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Realidad que supera la ficción

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Reseña de la película Three Kings (Tres Reyes), del director David Russell, EE.UU., 1999

El culto al dinero no es novedad en Hollywood. Al contrario, es el nervio motor sobre el que se asienta y sobre el que articula prácticamente todos sus mensajes.

Sin embargo, ese chercher l’argent suele enmascararse, tras “sentimientos” más publicables, como el amor a la patria o el amor a secas, la necesidad, etcétera.
D. Russell no se va con chiquitas, alguien ha comparado Three Kings con Dr. Insólito. El strip-tease ideológico es total: los “buenos muchachos” hacen la guerra en Irak (“Tormenta del Desierto”, 1991) y la peli anuncia por lo menos un par de fenómenos que verificamos más recientemente. Periodistas que preanuncian los embedded, de la invasión de 2003: los embedded, literalmente encamados, con el ejército, aquí se perciben de inmediato en “el otro” sentido que a un hispanófono se le ocurre.
El nervio de “la acción” es “robar al ladrón”, Saddam Hussein, a quien le birlan en operativos “privados” (se trata de cuatro militares pertenecientes a distintos comandos que han forjado una especie de UTE, unión transitoria de empresas) 23 millones de dólares.

Saqueando, violentando barrios, plazas, iglesias, garajes, siempre alegan su pertenencia al Ejército de EE.UU. y anuncian, para debilitar cualquier conato de resistencia, la llegada inminente de tropas (que por supuesto no aparecen). En los interludios entre episodios “de acción” logran con teléfonos ajenos anunciar a sus seres queridos que volverán millonarios.

El Ejército de EE.UU. verifica estas deserciones virtuales y pone sus dispositivos en marcha para detener a los emprendedores. Se irá haciendo realidad que atrás de ellos les viene pisando los talones el ejército.
Descubiertos y raleados ensayan una “operación”: repartir el botín entre refugiados iraquíes que quieren huir del país. Protegerán así la huida de 55 fugitivos convertidos en “mulas”. La pregunta que uno se hace es si el espectador “tipo” percibe la corrosividad de la situación o se queda con el mensaje “normal”. Logran hacerles franquear la frontera, pero el cuarteto (ahora trío sobreviviente) es detenido. Y llevado a juicio. Por abandono de funciones, para nombrar lo más leve.
La película adquiere visos documentales y nos informará que se los dio de baja de las fuerzas armadas, pero que por su labor humanitaria se los exoneró de penas. Que el destino de un tal Archie Gates (un “chico” encantador de media edad) será convertirse en instructor de temas y ardides militares en Hollywood, que el afro del trío se convertirá en su ayudante, faltaba más, y que el recién casado y padre novel, segurá con su viejo negocio de empapelados.

Con lo cual, el mensaje es que el aparato judicial militar ha sido “comprensivo” ante el comportamiento de estos “buenos muchachos” que terminaron viajando por Irak para hacer su propio negocio. Apoteosis de la iniciativa privada.
Pocas veces tanta sinceridad en las aplicaciones filosóficas del american way of life.

Pero la realidad siempre supera la ficción; en otro aspecto Three Kings anunció lo por venir. Ahora, que hemos pasado de la Tormenta del Desierto, aquel video-game hecho como de encargue para un menemato universal, a la más cruda, despiadada, igualmente asesina ocupación de países como Afganistán o Irak, bajo cualquier pretexto, en este 2004, Edward Carabello, Jonathan Idema y Brent Bennett acaban de ser juzgados y condenados a 8 y 10 años de cárcel en Kabul, con la anuencia de las autoridades estadounidenses –faltaba más– porque resultó totalmente probada su actividad privada, dedicados a rastrear y a torturar “fuentes” potenciales para dar con Osama bin Laden, mejor dicho con los 27 millones de dólares de recompensa (ahora no son 23). Todo el tiempo abrieron o derribaron puertas alegando ser de las Fuerzas Especiales –imitación de la realidad a la ficción–, y todo el mundo les “creía”. Los enjuiciados destacaron su “buena fe”; estaban haciendo “cualquier cosa” por servir a afganos y estadounidenses, cazando a Osama. “Cualquier cosa” resultó una cárcel privada o aguantadero, según distintas designaciones, y torturas variadas a afganos. Que conocían de Osama, o que ellos, el trío, consideraban que sus víctimas conocían o conocerían...

Alegaron tener la anuencia de autoridades estaodunidenses y afganas para sus “investigaciones”. Y no hay porqué dudar de sus palabras, porque el tribunal no les permitió exhibir un documental en el que el trío –hasta en el número la realidad imita al “arte”– es calurosamente saludado por el jefe de policía del país ocupado y otros “dignatarios” del gobierno títere.
¡Viva Hollywood! El aspecto “documental” del final de Three Kings se reveló también como presciencia.

Fuente del 2º momento: Arbetaren, Estocolmo, nº 39, 30/9/04, “Privatfängelser i Afghanistan” [Cárceles privadas en Afganistán]

artículo publicado en Revista futuros nº7 / Río de la Plata primavera- verano 2004-2005

 

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