Es un libro de geopolítica cuya tesis mayor se apoya en la idea de las civilizaciones como unidades cada vez más políticas. La realidad contemporánea, con la crisis del socialismo como corpus teórico y el derrumbamiento soviético por un lado y “el achique” planetario producido a través de la tecnología por el otro, ha dado efectivamente lugar a un auge de los nacionalismos que se han presentado como una de las pocas contracaras al proceso de globalización: el nacionalismo como fuente de identidad de los agrupamientos humanos.
Un nacionalismo que pocas veces coincide con las divisiones administrativas legales. Un nacionalismo a menudo creado con la descomposición imperial, sin atender a las identidades de los pueblos, que cuestiona por ello muchísimos de los “estados nacionales” hoy en día sacralizados pero a menudo convulsionados.Tal es el mosaico sobre el cual talla Samuel Huntington su tesis principal: la inviabilidad de la occidentalización del mundo por la insurgencia cada vez más perentoria y exigente de las culturas otrora sumergidas y ahora arrolladoras en sus ímpetus expansionistsas.
Con ello, su lectura deja una sensación de “mundo al revés”, cuando es precisamente la occidentalización o incluso la americanization del mundo, instrumentada tecnológicamente y sobre todo cibernéticamente y puesta en circulación bajo el nombre de globalización, lo que se está imponiendo en todas partes.
Para ilustrar ese proceso de presunto derrumbe de la hegemonía occidental, SH se vale de todo tipo de argumentos, aunque muchos fallen en su más desnuda contextura intelectual, como cuando dibuja “el área occidental del mundo” a lo largo de tres mapas datados 1920, 1960 y 1990 (pp. 22 y ss.), que le permite comprobar ese retroceso mediante el expeditivo recurso de asignarle a Occidente en 1920 toda el África y el Asia sudoriental colonizadas; en 1960 “verifica” que buena parte de esos territorios pertenecen a otras civilizaciones (como la India a la civilización hindú) y en 1990 que todavía más territorios han abandonado a Occidente, ahora en aras de diversas civilizaciones milenarias que SH no da por existentes en 1920 ni en 1960...
La batería de recursos desplegada por SH hace pensar en quien, consciente de gozar de privilegios totalmente inaceptables procura hacerse simpático aminorando la mostración de sus ventajas, poniendo en duda su existencia, quitándoles importancia, y por último invirtiendo el cuadro de situación, atribuyendo a otros lo que todo el mundo, y la realidad, le atribuyen.
Sus planteos se articulan sobre nueve civilizaciones (obsérvese la precisión: no seis ni cientos), con las cuales “llena” el mundo actual: occidental, japonesa, budista, ortodoxa [cristiana], hindú, china, islámica, africana [sic], latinoamericana [sic sic].
Análogamente, SH ve al idioma inglés como uno de los idiomas en retroceso en el mundo actual. Abarcaba —sostiene— un décimo de los habitantes del planeta en 1958 (p. 60). SH nos presenta cifras según las cuales hacia 1970, el porcentaje de anglófonos había bajado al 9%, en 1980 a 8,7% y en 1992 a apenas 7,6% (en cambio, percibe al castellano y al árabe como idiomas en ascenso). No tiene una palabra para atender a la expansión del inglés en las sociedades no anglófonas, con lo cual toda su estadística se vuelve anodina o engañosa (se refiere sí a la implantación progresiva del inglés como lingua franca, pero escamoteando su carácter de lengua materna para anglófonos y la desigualdad consiguiente que esto expresa; es decir, habla del fenómeno como si hablara del esperanto).
Con semejante forma de “medir” los fenómenos socioculturales o sociolinguísiticos, no puede dejar de ver un desmejoramiento de la situación occidental. No desespera, empero. Se sobrepone a los sinsabores así comprobados y le asigna a Occidente una posibilidad expansiva a costa de las civilizaciones colindantes, con lo cual uno percibe toda la queja sobre la “preponderancia” en peligro como puramente táctica.
Un ejemplo de las proyecciones expansivas occidentales que expone trata de ‘la próxima absorción’ de México dentro del Occidente american: “Los EE.UU. y Canadá procuran absorber a México en el área norteamericana de librecomercio en un proceso cuyo éxito a largo plazo depende en gran medida de la capacidad de México para redefinirse culturalmente y pasar de latinoamericano a norteamericano" [sic: la confusión de conceptos geográficos físicos y socioculturales es un viejo problema dentro del idioma inglés, no es exclusividad del autor]. (p. 127). No será a SH a quien se le pueda reclamar coherencia interna, al menos cuando del engrandecimiento de EE.UU. se trate: en la p. 139 (y sigs.) se compadecía de Turquía por su carácter bifronte —islámico y occidental—y auguraba que tales destinos esquizos, de trasculturación, no prometen nada bueno a una nación. ¿Por qué lo que no sería bueno para Turquía sí lo sería para México?
Esa misma incongruencia del discurso se percibe con el factor lengua en las relaciones intra e intercivilizacionales: SH definirá Europa como una unidad cultural más allá de la existencia del alemán, el francés, el castellano, el inglés, el checo y tantos otros idiomas, pero cuando salta el Atlántico la diferencia de idiomas, “apenas” entre el castellano y el inglés, será decisiva para diferenciar culturas.
De la misma índole es su caracterización de la Europa poscomunismo: hay una expansión del Occidente europeo tras el derrumbe soviético en una franja continental que abarca a Polonia, los estados bálticos, Finlandia, la República Checa, Eslovaquia, Croacia, Hungría y parte de Rumania y Bosnia, a costa del retroceso de lo musulmán y lo ortodoxo.
La secuencia sería: grandes peligros por la expansión no-occidental, pero enorme capacidad de respuesta de Occidente —el muchachito se resiste— conquistando nuevos espacios planetarios.
Un comodín festona todo el texto: “interés nacional”, “valores de EE.UU.”, “intereses de EE.UU.” y expresiones similares, todas ellas concentradas en los resultados, casi siempre favorables, a las perspectivas de EE.UU. Uno tiene la impresión de que el autor no está haciendo un análisis procurando la siempre esquiva objetividad sino un planteo absolutamente subjetivo, totalmente afincado en la idea de afiatar el dominio mundial de EE.UU.; lo que va de un analista a un propagandista. Así como decía Lenin de la filosofía, que era una cuestión de partido, SH nos presenta la antropología (o la geopolítica). Sólo que se cuida bien de decirlo.
Todas las definiciones de lo no occidental suelen ser tácita o expresamente críticas, por no decir odiosas. Véase esta perla que instila SH para hablar de lo japonés: “son de los más rápidos para ceder ante force majeur [en francés en el original] y cooperar con lo que entienden moralmente superiores... y los más rápidos para rechazar el abuso de una hegemonía en retirada, moralmente débil.” (p. 237) Oportunistas, y para desmarcarse, más oportunistas todavía.
SH concede un papel medular a las religiones en las formaciones civilizacionales. Hablando de América Latina festeja el avance protestante arrebatando territorios a los cultos tradicionales católicos; lo interpreta como una aproximación de “la civilización latinoamericana” a la modernidad. No a EE.UU. desde donde proviene el grueso de las misiones protestantes que transitan desde hace algunas décadas los países del patio trasero.
SH dedica muchísimas páginas a la tragedia bosnia. Sólo que no la califica de tal, sino que, como en todos los ejemplos que toma de los musulmanes, sobre ellos hace recaer toda la culpa: “En Bosnia, los musulmanes han llevado adelante una guerra sangrienta y desastrosa con serbios ortodoxos [sic] y se han trabado en otra violencia contra los croatas católicos.” (p. 255) Como si los bosnios musulmanes hubiesen desencadenado la guerra de limpieza étnica iniciada por los serbios bosnios (con el apoyo total y claro de Serbia). “En Bosnia-Hercegovina el gobierno bosnio combatió a los serbios bosnios y a los croatas bosnios, que también lucharon entre sí.” (p. 281). El desencadenante de la violencia es para SH un agente distinto al de la realidad. La verdad histórica habría surgido diáfana con apenas mirar los muertos de cada “bando” (y los refugiados, o algún otro índice material). Pero SH tiene su agente exclusivo (y obsesivo): el diávolo musulmán.
Cuando la Unión Soviética presentaba productos semejantes, la “filosofía materialista” de un Afanasiev, las “disputas ideológicas” de un Kósichev, no resultaba demasiado arduo advertir el carácter propagandístico y la escasa exigencia intelectual del producto. Cuando desde EE.UU. llega al “mercado de ideas” un producto semejante no llama la atención que Henry Kissinger califique al autor como “uno de los más eminentes politólogos [political scientists] de Occidente” pero sí es curioso que los medios intelectuales progresistas apenas si mencionan el racismo, la arbitrariedad de algunas unidades de análisis, la falta de historicidad de los razonamientos, la incongruencia argumental y el belicismo rampante que surge entre los pliegues del discurso de SH, como le salía el saludo al doctor Strangelove.
Manolo Días
* The clash of civilizations and the remake of world order de Samuel Huntington, Nueva York, Simon & Schuster, 1996, 368 pp.
artículo publicado en Revista futuros nº1 / Río de la Plata verano 2000



























