El conocido periodista Herman Schiller ha definido así a Juan C. Beica, que acaba de ser procesado por repudiar “la criminal política genocida del Estado de Israel” (Gacetillas Argentinas, CORREPI, boletín nº 550, 29/3/2010): “parece[n] más cerca de la policía, de la burguesía árabe menemista, de Goebbels o del medioevo, que de la revolución socialista” (Página 12, 3/2/2009). El procesamiento a Beica parece haber reactualizado estos “juicios” o como pueda llamárselos.
Beica es dirigente de un muy pequeño agrupamiento de la pulverizada izquierda marxista, leninista y revolucionaria que campea en Argentina y en su caso particular, Convergencia de Izquierda, lo de “campea” se aplica literalmente puesto que, como algunas otras –no todas– agrupaciones igualmente marxistas, leninistas, socialistas, revolucionarias y presumimos que científicas, estuvieron apoyando a los sojeros y a la Mesa de Enlace.
Para remate, Beica no ha tenido reparos no sólo en apoyar, no sabemos si tácita o expresamente, a los Biolcati, Buzzi, De Ángelis, en su momento sino que también se ha hecho o se ha dejado entrevistar por O. González Oro, con quien disparó esta fundamentación para el insulto personalizado: "Cuando se hace un discurso y se habla de genocidas, se puede decir que Hitler era una rata asesina de la peor especie, quienes implementan una política similar, son unas ratas como Hitler" infobae.com, 27/1/2009). Con lo cual suponemos que Beica considera anulado un viejo estilo del abuso nazi de tratar de ratas a los judíos, así como en general la derecha animaliza a sus enemigos (viven en guaridas, son lobos hambrientos, carroñeros, etcétera).
Como se comprenderá con estas consideraciones, no tengo particular sintonía ideológica con el aludido por Schiller. Tampoco tengo nada personal con él, a favor y menos en contra, y lo mismo digo respecto de Schiller. Pero nos parece grave el trámite de los insultos, que puede incluir el insulto a los insultadores, y muy especialmente cuando sustituyen el análisis, el argumento. Entendemos excesiva, peligrosa y significativa la retahíla de Schiller.
Porque no nos parece se trata de un fascista y menos todavía de un nazi, como lo atestigua la última cita que hacemos de sus dichos; porque este tipo de insultos crean enemigos que inevitablemente se busca “neutralizar” o “liquidar”, para usar la jerga característica de al menos muchos marxistas-leninistas; y porque este estilo de insultos no nos resulta nuevo… en Schiller.
En 1989, Schiller (co-firmado por B. Rubinstein, P. Resels y E. Barcesat) escribió una “solicitada” titulada: “El desgarramiento palestino-israelí y las desviaciones fascistoides” Página 12, 13/12/1989). Se trata de un texto larguísimo, que sin embargo apenas si visita los textos criticados. Se preocupa por ellos y lo que significan: “[…] viene publicando el periodista Carlos Áznarez, y sobre todo la caricatura que en el suplemento incluido en sus ediciones del 19/11/1989 [se refiere al cotidiano Sur] por el citado matutino, contiene rasgos (concretamente la inclusión de la estrella judía de seis puntas en un marco peyorativo, al estilo de ‘Der Stürmer’ o de la propia ‘Alerta Nacional’) que ofende sin duda a los judíos en general […].”
La cita que acabamos de transcribir es lo más cercano a una crítica puntual, con ejemplos, que pudimos encontrar en dicha solicitada. Respecto de la estrella de seis puntas la queja tendrían que haberla dirigido al sionismo que adoptó como propio un rasgo que tradicionalmente le pertenecía a todos los judíos. Si el ejército sionista, provisto de ese emblema, comete las atrocidades a las que por lo visto es tan afecto (1924, 1936, 1948, 1967, 1982, 2002, 2006, 2008-9…para mencionar apenas algunos años con “hazañas” de dicho ejército) el tema de la estrella pasa por allí y no por los críticos que no critican la estrella de David sino la del Ejército de Defensa (sic) israelí.
En cuanto a las alusiones a prensa nazifascista, se trata de un vergonzante mecanis-mo maniqueo que pone a quien objeta en “el campo del mal absoluto”, cortando a hachazos la realidad, que suele ser mucho más compleja. Pese a tanta dialéctica catas-trofista, a lo largo de la historia de nosotros, los humanos, son muchas las ocasiones en que no hay dos posiciones claras y opuestas entre sí, sino tres, cuatro, cinco…
Schiller no es de quedarse con chiquitas y enviará con su sola firma una nueva solicitada: “Algo más sobre las desviaciones fascistoides” (Página 12, 19/12/1989) donde insiste con el maniqueísmo: otra vez se cuida de analizar los episodios abordados por Áznarez (la misión de Bernadotte, su estadía y su asesinato en Jerusalén, el comportamiento y comentario de sus asesinos y declaraciones de diversos referentes del momento). Dándolos por hechos (sin haberlos hecho) escribe: “Los firmantes de la solicitada no dijimos que Áznarez fuera ‘servicio’, pero si en este tema utiliza sus mismas armas, se apoya en sus mismos prejuicios y revela su misma intolerancia [¡quién habla!], admitamos que las coincidencias no son agradables […].” Ciertamente, Schiller no prueba en momento alguno semejantes coincidencias.
Si resulta políticamente nefasto, y nefando, acusar a Beica de fascista, en el caso de Áznarez, resultó penoso. Y si varios se atrevieron a suscribir las afirmaciones que hoy rememoramos, tenemos que ponernos contentos porque estos veinte años no han pasado en vano; ya nadie podría hoy sostener lo mismo, al menos con la misma falta de argumentos y ese tono soez.
Lo que me preocupa es en ambos episodios la falta de argumentos y la sobra de insultos.
Y la pregunta es porqué.
Barajo una hipótesis: lo que horroriza y subleva a Schiller es cualquier cuestionamiento a su sionismo de izquierda. Resulta cada vez más claro para los occidentales (de izquierda o de derecha), en buena medida gracias a los “nuevos historiadores” israelíes, judíos, el carácter colonial, racista del sionismo (los palestinos no necesitaron semejante “descubrimiento”; sus teóricos también lo afirmaban y, sobre todo, lo conocían de la vida diaria). Y no a partir de los últimos gobiernos desde los ’70 cuando los askenazíes pierden el timón esgrimido por décadas por Ben Gurion y sus seguidores, sino desde su misma fuente doctrinaria, en pleno siglo XIX.
Por cierto que en una especie de resurgimiento del pueblo judío, tras los pogromos del zarismo y persecuciones persistentes en la Europa oriental, a fines del s. XIX se generó un sionismo de izquierda. Pero la vida ha ido mostrando su inanidad frente a los véneros principales que nutrieron al sionismo. Y eso lo ven cada vez más judíos, lúcidos, críticos, antirracistas, preocupados, asqueados, por el uso de conceptos tan peligrosos como “pueblo elegido” o “mandatos bíblicos”. Muchos de entre ellos reclaman su propia voz y le advierten al estado israelí o a la AIPAC de EE.UU. que no los representan; hagan lo que hicieren, “No en nuestro nombre”.
Por un curioso mecanismo, intuyo, que cuando Schiller “pispea” este rechazo radical a un “sionismo de izquierda” se le dispara el mecanismo “–ése es un agente de la CIA” y arremete con furia. Sería bueno que llegara a darse cuenta que no hace falta ser antisemita ni fascista para considerar la “solución” monoétnica israelí como peligrosa y odiosa. Al fin y al cabo, hay y ha habido muchos que han postulado un estado laico multiconfesional, con judíos, musulmanes, cristianos, agnósticos. Por empezar, los de la Antigua Yishuv (la colonia de residentes judíos en Palestina anteriores a la aparición del sionismo).
Y sería bueno que se vaya preparando para ver más especímenes de ese tipo
Luis E. Sabini Fernandez




















