianza, en otras palabras, tiene dos partes, liberación y conquista
Después que el pueblo hubo escapado y es guiado hacia la tierra prometida, la alianza se hace más complicada, pero igual tiene dos partes. Si el pueblo liberado mantiene su fidelidad a yahveh, será bendecido en la tierra que Yaheveh conquistará para él. (Ex. 20-23 y Deut. 7-9). El dios que liberó a Israel de la esclavitud conducirá al pueblo a la tierra y cuidará de él allí, en tanto cumpla con los términos de la alianza. (…) uno de los más importantes mandamientos de Yahveh es la prohibición en las relaciones sociales con los cananneos o la participación en su religión. “Pondré a los habitantes de esa tierra en tus manos, y los arrojarás de ante ti. No pactarás con ellos ni cos sus dioses; no sea que atinado su tierra te hagan pecar contra mi y sirvas a sus dioses, lo que sería tu ruina.” (Ex. 23: 31b-33).
De hecho, los indígenas deberán ser destruidos:
“Cuando Yahveh, tu Dios, te introduzca en la tierra que vas a poseer, y arroje delante de ti a muchos pueblos, hititas, guerguesitas, amorreos, cananeos, perisitas, hiivitas y jebusitas, siete naciones más poderosas que ti; y cuando Yahveh, tu Dios, te las entregue, y tu las derrotes, las destruirás y no harás ningún pacto con ellas y no tendrás piedad Con ellas.” (Deut. 7: 1-2).
Estas palabras le son dichas al pueblo de Israel mientras se prepara para entrar en Canaán. Las promesas hechas a Abraham y a Moisés están por ser cumplidas. Todo lo que el queda al pueblo es entrar en la tierra y expulsar a los que ya viven allí.
Josué relata la conquista. Después de diez capítulos de narraciones acerca de los éxitos y fracasos de Israel por obedecer lo que Yahveh comanda, el escritos establece:
“Asé Josué batió toda la tierra, las montañas y el mediodía y las tierras bajas y las colinas, y todos sus ryes, sin dejar escapar a nadie, sino que prácticamente destruyó todo lo que respiraba, como Yahveh, el dios de Israel le había mandado.” (Jos. 10: 40).
(…) La discusión del compromiso cristiano en el activismo de los americanos nativos debe comenzar con la narrativa del Éxodo. Son estos relatos de la liberación y la conquista los que están dispuestos a ser tomados en cuenta y creídos por cualquiera que se pregunte qué hacer con el pueblo que ya está viviendo en su tierra prometida. Ello proporciona un ejemplo de lo que puede pasar cuando un pueblo sin poder llega al poder. (…) Los relatos cuentan lo que le pasó a los pueblos nativos que pusieron su esperanza y fe eb ideas y dioses que eran extranjeros y su relato de la opresión y explotación se perdió. La praxis interreligiosa es traicionada y la narrativa que permanece no nos dice nada acerca de ese relato.
(…) las teologías radicales de liberación de América latina están basadas sobre comunidades creyentes autorizadas a leer las narrativas escriturales por ellos mismos y hacer de esas lecturas el eje central para la teología y la acción política. El peligro es que esas comunidades leerán las narrativas, no la historia que hay detrás de ellas.
Y, por supuesto, el texto mismo nunca será alterado por interpretaciones, aunque su recepción pueda serlo. Es parte del canon tanto para judíos como para cristianos. Es parte también de la herencia en tanto el texto permanece. Estos peligros solamente crecen cuando el énfasis sobre la catequística (Lindbeck), la narrativa (Hauerwas), la dogmática (Childs) y las comunidades de base centradas e la Biblia (Guitiérrez) crece.
Los campesinos de Solentiname ofrecen una sabiduría y una experiencia previamente desconocida para la teología cristiana, pero no veo qué mecanismo garantizará que ellos –o cualquier otro pueblo que busca ser formado y moldeado leyendo el texto- podrá distinguir entre un dios liberador y un dios de conquista.
¿Hay un espíritu?
¿Qué debe hacerse? Primero, los cananeos deben estar en el centro de la reflexión teológica y la acción política cristianas. Ellos son la voz perdurablemente ignorada en el texto, excepto quizás la tierra misma. Los relatos de la conquista, con toda su violencia e injusticia, deben ser tomados seriamente por aquellos que creen en el dios del Antiguo Testamento. Las obras de comentarios y críticas rara vez mencionan estos textos. Cuando lo hacen, expresan muy poco interés por la situación de los indígenas y sus derechos como seres humanos y como naciones. La misma ceguera es evidente en las teologías que usan los motivos del Éxodo como fundamento de su acción política. La conducción para la entrada en la tierra se convierte justamente en un momento más de redención que en una violación de los derechos de los pueblos a la tierra en la que viven y a la autodeterminación.
Preservando a los cananeos en el centro, hará posible que aquellos que lean la Biblia, la lean toda, no justamente la parte que los inspira y los justifica. ¿Y, se encontrarán todos sorprendidos por la brutalidad, el terror de esos textos? Y, después de todo, fue un judío víctima del genocidio nazi, Walter Benjamin, quien dijo: “No hay un documento de civilización que no sea al mismo tiempo un documento de barbarie”
Las personas cuya teología implica la Biblia necesitan tomar esta perspectiva seriamente. Son aquellos que creen en estos textos quienes deben decir la verdad acerca de los que contienen. Es a aquellos que creen en estos textos a quienes pertenece la barbarie. Son aquellos que actúan sobre la base de estos textos quienes deben tomar la responsabilidad por el terror y la violencia que ellos pueden y han engendrado.
Segundo, Necesitamos estar más conscientes de los que ideas como éstas, de la narrativa de la Conquista, se han acumulado en la conciencia y la ideología de los americanos. Y sólo cuando hemos sufrido, conocer cómo luchar contra ellas. Muchos predicadores puritanos estaban orgullosos de referirse a los americanos nativos como amelkitas y cananeos, en otras palabras, gente que, si no aceptaban ser convertidos, eran pasibles de ser aniquilados.
Examinando estas instancias en los escritos teológicos y políticos, en los sermones y en otros discursos, nosotros podemos comprender cómo la autoimagen de Amércia como “pueblo elegido” ha provisto de una retórica que le permitió mistificar la dominación.
Finalmente, necesitamos decidir si queremos aceptar el modelo de liderazgo y cambio social que presenta la historia total del Éxodo. ¿Es apropiado a la necesidades del pueblo indígena buscar justicia y liberación? (…) ¿Podrán los nativoamericanos y otros pueblos indígenas animarse a creer en el mismo dios en su lucha por la justicia? No estoy haciendo una pregunta fácil y de ninguna manera quiero significar que un pueblo que es al mismo tiempo americano nativo y cristiano no pueda trabajar por la justicia en el contexto de su fe en Jesucristo. Tal pueblo tiene que hacer una gran reflexión teológica, sin embargo, para evitar el peligro yo he señalado las narrativas de la Conquista. Los cristianos, sean nativoamericanos o no, si ellos se quieren involucrar, deben aprender cómo participar en la lucha sin hacer su historia toda la historia. De otro modo los pecados del pasado nos volverán a visitar.
No importa lo que nosotros hagamos, las narrativas de la Conquista permanecerán. En tanto los pueblos crean en el Yahveh de la liberación, el mundo no estará a salvo del Yahveh conquistador. Pero quizás, si ellos son fieles a su lucha, los pueblos estarán capacitados para lograr lo que el pueblo elegido de Yahveh no tuvo en el pasado: una sociedad de gentes liberadas de la opresión que no tienen miedo de convertirse en víctimas nuevamente y de que ellos no se conviertan a su vez en opresores, una sociedad en la que los habitantes originales puedan ser algo más que estar sujetos a una transformación para llevar una vida mejor o adversarios que provean la carne de cañón de una nación orgullosamente militarizada.
Con cuál de las voces será, los cananeos del mundo dicen: “Dejen a mi pueblo marchar y dejen a mi pueblo solo”. Y ¿con cuáles oídos los seguidores de dioses extranjeros que nos han cortejado (cristianos, judíos, marxistas, capitalistas) habrán de escucharnos? Los pueblos nativos de este hemisferio han soportado un sojuzgamiento hasta ahora de cientos de años más que la estadía de Israel en Egipto
¿Habrá un dios, un espíritu, que nos escuchará y estará con nosotros en el Amazonas, en el país de Osage, en Wounded Knee? ¿Hay un dios, un espíritu, capaz de moverse entre la pena y la ira de Nablus, de Gaza y de Soweto de 1989? Quizás. Pero nosotros, los desheredados de la tierra, debiéramos estar advertidos esta vez de no escuchar a los extranjeros con sus promesas de liberación y redención.
Nosotros deberíamos, quizás, buscar de otra parte nuestra visión de justicia, paz y cordura política –una visión a través de la cual nosotros nos salvemos no sólo de nuestros opresores sino también de nuestra opresión.
Quizás, al fin, debamos escucharnos a nosotros mismos, dejando que los dioses verdaderamente extranjeros de este continente se combatan entre ellos.
Robert Allen Warrior
notas:
* La versión original y completa de este ensayo apareció en la revista Chistrianity and Crisis, Tennessee, nº 49, dic, 1989. Agradecemos este valioso escrito a Editorial Canaán, www.editorialcanaan.com.ar
** Según los últimos censos, s. XXI, los nativoamericanos de EE.UU. son unos cuatro millones, del orden del 1,25 % de la población total (unos 300 millones). Es de hacer notar que la inmensa mayoría de indígenas pertenece al estado de Alaska [n. de los ed.].
artículo publicado en revista futuros nº13 / Río de la Plata verano 2009-2010



























