El actual intendente, constitucionalmente elevado a la condición de gobernador de la capital federal, Jorge Telerman, está rubricando su pasaje por la función gubernamental mediante un gesto estético. Disponiendo la colocación de por ahora 15 000 primorosos contenedores para que los vecinos capitalinos se habitúen a colocar en ellos los desechos domiciliarios cotidianos. Quitándolos así de la vista.
Indudablemente tales desechos, que en las últimas décadas han adquirido la forma de bolsitas (o bolsazas) de plásticos sustituyendo los “tachos de basura”, afean el paisaje. Tanto tirados en las veredas como depositados en esos “floreros” de altura fuera del alcance de perros y gatos.El gesto estético de Telerman, tan acorde con su estilo afrancesado se da de patadas, sin embargo, con un proyecto de ley aprobado en la misma jurisdicción y no hace mucho, llamado ambiciosamente de “basura cero”. Porque en este proyecto al menos se planteaba la reabsorción de tales desechos mediante diferentes medidas (reciclado, por ejemplo) y en todo caso apuntaba a achicar la montaña de basura, en tanto la instalación de los contenedorcitos se dirige a una desaparición de los desechos, meramente visual.
Telerman en Buenos Aires, como el entonces intendente Arana cuando instaló similar método de recolección en Montevideo (hace tres o cuatro años) recurrieron a antecedentes para validar su decisión, explicitando que otras ciudades han encarado el sistema de “contenedores cerrados”. Al pasar, digamos que ese mismo concepto destaca un rasgo al parecer fundamental del proyecto Telerman: que la basura-no-se-ve.
Respecto de “los antecedentes” en un folleto que editara entonces la intendencia montevideana se destacaba esa gestión de residuos domiciliarios en la ciudad de Miami. Y, bueno, reconozcamos que Miami no es cualquier ciudad.
La medida busca mejorar aseo y pulcritud. Maravilloso. Complace la mentalidad más simple, la de quien no quiere ni oír hablar de la basura que él mismo “produce”, no por cierto motu proprio sino a través de “las comodidades” que el mercado le ha ido ofreciendo.
La implantación de tales contenedores realzan la importancia de “una ciudad limpia”, pero ni se atisba el conflicto de cómo hacer una ciudad limpia si la sociedad a la que pertenece esa ciudad es sucia. Definiendo como “sociedad sucia” no el desaliño de sus habitantes tirando basura por doquier –queja a menudo justificada–, sino una sociedad que no se hace cargo de los desechos que “produce”, que por el contrario los produce alegremente, tomando dicha “producción” como signo de adelanto (tecnológico e anche cultural), como es el caso con la proliferación de envases y envoltorios que no son reusables ni reciclables, ni siquiera biodegradables.
La comodidad: clave de la aquiescencia
Este plan, ecológicamente retardatario, cuenta, seguramente, con el apoyo de la población porque se basa en un resorte preciso con el cual el consumismo y la política de dilapidación han obtenido el favor de mayorías primero en las sociedades occidentales y poco a poco en buena parte del resto del mundo: la comodidad. Si uno no tiene que llevar sus bolsas para salir de compras porque cada comercio le brinda “generosamente” bolsas nuevas; si uno sin pensarlo siquiera ha aceptado que el estiércol y el compostado son cosas del pasado porque los laboratorios suplen de la energía necesaria a los suelos que nos alimentan; si uno se desentiende de los envases que tira cada vez para que otros, las generaciones venideras, dios o el planeta se hagan cargo de ello con el argumento de que uno ya tiene bastante como para andar además preocupándose por el ambiente, ¿con qué ojos va uno a ver “la basura” como problema, como no sea el de la higiene y “la vista”?La política de esconder la basura de la ciudad, celosamente colocada en el caso de los porteños en territorio “ajeno”, castigando a otros vecinos del GBA, seductoramente envuelta –tal política– en nombres de fantasía con resonancia pulcra, como , “cinturón ecológico” (en el caso de Montevideo, “cordón sanitario”) no hacen sino agregar a la insensatez del comportamiento de conglomerados de millones de humanos, la perversión semántica de ponerle a “la solución” nombres enaltecedores.
Compactación vs. separación
Todo el nuevo sistema de recogida se basa en la compactación de los residuos domiciliarios comunes. La política de compactación va totalmente en contra de una política de separación de materiales, que parece ser el único camino aceptable para aminorar siquiera el impacto del problema. Aminorarlo apenas, porque el problema de fondo no se resuelve, no puede resolverse en el momento de la “producción” del desecho sino mucho antes; en los momentos materiales en que la sociedad produce determinados objetos que derivarán de inmediato o mediatamente en desechos.
Los contenedores dificultan la “separación en origen”. Si el gobierno opta por invitar a la población a desprenderse de todo escondiéndolo, mediante una caminata mínima hasta el contenedor más próximo, ¿cómo bregar por hacer el esfuerzo cotidiano que toda separación seria requeriría? Dificultan también el trabajo de los cartoneros y recuperadores en general que procuran acercarse lo más posible a la separación en origen. Realza en cambio lo que existe, el CEAMSE, empeñado desde hace tres décadas en esconder la basura bajo la alfombra planetaria.
Cartoneros y recuperadores simplifican la magnitud ecológica de “la basura”, aunque a veces lo hagan a costa de la higiene inmediata e incluso con consecuencias negativas para la ciudad y sus vías de escorrentía, cuando se desparraman los desperdicios. Pero es absolutamente indecente atribuirles responsabilidad a los cartoneros por ello cuando el tema de fondo viene de mucho antes y en realidad es gracias a los cartoneros que se achica –no se agranda– la insensatez del desperdicio sistemático montado por empresarios y funcionarios en el altar del lucro y/o la comodidad.
Los jerarcas del “gobierno de la ciudad” parecen más empeñados en resolver la percepción del problema que el problema en sí: émulos de Berkeley, suponen que si el problema no se percibe, sencillamente no existe. Tenemos además la impresión que con los primorosos contenedores están procurando no sólo hacer desaparecer a la basura sino a los cartoneros, para lo cual están borrando con la disposición de los contenedores todas las ordenanzas y proyectos vinculados con la recuperación de los desechos domiciliarios. Es curioso: avanza la conciencia ecológica, al menos en el nivel de los discursos, se llega al diseño de “basura cero”, pero con estos “aportes tecnológicos” se destruye el trabajoso hilado de las tramas sociales que permitirían desplegar una conciencia social de basura cero y, uno, inevitablemente termina pensando a quién beneficia la producción o la importación de todos estos contenedores y los equipos accesorios (pensemos que la descarga de tales contenedores exigirá toda una flota de camiones con los elevadores correspondientes para la manipulación, camiones que deben ser construidos junto con “sus” contenedores; lo mismo para el aseo de dichos contenedores: tendrá que haber toda una flota de camiones cisterna con medidas compatibles para proceder a su limpieza periódica). Si hablamos de magnitudes...
Las ciudades occidentales pierden una masa de materia orgánica de proporciones mayúsculas, propiamente monstruosas. La ciudad de Buenos Aires, por ejemplo (14 millones de habitantes, considerado el Gran Buenos Aires con sus casi veinte municipios aledaños a la capital) eyecta como basura, una cinco mil o siete mil u ocho mil toneladas diarias de materia orgánica. Leyó bien: millones de quilos diarios de restos alimentarios y podas de jardinería... todas nutrientes que fueron extraídas de la tierra. Una parte, de jardinería, apta para producción de bioenergía. La mayor parte, empero, podría servir para compostar, restitución de masa orgánica para que de algún modo no se pierda en los terrenos del país.
Como eso ni se considera, la solución tecnológica para el mantenimiento de suelos fértiles es la provisión de fertilizantes químicos en cantidades industriales por parte de ávidos laboratorios muy alegres en su tarea de reponer sustancias nitrogenadas, fosforadas, sódicas, diversos minerales faltantes.
Otro factor para tener en cuenta es el volumen de comida que se desecha por razones estéticas: frutas con manchas o tiñas, por ejemplo, fenómeno que se registra en el Mercado Central con volúmenes llamativos.
Recta vs. círculo
La idea de producción que Occidente ha irradiado al mundo entero (y allí como colonizados estamos nosotros) es la idea de un recorrido rectilíneo: los objetos se cultivan o se fabrican, circulan, pasan por nuestro consumo y “desaparecen” de nuestra vista una vez agotada su función. La idea de desaparición es clave: es cuando la recta llega a su fin y los detritus se despeñan por el precipicio del olvido.
Es esta idea de producción-distribución-consumo-no-hacerse-cargo, lo que, dijimos, está en crisis. Pero que reaflora, como vemos, a manos de políticos “vivos”, permanentemente.
Otras culturas hicieron del ciclo de producción un periplo, propiamente. No era la recta la línea motriz sino la circunferencia. Las cosas se reusaban, a menudo en otras funciones, pero lo propiamente inservible era muy poco, al punto que algunas naciones o etnias tenían como “basurero” hoyas en tierra que tardaban generaciones y generaciones, en llenar (y que hoy son “el manjar” de basurólogos).
El plan del “gobierno de la ciudad” es un plan higiénico y de embellecimiento. Algo que no es deleznable, ciertamente. Pero que, desprovisto de un sentido más profundo no es sino lo que se llama cosmética.
Los pies de barro de la cosmética
La cosmética, ya sabiamente criticada por Sócrates, tiene un inconveniente si, mediante afeites, vela problemas. Y es una verdad que nos trasciende y que habla por nosotros, la de la monstruosa cantidad y calidad de desechos que “producimos”.
Por suerte, se acrecienta el número de vecinos que resiste hacerse receptor de la “basura de todos”, que van reconociendo que la solución CEAMSE no soluciona la cuestión sino que crea un nuevo problema.
Porque sus efectos contaminantes son sobrecogedores. En Buenos Aires, ya muchos vecinos conocen la perversión del “cinturón ecológico”, responsable comprobado de buena cantidad de alergias, de leucemias infantiles, por ejemplo, en los barrios próximos a “la disposición final” de los residuos.
El abordaje de la cuestión de los residuos producidos por una ciudad, por ejemplo, es una cuestión en primerísimo lugar, ecológica. Y cultural. Porque nuestra “producción” de basura habla de nuestra creciente irresponsabilidad. De nuestra estupidez para respetar el mundo que deberemos dejar a nuestros nietos. ¿O es que acaso la técnica Terminator (“fabricación”, mediante ingeniería genética, de semillas “suicidas”, valga el oxímoro), patentada por los laboratorios dedicados a conquistar los campos que alimentan a la población humana del planeta, está impregnando también nuestra cultura? ¿Y también nosotros creemos que ya no va a haber nietos a quienes dejarles el planeta? ¿O que no va a haber planeta qué dejarle a los nietos?
Luis E. Sabini Fernández
artículo publicado en Revista futuros nº11 / Río de la Plata primavera-verano 2007-2008



























