1.Tómese un niño o niña de tres o cuatro años, siete u ocho kilos de peso y depositéselo en un asiento libre al lado o enfrente suyo en el bus, tren o colectivo.
2.Ignórese deliberadamente mediante la más supina indiferencia la presencia cercana de una abuela con várices, una señora obesa, un viejo de rostro ajado o alguien que porte un bolso o carterón con el doble del peso del susodicho proyecto de monstruito.
3.Miméselo y háblele tiernamente especialmente en la presencia de algunos de los mencionados candidatos a un asiento, de modo tal que el infante vaya introyectando el pensamiento doble de sentirse bien en la total indiferencia al prójimo.
4.Si uno persiste en ese comportamiento con sus hijos, sobrinos o nietos, es seguro que a los doce o catorce años el objeto proyectado habrá acabado su forma de total indiferencia y enceguecimiento ante el prójimo, particularmente necesitado, con lo cual se habrá tenido éxito en construir un perfecto monstruito que logrará en el curso de su vida adulto expander esa indiferencia radical, ese egoísmo ciego y seguro hacia otros ámbitos de su vida amorosa, laboral, política, deportiva, etcétera.
5.Se consiguen refuerzos óptimos enseñándole desde las ventanillas reclames como el que desafía al consumidor a “compartir lo que pueda” y un fulano le tiende un alfajor recién desenvuelto a la boca abierta de su novia embelesada, con sus dedos cubriéndolo de tal modo que la mordida apenas resulte un pellizco.
Nota benne: Es interesante saber que a mediados del s. XX I monstri nos proveyó estos modelos, y la filosa arma de su ironía por lo visto no sirvió de mucho.
artículo publicado en Revista futuros nº9 / Río de la Plata otoño- invierno 2006




















