Reseña de la película Man On Fire (Hombre en Llamas), del director Tony Scott, protagonizada por Denzel Washington, EE.UU., 2004
Hollywood sigue adelante con su guerra ideológica. Al lado de grotescos como Three Kings, emite películas donde también sacrifican la lógica, la veracidad, la verosimilitud, pero “en serio”. Al estilo de aquellos mataindios llamados cowboys que disparaban sus revólveres y revolcaban a los extras con tantas balas como si tuvieran tambores de sesenta, no de seis cartuchos.Es tan fuerte el diseño y el designio ideológico de HeLl que los personajes son todos marionetas que representan algo; símbolos o valores.
La niña (que va a ser secuestrada y que motiva el alquiler de un guardaespaldas) es la expresión de los sentimientos. Va a querer a su nuevo guardaespaldas como a mascota nueva y le brindará cuidados similares. Aunque hija legal de mexica y yanqui es, junto con su madre, la única rubia de ojos azules: serán los dos personajes wasp del folleto de propaganda disfrazado de thriller. Y algo fundamental corrobora esa pertenencia: la inocencia. Son los únicos inocentes entre los personajes que allí asoman.
D. Washington cumple el papel de un veterano de la guerra antisubversiva en América Lapobre. Dieciséis años torturando refractarios, resistentes, rebeldes (y réprobos, claro, porque su fuente nutricia espiritual es la Biblia). Alcohólico, no puede seguir las rutinas y acepta ganarse unos mangos como guardaespaldas de segunda. Para un empresario que tiene más apariencia que dinero; el mexica casado con el budín rubio. Ya allí vamos captando la duplicidad hispana*. Que se extenderá por casi toda la galería de personajes “hispanos” (se salva apenas una periodista de La Jornada).
Está hecha con toques de realismo, como por ejemplo el dato, incontrovertible de la hipercorrupción policial: es policía judicial mexicana la que mexicanea a narcos cuando la oportunidad es propicia.
Para mostrar ecuanimidad, el libreto pone un abogado yanqui que es tan lacra como la policía estatal mexicana, como las bandas narcotraficantes (todas ellas también “hispanas”, faltaba más): es “el yanqui malo”, como aparecía en las películas de Rambo (el malo de escritorio).
En resumen: la película diseña un mundo con blancos puros, con hispanos corruptos y amenazantes y con negros fieles (el par agradecimiento/desagradecimiento es el eje moral del protagonista y un colega de andanzas contrainsurgentes; una verdadera moral para perros). Donde a los negros (los afroamericans) se les encarga la tarea de enfrentar a la otra gran minoría norteamericana; los hispanoamericanos.
Que el protagonista asesine fríamente, previa tortura, cuya diversidad y despliegue revela tanto conocimiento como oficio, a cuanto policía o narco corrupto se le ponga por delante, como “venganza” por una muerte inocente (que no existirá y que el protagonista sabrá hacia el final del rollo), es decir que haga toda una matanza sistemática y plural gratuitamente, es algo secundario. El espectador “gozará” cada sesión de tortura sobre cuerpos poco atractivos (moral y físicamente). Y esto último sí es lo principal y, a juzgar por los murmullos de sala en la que me hice espectador, lo ha logrado con bastante éxito.
Así revela Hollywood su poder ideológico, configurador de mentes.
artículo publicado en Revista futuros nº7 / Río de la Plata primavera- verano 2004-2005



























