Revista Futuros

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Los perros, dirigida por Andrés Jaime

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Están apareciendo cada vez más documentales que encaran un período particularmente caliente de la historia argentina; la insurgencia guerrillera. Bienvenidos. Porque sirven como documentación, pueden aportar a la reflexión y al conocimiento o en todo caso, como expresión de determinadas vivencias, valores, sentires.

Los perros, sin lugar a dudas, y deliberadamente, parece inscribirse en la segunda vertiente. Con una deliberada desprolijidad en la imagen y el sonido, como para que resulte más auténticamente veraz, con una llamativa falta de estructura política, de evaluación y apenas con la ilación que da una cámara siguiendo un retornado, un guerrillero, un ex-guerrillero, que vuelve a pisar viejos lugares, donde incluso se lo daba por muerto.

En una de las más rescatables secuencias, el protagonista procura concertar un encuentro para filmar con un viejo compañero de lucha y se ve cómo del otro lado de la línea hay una negativa cerrada a tales conmemoraciones. El protagonista, negando consciente o inconscientemente su setentismo, en una actitud humilde y sabia, admite el rechazo, entiende las razones que no comparte, y mantiene la estima hacia el refractario. No advierte, ni la película ni el protagonista, que con semejante actitud se coloca en los antípodas del militantismo “comprometido” de los setenta.

Pero más allá de algunos apuntes lúcidos, como el de otro entrevistado que explicita que la inmensa mayoría de los participantes de la gesta guerrillera ha sobrevivido, que los muertos, por lo tanto son minoría, con lo cual echa lúcidamente por tierra los mitos de “la generación perdida”, la peli no es sino un sarta de diálogos y encuentros acumulados sin estructura y sin medida, donde el protagonista se explaya, mejor dicho, donde el director tolera que el protagonista y otras figuras hablantes se explayen en anécdotas y  recuerdos absolutamente deshilvanados, de escasísma relevancia, salvo para los mismos hablantes o sus prójimos.

Con lo cual el documental deviene en un diario íntimo para iniciados. ¿Valor social o político? Se me escapan.
¿Qué explicación existe para semejante ejercicio de narcisismo, de intimidad revelada? Sufrido espectador, no me cabe sino una: la enorme dosis de autocomplacencia, de sensación de importancia que le otorgan a lo vivido, ya sea el director, ya el protagonista, o algunos otros personajes o autores de la película.

Es sintomático: con la guerrilla, como con la Guerra de las Malvinas, existe una serie de participantes, que han convertido ese pasaje de sus vidas en el sentido de sus vidas. Y para colmo, en un sentido admirable, inmarcesible. Que le haya sucedido eso a jóvenes de apenas dieciocho años, arrastrados a la muerte de la cual salieron, no deja de ser psicológicamente comprensible, aunque el resultado sea sin embargo nefasto; uno los ve en la calle, enfundados en trajes de camuflaje, que en rigor funcionan como uniformes o disfraces,  vendiendo postales con imágenes agresivas y violentas, de aviones pucarás arrasando “al extranjero” en las islas (¿quién no era extranjero en las islas salvo los pingüinos?) y no tiene más remedio que decidirse por ver a jóvenes mutilados mentalmente en el caso de los menos politizados o por ver a militaristas ”patriotas” fascistoides en el caso de los más satisfechos.

Con los guerrilleros con los que pasa algo similar hay menos disculpas, porque se supone que adhirieron a un camino político tras un examen de ideas y no tras un reclutamiento forzoso, y porque los objetivos del guerrillerismo de los sesenta y setenta se declararon siempre más afines a la emancipación humana que a las victorias militares. Y sin embargo, en muchos ex-guerrilleros se reconoce la misma satisfacción, el mismo regodeo por lo vivido, que se percibe en los “oficiales del Ejército Argentino” que se pavonean por la peatonal Florida con su uniforme de gala.

Algo, por cierto, hace comprensible la actitud de guerrilleros, que asumieran consciente y voluntariamente aquel compromiso: apostaron su vida, nada menos, y esa opción los puso en la senda de experiencias extraordinarias, imborrables creando vínculos “de hierro” entre los apostadores (aunque esto último resulte también más problemático, por la propensión de tales vínculos a devenir en logia).
Por lo visto, otro resultado tampoco deseable de aquellas experiencias es que muchos de quienes las vivieron empiezan a no necesitar de la autocrítica. Con lo cual, en buena lógica, no cabría sino decir que son perfectos. O que se sienten así.

Este culto, gravoso en sí mismo, acentúa sus rasgos negativos porque se ha introyectado en nuevas generaciones (en una parte de la juventud se rastre esa idealización, tanto de la figura del Che como de la guerrilla setentista).
Con lo cual dicha guerrilla pasa a ser algo divino, y no un fruto más, como el sindicalismo de resistencia, el compromiso de algunos cristianos, la labor intelectual que procura ser irreductible, la investigación anónima, el artista desafiado por la vida, no por el dinero, y tantos otros, de los esfuerzos humanos por una vida mejor, todos con sus propios límites y falencias.

Afortunadamente muchos ex-guerrilleros saben de los pies de barro de toda experiencia humana incluyendo la que asumieron en un momento, y no la idealizan en absoluto. Pero Los perros no parece atender a eso.
Y menos todavía, a las secuelas impensadas de tantas buenas intenciones, que ya sabemos lo que empiedran.
En lugar de una actividad humana más y como tal pasible de críticas y autocríticas, lo que exhibe Los perros es una actividad buena en sí misma, absoluta, incondicionadamente. Qué tenemos que hacer con ello los hombres  comunes y silvestres, como el que suscribe, me pregunto.

Luis E. Sabini Fernández

artículo publicado en Revista futuros nº7 / Río de la Plata primavera- verano 2004-2005
 

 

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